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Miguel Ángel Quintana Paz

Un año de debate (y fracaso) sobre los intelectuales cristianos

«No se puede servir a Dios y al dinero, afirmó Jesús; hoy tal vez convenga recordar que tampoco a Greta Thunberg y a Dios»

Opinión

Un año de debate (y fracaso) sobre los intelectuales cristianos
Aingeru Bakea Flickr

Cumplimos estos días doce meses desde que se desencadenara en nuestro país algo insólito: una nutrida suma de pensadores púsose, civilizada, a debatir. Uno de ellos, Ricardo Calleja, daría nombre a la disputa: Ubi sunt, «dónde están». Pues se polemizaba justo sobre dónde andaban, qué hacían, cómo eran y a qué dedicaban su tiempo libre los intelectuales cristianos en España. ¿Por qué no eran una voz más potente en nuestra ágora pública?

Lo expresó bien Diego S. Garrocho en el primer artículo consagrado a este afán: «Hagan lista: está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la queer theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana».

Las primeras reacciones al artículo de Garrocho dieron velis nolis la razón a Nietzsche, cuando señalaba cierta tendencia a lo quejumbroso entre los cristianos. Este nuevo libro de Lamentaciones podría resumirse en un «Yo, católico, estoy callado porque el mundo me hizo así». Si no hay más voces cristianas en nuestros debates, venía a decirse, es porque nadie nos presta atención, porque nos descartan siempre que pueden, incluso nos censuran. En momentos de exaltación (lo que, en lenguaje coloquial, se denomina «venirse arriba») estos gemidos llegaban a comparar la situación actual de los cristianos con persecuciones antiguas, y a poco estuvo alguno de parangonarse con las víctimas de Diocleciano o las vírgenes mártires de Sevilla.

Tanto desatino me impulsó a saltar al ruedo en ayuda de Garrocho. Lo hice, al tercer día de publicada su tribuna, con un texto aquí en THE OBJECTIVE: ¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos? Al cumplirse ahora un año, noto que contemplo ese artículo un poco como un padre miraría a ese hijo muy popular en su instituto, pero cuyas calificaciones arrojan dudas sobre si llegará algún día a ser hombre de provecho. (Este es un modo quizá un poco complicado de reconocer que se trata de uno de mis artículos más leídos, pero me temo que también de los más fracasados).

Mi intervención en el debate la animó el espíritu, no sé si Santo, pero sí de la contradicción: quise refutar a cuantos argüían que, si no había más ideas cristianas en nuestro espacio público, era por culpa de los demás. Los motivos que tenían los católicos para gimotear a este respecto venían a ser similares, defendí, a los que exhibe Ana Patricia Botín cuando solloza por cuán malamente la ha tratado la vida por ser mujer. Y es que la Iglesia posee hoy día una posición envidiable justo en los dos campos, educación y medios de comunicación, consagrados a difundir ideas.

Me vi en la tesitura de recordar que hay en España 16 universidades que se reclaman católicas: ¿transmiten sus ideas cristianas al resto de la sociedad? ¿Las propagan incluso entre sus propios estudiantes? ¿O acaso una cautela mal entendida permite a estos atravesar sus claustros con tantas reflexiones sobre Cristo como sobre los Hare Krishna o el monstruo del espagueti volador?

Hube de recordar que hay en España millares de colegios de inspiración católica, así como centenares de miles de alumnos en la asignatura de Religión. ¿Salen tras tantos años encerrados en una clase con un manejo de la Historia Sagrada no diré similar al de Casiodoro Reina, pero sí al menos al de mis padres (ninguno de los cuales acabó siquiera sus estudios primarios)? ¿No es estupefaciente que tras diez o trece años en coles católicos sus egresados solo hayan debido elaborar murales por la paz y escuchar 10.784 veces que «hay que ser buena persona», pero el sacrificio de Isaac, la parábola de los talentos o por qué es importante San Pablo (aparte de que «escribió cartas») resulten enigmas tan ignotos para la mayoría de ellos como los de antiguos cultos mistéricos?

Quise recordar que la Iglesia católica posee una de las cadenas de radio más escuchadas: Cope. Y una emisora de televisión que ya quisieran para sí otras iglesias, clubes deportivos o asociaciones gastronómicas: Trece TV. ¿Se difunde desde ellas el kerigma de los cristianos? ¿Hay programas sobre San Agustín, sobre el legado medieval, sobre las siete virtudes cristianas? ¿O nos encontramos solo retransmisiones deportivas con alguna que otra blasfemia de los locutores, westerns que por algún motivo alguien cree que estimularán la fe, programas de sacristía sobre qué nuevo vicario ha sido nombrado en la diócesis de Istria (algo, como las sacristías, ciertamente interesante para el que ya anda dentro, pero poco sugestivo incluso para quien ronda el atrio gentil)?

En suma, aunque se trató de un artículo poco elogioso con cómo difunde ideas el catolicismo patrio, debo subrayar que su recepción fue bien generosa. El habitual nivel de insultos con que se acogen las cosas en redes sociales resultó esta vez menos estentóreo. Gente variopinta entró al trapo de mis críticas, a menudo con una sincera preocupación por arreglar lo estropeado. No escasos alumnos me confesaron que ellos también estaban cansados de hacer poco más que murales por la Madre Tierra en clase de Religión.

Entonces ¿por qué considero fallido ese texto de hace un año, así como el debate subsiguiente (y en el que agradezco a casi todos sus intervinientes que fueran tan amables como para citarnos a Garrocho y a un servidor)? Creo que una somera mirada a los cuatro campos citados (universidades, colegios, cadena COPE y Trece TV) bastarán, en lo que resta de este artículo, para constatar el mentado fracaso.

Empezaré por el terreno donde prosperaron más esfuerzos para evitar tal frustración: las universidades. A los universitarios (aún) les gusta discutir. O al menos a los católicos. Así que varios centros organizaron actos sobre la cuestión palpitante: CEU, Navarra, Francisco de Vitoria, San Dámaso… Seguramente se me escape alguno. En la Universidad Pontificia de Salamanca llegaron a crear, con loable rapidez, una asignatura de posgrado en torno a este asunto. En la revista navarra Nuestro tiempo publicaron un buen balance provisional de la polémica. E incluso, in partibus infidelium, los estudiantes católicos de la muy laica y pecesbarberiana Universidad Carlos III han aprovechado para ponerse a pensar con cierto filósofo (aunque de fama poco recomendable) sobre estos entuertos.

Pueden caber dudas sobre cuánto han ayudado estas labores universitarias al objetivo del debate (hacer que se oiga la voz cristiana por el público español). Mas esas dudas se transforman en lúgubres respuestas cuando miramos al otro campo formativo de nuestros desvelos: la educación no universitaria. Se me dirá: «¿Qué esperabas, Miguel Ángel? ¿Que justo esos miles de colegios y de clases de Religión cambiaran de un plumazo sus murales por la paz mundial y su moralina biempensante, o su inercia para solo hablar de Génesis si sale a colación Phil Collins, tan solamente porque tú y otros escritores casi tan pesados como tú os hayáis puesto a debatir? ¿No eres en exceso soberbio al pretender tal cosa?».

A la última pregunta he de responder con un sí rotundo (confieso que la soberbia es el segundo pecado capital en que más incurro). Mas con respecto a las otras interrogantes debo matizar que uno, prudente, tan solo esperaría que, en este año, las cosas al menos no hubiesen empeorado. Pero lo han hecho.

Dos sucesos lo corroboran. En primer lugar, el novedoso currículo que para la asignatura de Religión anda elaborando la Conferencia Episcopal. «La nueva asignatura de Religión da un giro progresista» titulaba el diario ‘El País’, con satisfacción evidente (e insólita cuando de asuntos eclesiales se trata). A lo que añadía «igualdad entre hombres y mujeres, denuncia de la pobreza y ecologismo» como rasgos principales de lo que nuestros niños aprenderán sobre el cristianismo.

Este currículo no está aún cerrado, pero haría falta ser más ciego que el de Jericó (antes de su milagro) para ver ahí refuerzo alguno de la enseñanza de la Biblia, la Historia de la Iglesia o el inmenso legado de la Cristiandad. Se diría que la ignorancia sobre lo cristiano con que se gradúan curso tras curso tantos miles de jóvenes preocupa menos a nuestro episcopado que complacer al Ministerio de Educación y a algún que otro ídolo de nuestro tiempo. No se puede servir a Dios y al dinero, afirmó Jesús; hoy tal vez convenga recordar que tampoco a Greta Thunberg y a Dios.

Hace poco saltó la noticia de que el obispo de Solsona abandonaba su cargo para afianzar su relación amorosa con una escritora de novelas eróticas. Creo que esa anécdota ofrece una excelente ocasión a todos sus colegas para reevaluar hasta qué punto sienten la vocación de transmitir no el ecologismo, no el feminismo, no el igualitarismo, no el pauperismo (todo eso se puede transmitir igual de bien desde una ONG mientras te espera en casa tu novia la novelista), sino lo único que, a diferencia de las ideologías citadas, no transmitirán el resto de asignaturas escolares: el mensaje específico cristiano. Porque, sí, un cristiano puede, naturalmente, ser ecologista. Pero ser ecologista (o feminista, o igualitarista) no equivale a ser cristiano.

Que nuestros obispos se avergüenzan un poquito, empero, de tener que enseñar cosas cristianas a secas lo corrobora la campaña publicitaria que lanzaron hace un par de meses para promocionar esta asignatura de Religión. ¿Qué motivos dan en sus eslóganes para convencer a padres y alumnos de cursarla? Pues cosas como que ayudará al alumno a ser «un gran ciudadano» o «un gran amigo» y que le enseñará a «trabajar en equipo» o «compartir». En suma, nada que no pudiera aprender también en clases de Ética. O jugando al fútbol.

Ni uno solo de los carteles publicitarios mencionaba a Jesucristo, la Sagrada Escritura, la Iglesia. A ni uno solo de nuestros obispos se le ocurrió que quizá sería buena idea anunciar que en clases de Religión se habla (vivimos en tiempos en que se necesita repetir lo evidente) de Dios. Ninguna red social católica se atrevió siquiera a citar cosas más ligeritas: de acuerdo, admitamos que mentar a Moisés, los Macabeos o los Apóstoles es hoy igual de inconveniente que perorar sobre pulpos como animales de compañía; pero ¿no podría haberse dicho que en Religión se enseñará algo sobre el sentido de la vida, sobre lo sagrado, sobre atesorar algo de esperanza o fe?

Confío en que el lector entienda ahora por qué veo fracasado el debate «sobre los intelectuales cristianos». Porque tras un año de darle vueltas, nuestros más eximios representantes episcopales solo osan salir al espacio público disfrazados de profesores de coaching, temerosos de que parezca que en Religión se aprende una religión, timoratos tras la misma verborrea («trabajar en equipo», «ciudadanía», «celebrar los éxitos ajenos») que cualquier agencia de la ONU. Si ese es el ánimo con que sus propias autoridades publicitan lo católico, cómo extrañarnos luego de que cada vez menos fieles deseen permanecer en tal grey.

Nos queda por echar la mirada al otro campo privilegiado, junto al educativo, en que se pueden discutir ideas: los medios de comunicación. Aquí seremos más breves. ¿Ha cambiado algo el empuje de Cope y Trece TV a la hora de difundir lo cristiano? Algunos viajeros cuentan que cierta noche de viernes, de nebulosa memoria, se ofreció algún debate sobre estas cosas en la tele obispal. Los más entusiastas narran que acaso fueron incluso dos, aunque sus testimonios no resultan del todo fiables. Nada parecido, esto es cierto, se relata de la Cope. Tampoco parece haberse dejado de aludir con palabras gruesas al sacramento eucarístico en sus retransmisiones deportivas.

De hecho, y siguiendo la ley de que todo cuanto no mejora, empeora, hay una anécdota con la que quisiera terminar. La viví en primera persona. Me llamaron por septiembre desde el programa La tarde de Cope. Deseaban hablar de la canción Imagine de Lennon (se cumplía su 50 aniversario, al parecer). Me entusiasmó la idea. «Por fin podremos desquitarnos de semejante cursilada», pensé para mí, «despreciar su uso tras cada atentado terrorista cual bálsamo de Fierabrás, denigrar sus esperanzas tontas en pro de un mundo sin religión (and no religion too…)».

Fui un ingenuo. La presentadora, Pilar Cisneros, hizo un encomio ferviente de la cancioncita y el mundo por el que aboga. Un mundo sin cielo (Imagine there is no heaven), materialista (above us only sky), sin héroes que se sacrifiquen por verdad ni amor alguno (nothing to kill or die for). Ignoro si en cada estudio de Cope hay o no crucifijos. (Si he de apostar, reconozco que me inclinaría por lo segundo). Pero me divierte pensar en la locutora alabándome emocionada la canción porque defiende que no se debe morir por nada, mientras un Cristo crucificado la contempla desde el tabique de detrás.

Mi intervención en aquel programa de Cope duró poco: la anfitriona me cortó rápido y se quedó luego un rato, con su contertulio, criticoneando mi escepticismo ante Lennon y su canción. Yo mientras respiré, curiosamente, aliviado. «Dios escribe derecho con renglones torcidos», recordé.

Y es que si hace un año un servidor se quejaba de la ausencia de programas con temática cristiana en Cope, ahora comprendo que la Providencia es misericordiosa y quizá debamos agradecerle tal vacío. Al fin y al cabo, ¿no se elogia ya en Cope sin ambages una canción partidaria de acabar por fin con la religión?

No sería de extrañar, pues, que también se aprovechase un serial sobre San Pablo para reprobar algunas frases poco feministas que se permitió el Apóstol. O incluso para «cancelarlo». Por machista.

Ni sorprendería que se utilizase un documental sobre San Juan Pablo II para denostar su contribución al cambio climático, dado tanto y tanto viaje apostólico aéreo como emprendió.

O que se le pusiesen algunos peros a Jesucristo porque, cuando derribó las mesas del Templo, no ejerció las dotes de «trabajo en equipo» o «diálogo» que se enseñan hoy en clases de Religión.

Quizá, por tanto, todo el debate sobre los intelectuales cristianos arroje, pues, cierta oración como pío resumen. Aquella vieja súplica que reza «Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy».

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