Galo Abrain

No solo hay talibanes en Afganistán

«No debemos apartar la vista de Afganistán, pero no sólo con la esperanza de salvar a cuantos quieran huir de la tormenta, sino cómo el espejo de hasta dónde tolerar al intolerante es un billete de sentido único al exterminio del pensamiento»

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No solo hay talibanes en Afganistán
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Galo Abrain

Galo Abrain

Periodista y escritor. Preso del ritmo y las ideas de aliento. Destruido, tal vez, pero jamás derrotado. Con la disciplina necesaria para buscar la verdad, aunque pueda resultar inútil.

Afganistán es más duro que los nudillos de Perico Fernández. De hecho, la vida del boxeador se le parece, pues Afganistán gozó de tremenda gloria en el pasado incluso hasta ser tildada de «cementerio de los imperios», recordándonos cuantos altaneros creciditos como Ciro el Grande, Alejandro Magno, los británicos y hasta los soviéticos, besaron a morro partido las pedregosas lonas de sus montañas. Pedrito, quien también fue cementerio, o mejor dicho verdugo, de muchos imperios, tuvo un final dramático que lo llevó a hacer nasal gala de su apodo, y hasta a pillar catre en el prostíbulo de un amigo. Afganistán, de piel maciza y mineral, terminó en un momento dado zumbando el mismo camino, viviendo de los cultivos de las adormideras y pernoctando su gloria en un cuartucho pecaminoso alejado de su potencial.

Es un secreto a voces que la actual situación viene alimentada por el metomentodo hocico extranjero. Si los sobrinitos traviesos del tío Sam no hubiesen tenido la brillante idea de jugar a alimentar hipopótamos con los muyahidines con tal de socavar la Revolución de Saur en el 78, soltando la friolera de 40 mil millones de pavos a lo largo de cinco lustros, a lo mejor no habría hecho falta bajarles los humos dando coba a los talibanes que ahora nos traen de cabeza al planeta entero.

Y es que no está de más recordar que el término «talibán» significa «estudiante», y que para un musulmán etimológicamente sería cómo decir «seminarista»; esos que los de tradición cristiana vemos con pinta de refrenados santurrones soportando la turra de las viejecitas, y no como zutanos con un AK47 eviscerando las tripas de los «herejes». Eso es prueba suficiente de que alguien alimentó su sed de venganza, su sed de control, su irrefrenable impulso humano hacia la contaminación total de los ideales personales al conjunto de la sociedad, metamorfoseando a un pelotón de moralistas en contra de las violaciones masivas y la sodomía infantil, en una plaga descontrolada de fanáticos toxicómanos de la divina providencia de la Sharía y las flatulencias de su profeta. Hablando en plata, occidente fue a Afganistán a por lana y, cómo suele pasar, hace años que salió esquilado sin remedio; miles de muertos en su bando, y los sueños atormentados por los fantasmas de alrededor de 240.000 afganos en el contrario, habrán de dar fe de ello.

Pero cabe destacar, en todo este batiburrillo de barbudos cejijuntos, una noticia muy reveladora; la reciente ejecución de Nazar Mohammad, un cómico afgano crítico con los fundamentalistas. Este asesinato es el reflejo perfecto de que si hay algo de lo que carecen los fanáticos es de sentido del humor. Los reaccionarios, los caciques de la identidad, los insobornables abollados reticentes a todo lo que no sea el laxante de sus opiniones, son inocuos al pensamiento autocrítico, al cuestionamiento de sí mismos, lo que los empuja a una infinita contienda contra todo aquel contrario a su razonamiento. Aunque, seamos sinceros, ¿quién no ha deseado acaparar toda la razón, la mucha razón, sin que nadie lo cuestione? Los talibanes han encontrado en el accidentado mapa de Afganistán el Chiquipark de sus aspiraciones de control y egolatría, habiendo disfrutado además de su viril erección moral ayudados por la vigorosa Viagra-occidental, compuesta principalmente por: rencor contra su invasión, ineficacia en la diseminación de un compromiso cultural firme por los derechos humanos y la diversidad, armamento a porrillo, entrenamiento y, sobre todo, la existencia de un propósito bélico en sus vidas. Si la tarea de los talibanes era el «estudio religioso», Occidente les sirvió en bandeja, tiempo ha, una excusa para la ósmosis con sus antiguos enemigos, los muyahidines, filtrándose con mayor aplomo y presteza cada año hacía convertirse en devotos «luchadores de la guerra santa», que más recuerdan a «sicarios de Dios».

Los talibanes, como le ocurría a la madre de Teresa en La insoportable levedad del ser, viven en la desvergüenza y aspiran, ataviados en su flamígero espíritu absolutista, que todo el mundo los acompañe en el enorme campo de concentración donde las almas son invisibles frente a la todopoderosa palabra de Dios, su Dios, que no tolera imitadores, no digamos ya detractores.

Pero no sólo hay talibanes en Afganistán, pues Occidente, los cabritos destalentados que han emigrado sus servicios militares y de inteligencia a las sacrosantas tierras de la amapola desde hace décadas, tampoco están vacíos de integristas, de fanáticos sin sentido del humor, ni pensamiento crítico, que aspiran a hacerse con el poder. Y no hablo sólo de los vendehumos con alergia al negro de piel o al aliento con olor a cúrcuma (a ellos es mejor no darles ni la emoción de la mala publicidad), sino de todos esos grupos, aglomeraciones de individuos auspiciados por la nueva legitimación de sus opiniones en redes y demás, que únicamente se reconocen en el reflejo de sus aspiraciones las cuales, al igual que para los talibanes, vienen a defender antes que cualquier cosa a ellos mismos. Hablo de preñadas high-class-vegan-ecofriendly que martirizan a otras embarazadas por abrazar un buen bocata de longaniza a la parrilla, de feministas desubicadas que confunden la legítima defensa de la igualdad con la absurda manifestación 24/7 de sus menstruaciones reivindicativas y se reconocen TERF, de terraplanistas, antivacunas, animalistas badulaques que creen que el gallo viola a las gallinas, o neotayloristas que consideran que llevar una falda corta en el trabajo es señal de sexualización del entorno laboral. Hablo de todos los que, incapaces de reflexionar y cuestionarse, presos como son de sus frustraciones y ansiedades sin solución, se refugian en lo talibán, en la estelar idea de que sólo su mundo merece ser puesto a prueba en la tierra, y que todo lo demás está hecho para perecer con la muda caliente y el pico cerrado.

No es cuestionable que estos últimos elementos pierden fuelle, casi hasta la totalidad de su masa, si los comparamos con la situación afgana. No obstante, el terrorífico tornado en el que está inmerso oriente no nació de la nada; tuvo un parto, un crecimiento y hasta una bien nutrida adolescencia. La nodriza de este desastre fue la filtración permisiva de los ofendidos irrefrenables que impiden la emulsión de cualquier debate y que ahora, ayudados por armas, una situación de inestabilidad única y un proceso de maceración de odio y rencor bien asentados, logran sus objetivos de sumisión.

No debemos apartar la vista de Afganistán, pero no sólo con la esperanza de salvar a cuantos quieran huir de la tormenta, ni de esperar que la situación venza a favor de las fuerzas más progresistas del país, sino cómo el espejo de hasta dónde tolerar al intolerante es un billete de sentido único al exterminio del pensamiento. 

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