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José Carlos Llop

Karen Blixen, siempre

«Escriba Karen Blixen sobre lo que escriba, ella es nuestra Sherezade: la que imposibilita que apartemos vista y oído ante lo que dice y cómo lo dice»

Opinión

Karen Blixen, siempre
Karen Blixen en 1957.|Wikimedia Commons

Hace pocos años, aparecieron al mismo tiempo en Gallimard, mes arriba, mes abajo, las cartas y los cuadernos que François Mitterand escribía a su amante Anne Pingeot, y la correspondencia entre Albert Camus y la actriz María Casares. Lo de Mitterand eran dos tomos; lo de Camus y Casares, uno. Pero los tres libros tenían páginas de un tono que sólo se logra en el enamoramiento y en la literatura: contar y ser contado con una cadencia reconocible que el amor o la pasión otorgan y que el desamor hace desaparecer de allí donde existió su contrario.

Karen Blixen fue una mujer afortunada porque siempre supo cuidar de ese tono: era su tono. Supo hacerlo con las personas y los objetos amados (y uno de esos objetos, si puede llamársele así, fue África, una casa más suya que la natal). En cuanto a las personas amadas, éstas se simbolizan en el barón Blixen –con quien hizo todo lo posible, inútilmente, para continuar unidos– y en el cazador Denys Finch-Hatton, pero habría más y una edulcorada película popularizaría a los dos primeros, pero no la refinada e inteligente literatura de Isak Dinesen, ya conocida con anterioridad y valorada desde la fascinación entre escritores, que suelen ser lectores difíciles de fascinar por un contemporáneo.

Escriba Karen Blixen sobre lo que escriba –de una cocinera que huye de la Revolución, a su criado somalí Farah Aden– ella es nuestra Sherezade: la que imposibilita que apartemos vista y oído ante lo que dice y cómo lo dice y, contándonos el mundo no sólo nos aleja de cualquier mal de ese mismo mundo, sino que nos fortalece frente a la muerte en una especie de acercamiento táctil a la música de la inmortalidad. Y todo esto lo hace como quien te invita a tomar el té y te cuenta una historia de familia. Con dos invitados narrativos –una compasión enriquecedora y una complejidad oculta como lente– que se suman al agradecimiento por las maravillas que la vida nos regala, aunque tantas veces no sepamos distinguirlas con claridad. La voz, ya dije, enamorada.

La editorial Elba, que dirige Clara Pastor, acaba de publicar un libro de Karen Blixen –Daguerrotipos y otros ensayos– que reúne conferencias, discursos, ensayos breves y charlas radiofónicas y que es –como sus cuentos– una pura delicia. Se comprende que Pastor –también narradora– haya querido prologar ella misma el volumen: la tentación era grande y su resultado es un prólogo feliz e impecable, a la altura de los textos que le siguen. ¿De qué nos habla Karen Blixen en Daguerrotipos y otros ensayos?  

Nos habla de sí misma y de su admiración ante la generosidad de la vida. De los hechos –desde construir una escuela en su plantación de café a cuidar médicamente de sus kikuyus– y de la mirada de una escritora que lo es con más de cincuenta años, tras abandonar Kenia. Hay ahí, pues, otro sentido inaugural. Si el primero era el enamoramiento (y su perversa mecánica como fuente de la trama y recursos de sus relatos), el segundo es la conciencia de ser escritor –ya no una cuentacuentos alrededor de la hoguera o junto a la chimenea– y hablar desde ese lugar que nos hace. Hablar de la guerra; de su experiencia africana –de la que ya no se desprenderá nunca, como una exiliada en su propio país–; del cargamento de los barcos que llegaban a las colonias –no sólo máquinas sino el mundo de Sócrates, Spinoza, Shakespeare o Marx–; de la capacidad de observación y análisis de los nativos respecto a los colonos; de su oído para lo narrado, no heredero sino el mismo de las Mil y una noches; de una visita al Berlín nazi; de Londres y la BBC; de su infancia danesa y los lazos invisibles que la unen a su vida keniata…

Leyendo Daguerrotipos y otros ensayos uno tiene la sensación de habitar el mundo narrativo de Karen Blixen desde dentro y en ese interior su manera de vivir la literatura, de ser literatura. La vida sólo adquiere su verdadero sentido desde la perspectiva del arte, asumida con la misma naturalidad que un paisaje o las costumbres de los kikuyus o los massai. El mundo del que nos habla Karen Blixen hoy es un mundo antiguo, pero esto, precisamente, lo convierte en algo eterno que nunca pasa ni ha de pasar y es desde ahí que nos llega su voz. Un libro éste que se suma al ya extenso catálogo de Elba, un catálogo que nos habla también de la riqueza de ese mundo verdadero –no duplicado, ni virtual, ni falso– y de cómo se ha pensado y vivido en él hasta hace muy poco. Para que nadie diga después que no se lo contaron. Y aquí ya oigo el sonido del nombre que Blixen eligió para sus libros: Isak, ‘el que ríe’, según unos, o ‘el que Dios ríe con él’, según otros. Porque de eso también trata la vida verdadera y es la que nos cuentan estos Daguerrotipos y otros ensayos.

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