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Ochenta hombres, dos mujeres

Foto: C. D. Graves | Wikimedia

A veces una frase puede determinar la posteridad de un hombre. Parece ser el caso del capitán William J. Fetterman. El destacamento que comandaba fue aniquilado apenas a unos kilómetros de Fort Phil Kearney, en lo que hoy es el estado de Wyoming (EEUU), la mañana del 21 de diciembre de 1866. Fetterman, como su superior el coronel Carrington, era uno de tantos oficiales que se habían alistado y ascendido durante la reciente Guerra civil y que prosiguieron su carrera militar en la Frontera bajo el mando y la presidencia de los dos grandes héroes de la Unión: Sherman y Grant. Ambos venían de la vida civil y eran hombres educados; pero el ingeniero Carrington no había comandado jamás tropas en el frente, mientras que a Fetterman le precedía una reputación de oficial de caballería arrojado.

La mañana de su muerte, Fetterman reclamó el mando de un destacamento de rescate que salía del puesto avanzado a proteger a un convoy de madereros -el fuerte estaba aún en construcción- de un ataque indio. Mientras los soldados abandonaban la empalizada, Carrington, según se dijo, repitió varias veces la orden de no alejarse en persecución de los guerreros indios y no perder de vista el fuerte. Pero los hombres de Fetterman se perdieron por la Bozeman trail, más allá de la colina que tapaba el horizonte, y dos horas más tarde estaban todos muertos. La partida de rescate que salió a buscarlos pasado el mediodía solo encontró sus cadáveres mutilados y una masa de guerreros indios que se dispersaba en el paisaje.

El episodio, conocido como la Fetterman fight oFetterman massacre, lo que señala bien a las claras el protagonismo que se otorgó siempre al mando del finado, se convirtió en uno de las hitos de las Guerras indias, y en el episodio más doloroso para el ejército de la Unión de la llamada Guerra de Nube Roja -en honor al jefe lakota que acaudillaba la confederación de sioux, cheyennes y arapahoes. Las truculentas descripciones de los cadáveres ultrajados por los indios en el campo de batalla se incrustaron gracias a periódicos y folletines en el imaginario de la nación, y realimentaron el relato que oponía los efectos civilizadores de la expansión al oeste al salvajismo de las tribus desposeídas o en trance de serlo. Pero apenas diez años después, no muy lejos del lugar de su muerte, otra masacre iba a tapar en la leyenda del Oeste a la de Fetterman: la batalla de Little Bighorn, la última defensa de Custer.

Pero mientras Custer gozó inmediata y unánimemente del estatus de héroe trágico, al menos hasta que las lecturas revisionistas, bien entrado el S. XX, empezaron a arrojar sombras no solo sobre la moralidad de sus acciones, sino sobre su capacidad como comandante sobre el terreno, Fetterman hubo de cargar bien rápido con la culpa de su desgraciada acción. Carrington fue exonerado por sus superiores, a pesar de su falta de experiencia de combate, de su pasividad ante los ataques indios y de la inquina que algunos oficiales le demostraban. Y sobre Fetterman pesó como una losa la frase jactanciosa que, al parecer, había pronunciado en público no mucho antes de su muerte: “Con ochenta hombres podría atravesar a caballo la nación sioux”. Quizás lo más interesante del caso sea que, en un mundo en apariencia de hombres, la Frontera, y en una época como la victoriana, un factor fundamental en el traslado de la culpa desde Carrington a Fetterman fue la dedicación de dos mujeres a restaurar el honor de su marido.

Margaret Sullivant Carrington y Frances Courtney Carrington fueron las dos esposas del coronel Carrington -probablemente transmisor de la tuberculosis durante toda su vida, que perdió a su primera esposa y a cuatro hijos pequeños a causa de la enfermedad. Ambas escribieron diarios: el general Sherman había animado a las mujeres de los oficiales a hacerlo para sobrellevar el aburrimiento de un destino supuestamente pacífico, y hoy son un testimonio valioso. Los relatos de ambas, así como los escritos del propio Carrington, fueron centrales en la construcción del mito de la masacre de Fetterman como el resultado de un mando impulsivo, desobediente y desdeñoso de la capacidad militar de los indios. Así se perpetuó durante el siglo posterior al incidente, y así se encuentra por ejemplo en los textos de Dee Brown, autor del clásico revisionista Bury my heart at Wounded Knee.

En 2008, la historiadora Shannon D. Smith decidió acercarse de nuevo al mito de Fetterman a través de las dos Mrs. Carrington y del resto de personajes que habitaban Fort Phil Kearney. El resultado, Give me eighty men, muestra que las nuevas historias parciales, las que se acercan a la Historia con mayúsculas desde perspectivas antes minusvaloradas, no han de hacerlo necesariamente bajo un fardo de activismo ni emborronando los hechos con presunciones normativas nebulosas. Lo que emerge del libro de Smith es un relato complejo, con un Fetterman intachable, respetuoso de los indios y figura especular de Carrington en muchos aspectos; ambos atrapados junto con las mujeres del regimiento en una maraña de conflictos de clase, valores y expectativas con los otros oficiales del fuerte. La idea de que Fetterman desobedeciera a Carrington empieza a desvanecerse ante la revisión de los hechos y los relatos que emprende Smith, y a pesar de la campaña de décadas de Carrington y sus dos sucesivas esposas. Y fueron precisamente los valores victorianos, según Smith, los que evitaron que los oficiales cercanos a la historia dieran un mentís rotundo a las afirmaciones de las dos damas Carrington; como en un final de John Ford tamizado por los estudios culturales.

En su reciente y magnífico The Earth is weeping, Peter Cozzens -que no cita la obra de Smith- señala abiertamente al teniente Grummond como responsable de la persecución que Fetterman no pudo impedir y que hizo caer a todo el destacamento en la emboscada de Nube Roja. ¿Y quién era Drummond? Un oficial en ascenso, alcohólico y fanfarrón, primer marido de Frances Carrington, bígamo -esto solo lo supo ella a su muerte- y parte de la camarilla de enemigos del coronel. Como se ve, la historia siempre es más compleja que los daguerrotipos.

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