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Julia Escobar

Santas Pascuas

«Si Jesús hubiera querido que se celebrara a su madre se lo habría dicho a sus discípulos; pudo haberles hablado perfectamente de ella, de ese supuesto papel mediador que se le ha atribuido posteriormente»

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Santas Pascuas

Procesión del Silencio en el Miércoles Santo en Cuenca. | Lola Pineda (Europa Press)

Esta semana coinciden muchas conmemoraciones: hoy viernes 15 de abril, la Semana Santa cristiana, concretamente la Pasión de Cristo (ya van 2006 años), la Pesaj, es decir, la Pascua judía (ni te cuento) y, ayer, 14 de abril, el aniversario de la proclamación de la Segunda República. No voy a extenderme sobre esto último, pero sí indicar que me hace mucha gracia ese rebrote rei(vindicativo) de un régimen que, en versión indulgente, fracasó y que tiene que ver con una nostalgia errática-errada y, desde luego extemporánea. ¡Pero qué sabrán de la II República esos mozalbetes vociferantes! La añoranza de lo desconocido es siempre sospechosa; en versión conspiratoria, parece un plan premeditado para rematar el golpe iniciado el 14M, un plan ideado por Zapatero y que sigue su marcha de manera implacable. Léanlo como quieran los simples que piensan que la república y la democracia son regímenes intrínsecamente de izquierdas… tan de izquierdas como el general de Gaulle o como Viktor Orbán.  Recuerdo que Jaime Salinas, cuando trabajábamos juntos en la elaboración de sus Memorias, me habló de sus recuerdos de aquel lejano día. Sus padres y todos los amigos que los acompañaban, salieron al balcón y se unieron al regocijo general. Y también me contó el escepticismo que se apoderó de su padre, el poeta Pedro Salinas, cuando empezaron a arder conventos e iglesias. Desde su casa veían perfectamente el humo y ya no les regocijaba tanto. En fin… Esa es la historia y no otra. Otrosí, Josep Pla, «La Segunda República. Una crónica, 1931-1936».

Pero veo que me he extendido y apenas voy a dejar nada para la Semana Santa, y desde luego santa está siendo para mí. No hace tanto en mi vida que la sigo de cerca, o si prefieren que la vivo litúrgicamente. No me refiero a las procesiones –que deben más al turismo y al folclore que a la verdadera devoción– sino a los Oficios. Para mí esas cosas son relativamente nuevas y, como estoy bien predispuesta, las he recibido con el pasmo y la infinita atención del neófito. Mi consejero espiritual es, por así decirlo, una especie de retornado al catolicismo, uno de esos que se indignan con la nueva persecución religiosa que está en la base de tantas (re)conversiones actuales, indignación que comparto. Aunque todavía me queda mucho camino por recorrer, confieso que estoy en ello y hago lo que puedo. Dicen que la fe es como el amor; no se busca, sino que se encuentra, lo malo es que, como suele ocurrir con el amor, sólo te des cuenta cuando ya se ha pasado. 

De todos modos, también leer a Paul Johnson o a Chesterton ayuda tanto o más que, bellezas aparte, la lectura de los Evangelios; será porque como aquel personaje de Luis Martín Santos de ‘Tiempo de silencio’, estoy estropeada por mi Liceo Francés. Ya sabemos que el escepticismo galo es endémico y contagioso. Gracias al abbé Mugnier, que convirtió a Huysmans y a otros escépticos recalcitrantes, sé que el clero de aquella época, eminentemente proustiana, tenía un miedo terrible a esos «retornados» de los que decían que estaban siempre poniendo pegas, y eso mismo me ocurre a mí, aunque confieso que lo que me cautiva de los Evangelios son los aspectos puramente literarios, los detalles. Por ejemplo, ¿quién es ese inquietante muchacho que en la Pasión según san Marcos sigue a Jesús cuando lo prenden? El joven va envuelto en una sábana que tiene que soltar para escapar, y resulta que está desnudo. ¿No es trágico que Lázaro, que fue resucitado de aquella manera, muriera porque Jesús le visitó en Betania seis días antes de la Pascua (San Juan, 12,1-11)?  Fue durante la famosa cena en que Marta jamás perdonaría a María, esa proto feminista jamás reivindicada, que la venciera con su oratoria.

Para no mencionar otros aspectos de gran calado como el papel de la Virgen María. ¿De dónde ha salido esa importancia si casi no se la ve en los Evangelios, una vez cumplida su misión genitora, y no en todos? Está claro que a Jesús le pasa algo con su madre, cuando repite tanto que su única familia son sus seguidores… Estas dudas me inquietaban bastante hasta que una amiga, por otra parte muy devota, me dijo compartirla, pues si Jesús hubiera querido que se celebrara a su madre se lo habría dicho a sus discípulos; pudo haberles hablado perfectamente de ella, de ese supuesto papel mediador que se le ha atribuido posteriormente; tiempo tuvo todo el que quiso, y ni resucitado se le ocurrió decirles que podían comunicarse con él a través de ella. Por algo sería. También están esas conexiones judías, tan cuidadosamente silenciadas durante siglos que, gracias sobre todo al papa Ratzinger, han empezado a salir a la luz. Y dada la coincidencia de la celebración de hoy con la Pesaj judía, estaría bien que, así como entre ellos el más pequeño de la casa pregunta: «¿Por qué esta noche es diferente a las demás?», los más pequeños de entre los nuestros preguntaran en qué se diferencian estos oficios de Semana Santa de los demás del año litúrgico.  Algunos me dicen que soy una soberbia, que en religión hay que tomarlo todo, como un paquete, pero no puedo. Es demasiado importante para mí como para ignorar los escollos. No puedo dejar de pensar en aquello que dijo Chesterton sobre la religión católica: que, a pesar de tener predicadores tan ineptos, si dura tanto, tiene que ser la verdadera. De todos modos, está claro que en este asunto de la liturgia y del rezo hay que hacer dejación de funciones, ser humilde y asumir que eso es lo que hay, así como la necesidad de que exista y de hacerlo. Aceptaré, pues, esa carga que me hará libre al fin y me someteré al bien. Sí, al bien. Es curioso, ahora, al terminar este artículo veo que no son mis dudas lo que quería reflejar cuando lo empecé, sino mis idas y venidas por el mundo de las realidades tangibles. Pero también veo que es inútil y es mejor así, para seguir siendo yo misma, en mí misma al fin, recogida y encontrada. Por mí aceptada y apta para todo servicio.

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