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Álvaro del Castaño

Sesgos Ocultos: Get Up, Stand Up

«No hay duda por tanto que albergamos estos sesgos ocultos y deberíamos reconocer que nos hemos equivocado a menudo en nuestras decisiones pasadas»

Opinión

Sesgos Ocultos: Get Up, Stand Up
Paz Juristo cedida por la autora
Quiero comentar algo que le sorprenderá, querido lector: usted toma decisiones equivocadas, injustas y discriminatorias en base a prejuicios alojados en su subconsciente,  y no es consciente de ello.
Ahora que he llamado con éxito su atención con mi provocadora obertura, procedo a explicarme.
Una gran parte de la sociedad bienpensante (a la otra ni la menciono) es aún «racista de manera subliminal, machista sin apercibirse de ello y discrimina a los demás en función de su sexualidad», siempre sin ser realmente conscientes ni culpables de ello (por eso lo pongo entre comillas). Este fenómeno se denomina sesgo inconsciente o sesgo oculto, y no es otra cosa que una interpretación errónea de la información disponible y que ejerce influencia en la manera de procesar los pensamientos, emitir juicios y tomar decisiones en contra de una minoría. El concepto de sesgo cognitivo fue introducido por los psicólogos israelíes Kahneman y Tversky en 1972. Estos estereotipos escondidos dentro de nosotros que afectan a nuestras decisiones, se originan por la manera en la que hemos sido educados, por haber crecido arropados por una mayoría en concreto, y estar anclados en paradigmas antiguos. Esta parcialidad en nuestras elecciones no es culpa nuestra y no es una elección consciente. Por lo tanto no tenemos que autoflagelarnos por alojarla en nuestra psique desde pequeños. Pero sí que tenemos que hacer un esfuerzo por reflexionar y aceptar que ese sesgo existe. Hay que saber que la única manera de eliminarlo empieza por reconocer su existencia, y hacerle frente. Es como el adicto que tiene que reconocer primero que tiene un problema, para poder luego desintoxicarse.
Muchos de lectores estarán meneando la cabeza autoconvenciéndose de que esto no va con ellos. Por eso quiero traer a colación la cita del periodista y escritor Malcolm Gladwell, cuando tomamos una decisión en una fracción de segundo, […] somos muy vulnerables a dejarnos llevar por nuestros estereotipos y prejuicios, incluso por aquéllos en los que no necesariamente creemos ni respaldamos». La prueba empírica de que estos existen tiene una base científica y reside en el trabajo de Greenwald y Banaji (Harvard University) que desarrollaron el Test de Asociación Implícita (TAI) para ilustrar cómo la mente funciona sin que la gente sepa cómo lo hace realmente. Según palabras de Banaji en una reciente entrevista, «el test mide la disparidad entre lo que dice una persona y lo que vemos dentro de su cerebro y cómo se comporta». El TAI se ha realizado más de 14 millones de veces arrojando resultados sorprendentes.
Quiero ilustrar mi punto de vista con un par de ejemplos concretos, unos científicos y otro (el primero) más casero, que me ayudarán a ilustrar esta realidad. Empiezo por rememorar la magnífica película Adivina quién viene a cenar esta noche, el clásico del director Stanley Kramer, con el actor afroamericano Sidney Poitier de actor principal (primer afroamericano en ganar un Oscar de la academia en 1964). En la película, una joven blanca de ideas progresistas lleva a cenar a su novio afroamericano a casa de sus padres (auto-denominados liberales y luchadores por la igualdad), para presentárselo, pero olvidando mencionar antes el «color» de su piel. Una cosa era la teoría liberal y otra la práctica real, pues a ambos padres les invade el miedo a los retos que deberá afrontar la pareja «mixta» el resto de su vida. Increíble y vergonzante recordar que en 1967, cuando el film se estrenó en USA, el matrimonio entre una pareja interracial estaba aún prohibido en catorce estados. Les recomiendo que vean otra vez la película, y reflexionen sobre lo que pasaría por sus mentes si estuviesen en la piel del padre, el gran Spencer Tracy en la película, o de los padres del joven Sydney.  «Lo que ocurre es que tú te consideras un hombre de color, y yo me considero un hombre», dice en un momento de la película Sydney Poitier dirigiéndose a su padre. Cincuenta y dos años después de su estreno creo que el mensaje de la película sigue totalmente vigente. Vean la cinta y háganse la pregunta. El sesgo existe, está latente.
Otros ejemplos más científicos son los diversos estudios en EEUU que demuestran que un aspirante a un trabajo con un nombre aparentemente afroamericano necesita enviar un 50% más de currículums para recibir una llamada para una entrevista de trabajo, que otro candidato aparentemente con nombre blanco. En otro estudio, al que yo tuve acceso en un seminario organizado por mi banco al respecto (el cual me abrió los ojos a este hecho) y en un ejercicio similar al anterior, se demostró que un postulante afroamericano tenía la misma probabilidad de recibir una oferta de trabajo que otro blanco pero… ¡con antecedentes penales!
Por otro lado, hay estudios que demuestran que existe un sesgo inconsciente a favor del hombre en el trabajo y eso impide a la mujer avanzar en su profesión. Por ejemplo, existen estudios en los que se demuestra que si pudieran elegir el sexo de su jefe, una mayoría de hombres y de mujeres elegirían a un hombre. ¿Pero qué más da el sexo de la persona para llevar a cabo una responsabilidad profesional?
Personalmente pienso que los sesgos son muy difíciles de evitar o borrar en su totalidad porque forman parte de nuestra genética o mejor dicho del aprendizaje adquirido en el proceso evolutivo. Tras siglos de evolución nuestra mente ha aprendido a detectar rápidamente mínimas diferencias con el objetivo de identificar riesgos para nuestra integridad. Prueba de ello es el estudio del profesor de la Universidad de Virginia Timothy Wilson que estima que ante cualquier decisión recibimos unos once millones de estímulos-informaciones al mismo tiempo, pero solamente podemos procesar unos cuarenta de esos datos de manera simultánea. Si tuviéramos que procesar toda esta información para reaccionar en caso de peligro, el «león nos devoraría en un santiamén». Por eso nuestro cerebro no solo se apoya en los datos concretos que tenemos delante, sino que utiliza nuestra experiencia, historia y percepciones para reaccionar. Para rematar el problema, nuestra educación y cultura echan el resto. No hay duda por tanto que albergamos estos sesgos ocultos y deberíamos reconocer que nos hemos equivocado a menudo en nuestras decisiones pasadas. Esta discriminación subliminal, latente y silenciosa no solo ocurre con el color de la piel, la sexualidad, sino también con la aspecto físico, el peso corporal y la edad, entre otros muchos. Los doctores Banaji y Greenwald, los arriba citados creadores del Test TAI, explican en su libro Blindspot: Hidden Biases of Good People (Punto Ciego: Sesgos Ocultos de Buena Gente) que se trata de hábitos mentales que nos llevan a tomar decisiones injustas, y que si somos conscientes de ellos seremos aún mejores personas.
La pregunta que usted, lector convencido de la validez de mis argumentos, se plantea ahora es: ¿qué puedo hacer al respecto?
Lo primero que deberíamos hacer es reconocer y aceptar que el sesgo oculto existe alojado en nuestro subconsciente (si tiene tiempo pase el TAI, se sorprenderá). Luego tenemos que revisar nuestras decisiones diarias para descubrir si están predeterminadas y actuar en consecuencia para modificar nuestros comportamientos. A continuación, tenemos que rodearnos de gente distinta a nosotros, saliendo de nuestra zona de comfort social y cultural, escuchando y conociendo las inquietudes de las minorías (diversidad). Finalmente, hay que solidarizarse activamente y reparar los daños que hemos cometido con todas aquellas minorías que fueron despreciadas y marginadas por generaciones de gentes cargadas de prejuicios, y por otras bienpensantes que actuaban desde la buena fe. Un gran ejemplo de acción directa y un verdadero catalizador de cambio es la admirable iniciativa de la que formo parte en Goldman Sachs, llamada «One Million Black Woman», que destinará la friolera de diez mil millones de dólares americanos a inversiones directas de capital y cien millones a acciones filantrópicas que ayuden a atacar de lleno el doble sesgo, tanto racial como de género, que han sufrido las mujeres afroamericanas históricamente, y que solamente se ha acrecentado con la pandemia. Solo actuando con decisión empezaremos a ser libres.
Ya lo decía la escritora norteamericana Maya Angelou, «el prejuicio es una carga que confunde el pasado, amenaza el presente y hace que el presente sea inaccesible».
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