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Jesús Montiel

A qué llamamos normalidad

«La normalidad de la que hablan los medios, se sabe, es puramente la económica, no más»

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A qué llamamos normalidad

Gente en la playa de la Malagueta. | Jesús Mérida (EP)

Todo el mundo anda exultante porque se dice que está volviendo la normalidad. La de antes. Que la nueva está agotándose como un juguete sin pilas y eso se percibe en que uno ve en la calle más número de rostros completos. En que las terrazas de los bares se colapsan y la gente se da dos besos o estrecha las manos al saludarse, en las plazas públicas. Los medios no se cansan de repetirlo: la antigua normalidad está volviendo, igual que un familiar que regresa del extranjero, tras una ausencia larga.

Esta Semana Santa, dijeron ayer en el telediario, recuerda a las que había antes de la pandemia, cuando los alérgicos éramos los únicos portadores de la terrible mascarilla: con una buena dosis de atascos en la autovía y muchedumbres alrededor de esculturas agonizantes. 

Pero la normalidad de la que hablan los medios, se sabe, es puramente la económica, no más. La que se traduce en las cifras que proporcionan las hordas de turistas bebedores, el consumo rápido de monumentos y la omnipresente hostelería. La normalidad en Occidente es un restaurante donde la gente pide la tercera cerveza o una playa abarrotada de cuerpos enrojecidos por los rayos solares que luego roncarán en un hotel, durante la siesta. Consumid, y lo demás se os dará por añadidura: tal parece ser el mantra.

Todo nuestro sistema se sostiene sobre el gasto. El dinero es el ADN de nuestra Europa, que se protege de las invasiones virales o de las rusas únicamente para salvaguardar su pretendido bienestar. Un bienestar donde la población, en su inmensa mayoría, padece enfermedades mentales o pone fin a su vida, pero entretanto consume. Los que nos une es el euro. La vida interior de Europa dejó de importar hace tiempo. La vida de sus ciudadanos. Lo que ocurre en cada biografía, más allá de sus ingresos y sus visitas al banco.

La nueva normalidad era en realidad la normalidad más normal de todas. Mucho más que la antigua. Cuando la muerte irrumpió diciendo eh, estoy aquí, aunque os pensabais dioses. Quiero decir que ser mortales, enfermar y morirnos es lo más natural del mundo. La guerra que asola Ucrania también es lo normal, si hojeamos los mamotretos de Historia.

Lo normal, en este mundo, es el apocalipsis. Porque al otro lado del telediario lo habitual sigue siendo nuestra ignorancia respecto al futuro más inmediato. Sobre todo nuestra impotencia. Todo volverá a ser igual que antes, aunque todos sabemos que nadie puede asegurar nada del instante que está a punto de suceder. Lo que viene nadie lo adivina, y puede ser más oscuro. Con un grado de horror más radical. La vida es tan frágil como una galleta de arroz y no sabemos nada.  

Tanto si es antigua como nueva, la normalidad más saludable, la que de verdad nos incumbe, es aquella en la que se protege la interioridad, en la que se cultiva lo que tenemos dentro y exclama cuando estamos a solas. Una respuesta al dolor, por ejemplo. O qué hacer con el duelo, durante la nevada de la tristeza. A nuestra normalidad, antigua o nueva, no le importan estas cuestiones, o se las deja a los libros de autoayuda. Y hace también, de la autoayuda, otro negocio. Lo más urgente en todas las normalidades debiera ser el amor, dotar de contenido al tiempo mientras sucede el caos por todas partes. La búsqueda de la armonía. Pero todo esto, amable lector, tendrá que averiguarlo usted, con o sin mascarilla.

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