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Guadalupe Sánchez

Nostalgia roja

«En el ánimo de los progresistas occidentales subyace una innegable añoranza ideológica que desprecia el ruso»

Opinión
Nostalgia roja

Vladimir Putin.|EP

Ha sido necesario que Europa se sitúe a las puertas de una guerra con Rusia para que el tradicional bienquedante se atreva a decir aquello que muchos llevábamos sosteniendo desde hace ya bastante tiempo a riesgo cierto de ser etiquetados de negacionistas del cambio climático: tras la célebre transición ecológica, hay mucho más de geopolítica que de medio ambiente.

Quienes han venido impostando con una mayor virulencia el ecologismo son los mismos que se muestran más tibios, cuando no sumisos, ante el autócrata asentado en Moscú, con el que la izquierda verde europea comparte una evidente nostalgia por lo que la URSS supuso en términos territoriales. Cierto es que, mientras que Putin lo hace guiado por el expansionismo consustancial a su ansia de poder absoluto, en el ánimo de los progresistas occidentales subyace una innegable añoranza ideológica que desprecia el ruso.

El punto exacto en el que confluyen las aspiraciones territoriales de Putin con la morriña comunista de nuestra izquierda es en la necesaria desestabilización de la Unión Europea, espacio en el que cohabitan con otros movimientos políticos y, cómo no, con el gigante asiático chino. Hay que reconocer que ni los burócratas bruselenses ni los respectivos dirigentes patrios se lo han puesto demasiado difícil: antepusieron la ideología a la tecnología, renunciando a la energía nuclear para abrazar el mantra de las renovables a pesar de que, a día de hoy, no son prácticas ni rentables. El resultado ha sido una dependencia impepinable del gas ruso.

Ejemplo paradigmático es Alemania, que tras el tsunami en Fukushima en 2011 decidió cerrar todas sus centrales nucleares -a pesar de que no se registraron muertes por radiación- y arrojarse a los brazos de empresas relacionadas con Greenpeace que, tras denominaciones verdes, inclusivas y/o veganas, comercializan energías en las que en torno al noventa por ciento de la mezcla la conforma gas importado de Rusia. No es de extrañar que la posición de los germanos ante una eventual invasión de Ucrania por parte de las tropas de Putin sea insultantemente equidistante. Por cierto, quienes suspiran ante la idea de un ejercito europeo ya se pueden ir olvidando, porque los lazos energéticos que encadenan a algunos miembros de la UE a Moscú lo hacen inviable. Demasiados intereses contrapuestos.

Pero si hay una creación soviética que Vladimir Putin sí que ha sabido revitalizar y que en la actualidad goza de una excelente salud es la propaganda. Aquella tela de araña de favores e influencias que tejió Münzenberg en su día sobre la sociedad occidental para convencer mediante la persuasión intelectual a los incautos -y económica a los avariciosos-  está más viva que nunca. Y aunque el modus operandi es muy similar, gracias al altavoz que ha encontrado en las nuevas tecnologías, concretamente en las redes sociales, su público potencial es mucho mayor y su capacidad para infligir daño en nuestras sociedades democráticas ha aumentado exponencialmente.

El que fuera propagandista de Lenin para después pasar a serlo de Stalin, se valió del Komintern para crear una red de información que controlaba emisoras de radio, periódicos, revistas, empleaba a periodistas y fundaba clubes y organizaciones, disfrazando muchas veces la conexión para que no fuese explícita. Este savoir faire es el que han reeditado tanto Putin como los chinos con el objeto de persuadir a la clase media occidental, que les preocupa mucho más que la de sus respectivos países, a la que han silenciado y maniatado. Saben muy bien que nuestros dirigentes se mueven a base de encuestas y de índices de popularidad.

Por eso sus satélites – o portalitos de Belén, como gusta denominarlos mi estimado Carlos Herrera- tienen como misión primordial asentar un estado de opinión favorable, utilizando para ello no sólo a los políticos o a los grupos mediáticos, sino a referentes culturales e intelectuales organizados en torno a fundaciones, think tanks, etc. O incluso recurriendo al famosillo de turno si fuera menester. No sorprende leer noticias de que tal o cual organismo dependiente de una universidad aboga por limitar las libertades civiles consustanciales a los Estados de derecho democráticos para combatir el cambio climático, o que la manera en la que China está enfrentándose a la pandemia, confinando a sus ciudadanos en algo que podríamos calificar como granjas de infectados, es mucho más efectiva que la europea.

El tirano paladea el miedo y nos seduce con mentiras ataviadas de seguridad. Pero no se engañen, porque tras el «no a la guerra» que escuchan durante estos días no subyace la convicción, sino la rendición. Los europeos nos jugamos mucho más que Ucrania.

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