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Julio Tovar

Clarín: veneno en la pluma

«Todo el que escribía algo, bueno o malo, recurría a ‘Clarín’ en demanda de su opinión»

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Clarín: veneno en la pluma

Leopoldo Alas, Clarín. | Wikimedia Commons

En una calle de Oviedo aparecía cada día un adolescente de barba creciente, gabán menguante y ojos indomables que marchaba febril para conseguir el último número de la revista cómica El Cascabel. Estamos en esa capital somnolienta de mediados del siglo XIX, «Vetusta», dominada todavía por la aguja gótica de su catedral; ojo diabólico que vela por las almas de sus buenos parroquianos y que observa contrariado a un joven de recta moral y curvos quevedos convertirse en bufón volteriano lectura a lectura.

La publicación cascabelera del periodista Carlos Frontaura llegó a mover más de 40.000 ejemplares según la investigadora Marta Palenque en un país que veía derrumbarse poco a poco el trono de Isabel II. Es un tiempo de las conspiraciones, nutriente de la última ficción de Valle-Inclán, y también de publicaciones satíricas, dibujos prohibidos y rumores malintencionados. Una década, incluso, que vio a los hermanos Bécquer dibujar genitales priápicos en homenaje a la licenciosa vida de la soberana castiza, según los excelentes trabajos de la historiadora Isabel Burdiel.

Ese joven «Clarín», Leopoldo Alas todavía, publicaría en 1871 sus primeros textos cómicos en el diario ovetense «Juan Ruiz». El subtítulo del diario, «periódico humorístico», dice todo sobre el contenido donde un chico de apenas 16 años hace sus primeros textos bajo el influjo de la citada El Cascabel o la más tardía Gil Blas. Ese mismo año, al fin, Leopoldo Alas llega a la ciudad que le hará célebre: el Madrid de la revolución de septiembre. Viene a cursar letras en la Universidad Central, aquella dominada por los Salmerones y Castelares y que historió con finura Vicente Cacho Viu.

Recordó, mucho tiempo después, que a su llegada solo era «un pobre estudiante que venía a hacerse filósofo y literato de oficio, y a contemplar y admirar a todas las lumbreras de la ciencia, del arte y demás». ¿Cómo ganarse los cuartos en este Madrid galdosiano de gatos y bayonetas? Gracias a las revistas cómicas. Rememora «Clarín»:

«Yo, sin ir más lejos vivía en paz, inocente, dedicado al amor platónico y a la facultad de Filosofía y Letras, cuando se me ocurrió ganar unos cuantos duros al mes por medio del género intermedio, llamado satírico. En el fondo del alma me sentía, más que otra cosa, poeta reconcentrado; pero los poemas trascendentales tenía que publicarlos en revistas serias que no pagaban el género épico, ni el lírico; las sátiras, vulgo palizas, valían unas cuántas pesetas en la prensa festiva y maleante».

No, no eran buenos tiempos para lírica, no especialmente cuando el género épico, la revolución, todavía estaba en auge. Los primeros versos conocidos en la capital de «Clarín» aparecerían así un poco después de la septembrina en el periódico satírico La Unión. Era una poesía que «hacía sangre» del chaqueterismo de Sagasta:

«Hambrientos graznidos,

Terribles chillidos,

¡negra confusión!

-Decid: ¿quiénes son?

-Los sagastinos caídos,

son los cuasi-arrepentidos

de la gran revolución».

A pesar del efímero paso de «Clarín» por Gil Blas, en 1882, será en el diario El Madrid Cómico donde se consagre su venenosa daga florentina. Convirtió, así, una revista más costumbrista que política en un cañón que expulsaba balas emponzoñadas contra sus enemigos literarios y políticos. No es difícil intuir que este hombre de limpios cristales de ópalo y prosa pulcra habría de ganarse muchos enemigos. Su gran némesis, el político malagueño Antonio Cánovas del Castillo, fue la diana permanente de sus invectivas y llegó a acusarle de tráfico de influencias en la Real Academia:

«Cánovas asistió hace tiempo a celebrar la gloria de Pérez-Galdós en un banquete. Véase la sinceridad de Cánovas (…): Hay una vacante en la Academia…y Cánovas impone a su candidato el Padre Mir. Y deja a Galdós en la calle. Hay otra vacante…y recomienda al Marqués de Pidal (que ni siquiera se llama Alejandro). Y deja a Galdós en la calle (…) ¿De modo que si le hubieran invitado a celebrar en un banquete la gloria de Mir y de Pidal hubiera ido? ¡Risum teneatis! Ó sea ¡Tiene narices!»

Desde finales de esa década de los 80, «Clarín» cargó contra los «escritorcillos estilistas» y vetó los fulgores púrpuras de los jóvenes autores modernistas. El autor nacido en Zamora se convirtió, también, en el mayor de los fustigadores del patrioterismo suicida de unos prebostes alfonsinos que veían a su retórica imperial, a sus milicias, ahogarse en los pantanos de Cuba. El asesinato de Cánovas (que llegó a condenar a medias citando al «partido conservador» como un «cáncer») y el desastre del 98 dejaron al ya maduro escritor desalentado.

Toda esta vesania infinita, todos esos improperios disfrazados de elevadas y verticales metáforas, le hicieron el enemigo público número uno de casi toda la escena cultural madrileña. De hecho, un rival en prensa de El Madrid Cómico, La Escoba, definió con una divertida comparación a «Clarín» y sus rivales en los diarios:

«¿En qué se parece «Clarín» a la manigua?

En que van a él los mambises…

Luis Bonafoux, Corton, Fray Candil, etc. ».

Aún con todo, en la etapa que dirigió «El Madrid…», tuvo la valentía para juzgar con agudeza el conflicto colonial y su fatal desenlace. Lo veía como fruto de la podredumbre social del país:

«¿No podemos conquistar el mundo, ni mucho menos? Pues vamos a conquistar Castilla…Andalucía, Guerra de la reconquista…agrícola o industrial. Ahora no echaremos a los moros, echaremos a los holgazanes, a los vagos, a los rutinarios, a los que ocultan riqueza, territorio…todo es guerra»

Apenas tres años más tarde, en junio de 1901, moría «Clarín» de la gran enfermedad romántica: la tuberculosis. Perfecta ironía para castigador del orientalismo, cursilería y demás piedras preciosas que trajo Rubén Darío al castellano ibérico. El periodista hispanofrancés Luis Bonafoux, que le acusó no sin razón de «plagiar» su monumental «Regenta…» de Madame Bovary, definió su tiranía en un epitafio tan agudo como cruel:

«España debió alegrarse del homicidio de Cánovas y debe alegrarse del fallecimiento de ‘Clarín’, porque el dómine Cánovas en política y el dómine ‘Clarín’ en literatura simbolizaban una regresión histórica».

Más justo, El Madrid Cómico, reconoció en un editorial anónimo su indudable puesto de vigía en un tiempo tan turbulento como fértil para las letras hispanas:

«Todo el que escribía algo, bueno o malo, recurría a «Clarín» en demanda de su opinión; que todos, amigos y enemigos, reconocían y atacaban su autoridad y su talento. Descanse en paz el ilustre crítico».

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