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Pilar Marcos

El tetrabrick de la recuperación

«Pocas cosas empobrecen más a los más pobres que un aumento desenfrenado de los precios»

Opinión

El tetrabrick de la recuperación
TOBY MELVILLE Reuters

Los baby boomers del lugar, junto a los aficionados a entretenidos problemas matemáticos escolares, recordarán que el tetrabrick se llama así porque inicialmente era un tetrapack: un envase con forma de tetraedro. A España llegó en los años 60, se popularizó en los 70, y cumplió la función de llenar las neveras de las entonces familias numerosas con leche y batidos en tan curiosos envases tetraédricos.

Eran tetraedros porque esa es la forma geométrica (fácilmente almacenable) que permite llenar mayor volumen de contenido con menor superficie para el envase. Y en aquellos años la lámina de plástico (¡un derivado del petróleo!) del tetrapack era un producto caro. Cada milímetro cuadrado de plástico ahorrado era una buena idea; no por fe ecologista sobrevenida sino por el más prosaico mandato de precios estratosféricos y escasez evidente.

Al abaratarse el petróleo, el tetrapack pasó a tetrabrick, más cómodo para el almacenaje por su forma de ladrillo (de ‘brick’), y en los años de abundancia (en los que aún vivimos) se culminó cada envase con un simpático taponcito de plástico duro. ¡Quién sabe si no tendremos que volver al tetraedro si la carestía energética, y de materias primas, decide instalarse otra vez en nuestras vidas!

De momento, la salida de la crisis provocada por el encierro mundial que provocó la COVID-19 nos está enseñando que la energía es escasa, y todas las materias primas, también. Aprendemos a toda velocidad que el fuerte incremento de la demanda para la recuperación post-COVID dispara precios y ceba la escasez. Sabemos que es estupendo que todas las economías del mundo quieran -y deban- crecer al ritmo de pujantes países emergentes para recuperar cuanto antes -¿todas a la vez?- el nivel económico previo a la pandemia, pero ya estamos comprobando que ese fuerte aumento de la demanda mundial necesitaría de ofertas que crecieran, y se interconectaran, con equivalente potencia y agilidad. Y eso último no está ocurriendo.

La velocidad con la que se ha disparado el precio de la electricidad este verano o el lógico temor a que el precio del gas sea prohibitivo este invierno es la parte más visible de esta nueva escasez… sin descartar incluso algún que otro corte de suministro cuando arrecie el frío. En España, por ejemplo, si fallara la conexión por gasoducto desde Argelia. Los retrasos en la entrega de coches o de equipos informáticos porque no llegan los chips necesarios para ensamblarlos, debido a dificultades para el suministro de materiales que se usan para fabricar sus componentes, es otro ejemplo de esos cuellos de botella.

La clave es que esta recuperación tras la pandemia nos está enseñando que las economías no se apagan y se encienden como quien pulsa el interruptor de la luz, porque con el larguísimo apagado-COVID de 2020 se fundieron o desaparecieron demasiados eslabones de la cadena de suministro que sostenía la economía global. Es esa cadena global publicitada con el célebre Iphone ideado en California y ensamblado en China con chips indios para disfrute de un joven europeo.

Tantos meses de cierre-COVID han volatilizado demasiados eslabones de la cadena y hoy está muy seriamente comprometido su funcionamiento para el suministro global. Posiblemente el mejor escenario, cuando empezó el encierro, era el de afrontar una crisis breve y con un número limitado de damnificados. Algo así como recuperar la economía de un país tras un huracán o un terremoto que hubiera afectado solo a una pequeña parte de la población. Pero no. El cierre fue global; la crisis, mundial, y el daño es más grave allí donde peor funciona la globalización. Y el daño es menor donde antes entendieron que -con la máxima prudencia posible- hay aprender a convivir con el virus, y animar la producción, la inversión y la globalización, más que cebar la demanda interna.

Un ejemplo muy visible de daño mayor lo estamos viendo en el Reino Unido post-brexit: el coste de su aislacionismo voluntario se ha unido al daño causado por la pandemia. No llega el combustible a las gasolineras y los productos a los lineales de los supermercados porque ¡¡faltan camioneros!! Es una de las ‘inefables ventajas’ de votar por una economía cerrada. A cambio, el ejemplo más cercano de daño menor lo vemos cada día en Madrid.

Siempre nos preparamos para ganar la última guerra que perdimos. Y esa preparación rara vez sirve para ganar la guerra actual. Es una arraigada decisión que explica, por ejemplo, que las autoridades económicas decidieran que, esta vez, harían cuanto fuera necesario (el whatever it takes de Draghi) para que no volvieran a producirse los problemas de liquidez que agravaron la anterior crisis: la financiera de 2008. Todas las ayudas y estímulos (monetarios y fiscales) aprobados en los últimos tiempos pretenden cumplir con ese mandato: que no se repita la crisis anterior; que el estricto cumplimiento de la ortodoxia monetaria y fiscal no agrave la crisis ni estrangule la recuperación por falta de liquidez.

Por eso en Europa se comprometen (e incluso se conceden) ingentes ayudas; por eso se cubren las emisiones de deuda de los países de la UE desde el Banco Central Europeo a tipo de interés cero; por eso se ha aparcado el compromiso de cumplimiento de las más elementales reglas fiscales que acompañaban al buen funcionamiento del euro… por eso se ha arrumbado el santo temor al déficit.

Y con todos esos estímulos -monetarios y fiscales- se ceba la bomba de la demanda en la esperanza de que eso impulse el crecimiento para una más rápida recuperación económica: queremos volver todos cuanto antes a los niveles económicos previos la COVID-19. Y la dificultad surge de ese «todos» a la vez.

Por eso cuando la oferta no es capaz de cubrir esa acelerada demanda, sea por estrangulamientos en la cadena de suministros, o por escasez de materias primas, o por problemas de transporte o energéticos (que viene a ser todo lo mismo), toda la liquidez añadida para que vuelva a funcionar con rapidez la economía se traslada a precios. Es decir, cuando la oferta no es capaz de ir tan deprisa como una demanda acelerada con dinero en abundancia, todo ese esfuerzo adicional de ayudas y liquidez extraordinarias que pretendían impulsar la recuperación se transforma en inflación, en la temida inflación.

Pocas cosas empobrecen más a los más pobres que un aumento desenfrenado de los precios; pocas aumentan más las desigualdades, o generan más incertidumbre… Pocas deterioran más la confianza en el futuro que una inflación imparable. Y todo ese daño frena la capacidad de crecimiento de cualquier economía.

El mayor riesgo -aquí, como en todo- es no mirar a las causas, sino solo a las consecuencias. ¿Hay inflación y pierden poder adquisitivo salarios y pensiones? Pues traslademos esa subida de precios a sus rentas para que nadie pierda. ¿Nadie? ¿Seguro? Está sobradamente acreditado que indexar la economía es la mejor garantía para que la inflación se desboque imparable. Pero es políticamente más sencillo decir que nadie perderá que ir a las causas de un continuado aumento de precios.

En España posiblemente la solución llegará, una vez más, del norte. De los nunca suficientemente elogiados países frugales, acompañados por el nuevo Gobierno alemán. Alemania no ha olvidado todo lo que es capaz de destruir la inflación y, para frenar al monstruo, es previsible que reclame recuperar cuanto antes un mínimo de disciplina presupuestaria. Es decir, que empiece a poner pegas a muchas de las ayudas previstas para acometer con armas de la anterior crisis la que hoy nos ocupa. Es probable que Alemania exija volver al cumplimiento de la regla de déficit del euro más pronto que tarde. Y, también, que no vea del todo mal frenar los estímulos monetarios con los que los bancos centrales decidieron ganar (a posteriori) la crisis financiera.

Si esto ocurre, quedarán muy aguadas las expectativas de experimentar otros felices años 20… ahora del siglo XXI. Pero ese freno también puede conjurar el peligro de todo lo que vino después. Porque hay tiempos en los que el tetrabrick puede ir adornado con un simpático y práctico taponcito de plástico… y lo que haga falta, si podemos permitírnoslo. Pero hubo otros tiempos, no tan lejanos, en los que había que hacer malabares para ajustar en equilibrio los tetraedros de leche en la nevera.

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