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Jorge Vilches

La clase política que merecemos

«Llevar a las Cortes el tema de las canciones del festival de Benidorm es ridículo»

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La clase política que merecemos

La actuación de Rigoberta Bandini en el Benidorm Fest. | RTVE

Se han pasado de rosca. Uno a veces tiene la impresión de que en menos de una década la clase política ha pasado de la lejanía que provocó el 15-M y la irrupción de la nueva política, a una campechanía que da vergüenza ajena. En su afán por parecer más «populares», salidos de la sociedad civil, imbuidos de la misión de regenerar todo de manera prístina pero sin perder las maneras comunes, han caído en la zafiedad y en la nada.

Digo esto porque llevar a las Cortes el tema de las canciones del festival de Benidorm es ridículo. No solo porque hay temas más importantes por los cuales votamos y pagamos su trabajo, sino porque merecemos que no nos traten como imbéciles. En realidad, decir esto es sostener que la clase política tiene un plan para manejarnos como idiotas, y que es más lista de lo que parece. Error. La conclusión es otra.

Nuestra clase política es un reflejo de lo que somos como sociedad. La calidad ha descendido tanto que aplaudimos a ministros que no querríamos como profesores de nuestros hijos, o que no contrataríamos para llevar las cuentas de nuestra familia, o para defendernos en un juicio de faltas.

Hablo de dirigentes que creen que la política es controlar la imagen y el relato. El ejemplo más evidente lo ha dado el Gobierno estos días. Von der Leyen envía una nota común y general sobre la gestión de los fondos, un copia y pega para todos, y el sanchismo y sus terminales lo venden como un apoyo particular y explícito al presidente. 

Esta clase política vive obsesionada con la foto y el tuit. Está tan alejada de la realidad que cree que Twitter es el reflejo fiel de la realidad, y que su círculo de amistades y conocidos es la opinión pública. Todo lo piensan para su efecto en el electorado, ni siquiera en las personas, y mucho menos a medio plazo. Es el caso de la comisión parlamentaria para investigar los abusos sexuales a menores en la Iglesia. Será un circo compuesto por anticlericales con la sentencia ya escrita, cuando en realidad es material judicial de ámbito privado.

Tocqueville hablaba del aburrimiento de la gente como factor de cambio histórico, y Cipolla de la fuerza de la estupidez humana. Vivimos entre el dogma de la corrección política, la equidistancia como falsa demostración de centrismo tolerante, la infantilización, y el hedonismo como remedio al aburrimiento. No tiene porque ser malo. Allá cada uno.

El problema es que no distinguimos la opinión del conocimiento, primamos lo emocional a lo racional, y llevamos al Gobierno a cualquiera con tal de que no gobiernen nuestros enemigos. Nosotros mismos lo hemos buscado. Por ejemplo, la solución de la ministra Ione Belarra para el problema de Ucrania es declarar a este país como no alineado. Esto es rotundamente absurdo.

La pregunta está clara: ¿somos una sociedad estúpida? Cipolla estableció cinco verificaciones muy pertinentes que cualquiera puede hacer. Primero, no tenga ya dudas si alguien relacionado con el Gobierno dice: «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado de covid», y tras morir 120.000 personas por el virus esa persona sigue en su puesto. No hay que subestimar su presencia y persistencia. Nunca.

Segundo, no coloque a todos los estúpidos en el mismo bando social o político. Están en todos los sitios. Es más; si usted piensa que los idiotas solo están en el otro bando, es muy probable que usted sea uno de ellos. Por eso, asociarse con los estúpidos, en tercer lugar, es lo más común porque es como firmar un contrato con uno mismo. Lo peor es cuando verificas la cuarta y quinta de Cipolla: el estúpido se define como el ser más peligroso porque hace daño al adversario sin obtener ganancia, aunque provoque un mal mayor. 

Llegados a este punto uno se da cuenta de que Christopher Lasch con su teoría de la rebelión de las élites contra las masas se quedó corto. Todos somos esa masa de estúpidos que cada cierto tiempo decide llevar al poder a unos personajes que son el reflejo de la sociedad que hemos construido. Me quedo con Gambescia y su liberalismo triste, su pesimismo como pilar del pensamiento liberal porque al final te das cuenta: la política es lo que ocurre mientras nuestros dirigentes sonríen a la cámara.

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