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Manuel Arias Maldonado

Vanishing point

«Hay un intruso en la fiesta de cada verano. Y ese intruso es la muerte, que este año de pandemia ha vivido su agosto y diezmado las filas de la humanidad»

Opinión

Vanishing point
Wikipedia

Es costumbre que el final de agosto traiga consigo innumerables anticipaciones: se habla del nuevo curso político, se ofrecen detalles sobre la rentrée literaria y se repasan los problemas de la educación ante el comienzo inminente del curso escolar. Para desconcierto de los rezagados que todavía no han podido disfrutar de su descanso, las imágenes veraniegas van dejando paso a los lugares comunes del otoño; quizá no haya mejor recordatorio de la fugacidad de las estaciones que esas portadas de revista que anuncian en pleno agosto los abrigos de la temporada. No obstante, poco a poco nos vamos sintiendo vagamente reconfortados por el retorno de una normalidad sin adjetivos, que a su manera da sentido a la excepción veraniega incluso en los años más excepcionales.

Pero no vayamos tan rápido: hay un intruso en la fiesta de cada verano. Y ese intruso es la muerte, que este año de pandemia ha vivido su agosto y diezmado las filas de la humanidad. Las estadísticas son desoladoras; jamás pensamos que veríamos caer a tantos. Ocurre que la muerte, entendida como un acontecimiento de significación colectiva que marca el paso del tiempo en contextos sociales específicos, también tiene sus estrellas; es la desaparición de figuras más o menos universales la que —familiares al margen— nos permite comprender cabalmente la velocidad del cambio histórico.

De un tiempo a esta parte, en particular, se diría que lo que está desapareciendo a velocidad de vértigo es el pintoresco siglo XX: tan pronto fallece Charlie Watts y recordamos los años de primacía del rock & roll, como se van el filósofo Jean-Luc Nancy, la actriz Olivia de Havilland o el futbolista Gerd Müller. Todos ellos eran ya, de alguna manera, supervivientes: Janis Joplin y Jim Morrison murieron antes de cumplir los 30 y no queda viva ninguna actriz que conociese el Hollywood de los años 40. Nadie ignora que este fatídico desfile continuará durante los próximos años: si Jean-Luc Godard tiene 90 años y el joven Neil Young 75, Eddy Mercx está en los 76 y Al Pacino en los 81. En las frías neveras de los grandes periódicos, sus obituarios esperan turno.

No estamos, precisamente, ante una novedad; en un poema de Roque Dalton se decía que los vivos van dándose cuenta de que los muertos empiezan a ser mayoría. Pero la personalidad del siglo XX ha sido tan marcada, para bien y para mal, que la paulatina desaparición de sus héroes crea una sensación peculiar: es como si se abriese un vacío al que solo pudiera responderse con melancolía. Sus biografías dan cuenta de un periodo excitante en el que la cultura de masas se expandía de manera desenfadada; las aventuras de sus pioneros tienen el brillo de los acontecimientos inaugurales. Y es que tras la destrucción provocada por las dos guerras mundiales, había un mundo por hacerse y lo hicieron ellos. Por eso parece increíble que sus obras puedan terminar siendo tan remotas para los habitantes del futuro —así que pasen otros cien años— como lo son hoy para nosotros los minués del XVII o las zarzuelas del XIX.

Concedido: mucho de esto es mitología, nostalgia, idealización. ¡Faltaría más! La posición relativa de cada generación, además, resulta determinante: los Rolling Stones son la música del abuelo para quienes empiezan ahora la universidad. Sin embargo, se tiene la sospecha de que el siglo XXI anda corto de protagonistas carismáticos, capaces de capturar la imaginación colectiva de una manera sostenida. La fragmentación del público que caracteriza a la era digital quizá tenga que ver con ello; no ayuda que el futuro no parezca un lugar demasiado ilusionante. Pero quizá la aprensión con que se contempla el alejamiento del viejo siglo solo sea una superstición de esos baby boomers que ven cómo se mueve la cola que conduce al abismo.

Bien sabemos que no hay salida; solo podemos aceptarlo a regañadientes. Pero, ¿a qué viene tanta prisa? Solo pedimos un rato más en compañía de los que están a punto de irse.

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