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José Granados

Guerra y cruz: la 'ultima ratio' de Dios

«La cruz se alza de nuevo estos días del triduo de Pascua mientras guerrean Ucrania y Rusia. No es una guerra mundial, pero sí la sombra mundial de una guerra»

Zibaldone
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Guerra y cruz: la 'ultima ratio' de Dios

Rezos por Ucrania en Polonia. | Reuters

«¡Ya estás en paz, la de la muerte, amigo!», Unamuno contempla así al Cristo de Velázquez, en sosegado equilibrio tras la agonía. Según san Pablo, el Crucificado no solo está en paz, sino que «es nuestra paz»: su cuerpo clavado hace posible que los hombres sean un solo cuerpo.

La cruz se alza de nuevo estos días del triduo de Pascua mientras guerrean Ucrania y Rusia. No es una guerra mundial, pero sí la sombra mundial de una guerra. Y si tantos años después del Calvario seguimos así, ¿qué aportó el Viernes Santo a la ciencia y al cultivo de la paz?

La primera revelación resulta paradójica: la cruz declara cuán honda está grabada la guerra en el corazón humano. Con el Cristo muerto de Velázquez contrasta el de Holbein el joven, que casi provoca en Dostoievski un ataque de epilepsia, tan bien capta el atropello del buldócer del odio sobre nuestro cuerpo. Pues Jesús fue tratado así precisamente porque era el más inocente y justo de los mortales, plenitud de lo humano por ser imagen cabal de Dios. Y si Él terminó de tan mala manera, no parecen quedar razones que puedan oponerse a la violencia. La carne triturada de Cristo muestra que la guerra está tatuada en nuestra carne, es decir, en las coordenadas raíces de la existencia, las que recibimos al nacer y que nos acomunan. Mientras que Dios proyectó su Génesis desde la «una sola carne» y desde la «carne de mi carne», en el Gólgota se termina imponiendo la «carne contra carne».

De aquí se concluye que ni buenas palabras o razones, ni buenos ejemplos, ni buenos sistemas, bastan para acabar del todo con la guerra, la cual anida en un sustrato más hondo. Es importante saberlo, pues, como ha dicho Robert Spaemann de las ideologías del siglo XX, ninguna causa ha creado más muertes que la causa por conseguir erradicar para siempre de la tierra todo conflicto armado. Lo más que cabe esperar al hombre ante la guerra, opinaba Ortega y Gasset, es que sea ultima ratio para resolver conflictos. No encontraba ironía Ortega en esta expresión, sino una llamada a vigilar para que la sinrazón de la guerra tenga un mínimo de ratio (como en la guerra defensiva ante un agresor injusto), y para que esta ratio sea última, tras haber explorado toda posible vía.

«Ante la guerra grabada en la carne del hombre, también Dios podría considerar la fuerza como su ultima ratio»

Ante la guerra grabada en la carne del hombre, también Dios podría considerar la fuerza como su ultima ratio. Así lo desearíamos a veces, que le rompiera el brazo al malvado, empleando sus cañones, «últimas razones de los reyes».

Pero ¿entonces qué? Siendo Dios omnipotente, Él se impondría, sí, sobre todo punto de vista distinto y toda voluntad opuesta, pero fracasaría también su proyecto de desplegar en la tierra la imagen y semejanza suya, llamada a acoger libremente el bien. ¿Es necesario, pues, que Dios renuncie a la fuerza, declarándose impotente ante el mal?

Otra salida se hizo posible el Viernes Santo. La misma cruz que revela el corazón violento del hombre manifiesta que Dios posee una ratio más allá de la fuerza. La última «razón del Rey» es la carne crucificada de su Hijo, que muere rezando y perdonando. Cristo, el inocente y el justo, se coloca en el lugar corporal del abandono y negación de Dios para reafirmar, precisamente allí, una lógica nueva de la carne, una carne como espacio de paz.

«Esta última ratio de Dios, clavada en la cruz, no consiste en desistir ante la fuerza, en cobardía pasiva. Se trata, más bien, de inventar una fuerza más honda que, ofreciendo el perdón al enemigo, rompa su muro de odio para convertirle en amigo»

Esta última ratio de Dios, clavada en la cruz, no consiste en desistir ante la fuerza, en cobardía pasiva. Se trata, más bien, de inventar una fuerza más honda que, ofreciendo el perdón al enemigo, rompa su muro de odio para convertirle en amigo. Dios crea así una justicia desde dentro de la injusticia, una justicia cuya obra es la paz, no solo como equilibrio de fuerzas encontradas, sino como concordia de los hombres en un mismo bien. La ultima ratio de Dios genera entonces una nueva ratio o lógica de nuestras relaciones.

¿Cómo describir esta lógica? Se encuentra en las palabras de la Última Cena de Jesús, con las que Él interpretó su cuerpo crucificado. Velázquez lo vio así, al pintar su cuerpo con blancura eucarística, «cuerpo níveo, cima de humanidad» a ojos de Unamuno.

La primera palabra eucarística agradece al Padre por el cuerpo que ha dado a Jesús, y vuelve así a inscribir en el cuerpo la relación con Dios. Si la carne es lo radicalmente recibido por el hombre, su receptividad o «pasividad originaria» (Paul Ricoeur), entonces solo desde un misterio anterior al hombre puede replasmarse la carne para erradicar de ella toda guerra. En el espacio más ajeno a Dios, cuando el cuerpo desgarrado desmiente que haya un origen y un destino que justifiquen la historia, el Hijo confía en el Padre como futuro que se sigue desplegando tras la muerte, y reinscribe así en la carne la apertura hacia Dios.

Y si en la carne se descubre un origen y un destino comunes, es posible la segunda palabra eucarística: «Mi cuerpo por vosotros, mi sangre por el perdón». Frente al «cuerpo contra cuerpo» de la guerra se pronuncia el amor hasta el extremo de Jesús, que restablece el cuerpo como lugar donde acoger al hermano y habitar juntos, el cuerpo como casa con muchas moradas.

Lo descrito en las palabras eucarísticas lo saca a la vista el crucifijo al cruzar los maderos horizontal y vertical. Esta es la figura plena del hombre, capaz de erguirse y de extender los brazos. Los cristianos primitivos veían aquí la unión de Dios y el hombre, de los pueblos de Oriente y Occidente. Es el simbolismo sencillo de los dos mandamientos que León Felipe pedía al carpintero: «los brazos en abrazo hacia la tierra, / el astil disparándose a los cielos».

«Al estar grabada en la carne relacional, la paz del cristiano no persiste solo en la interioridad intimista»

¿Y cómo de última es esta razón o lógica de Dios grabada por Cristo en la carne del hombre? ¿Qué futuro tiene la paz del Nazareno? Creer en la resurrección de Jesús, como creemos los cristianos, es creer que su paz es la ultima ratio de toda la historia. Es creer que al final, cuando seamos configurados a su cuerpo glorioso, quedará abolida definitivamente la guerra. Ahora bien, al estar grabada en la carne relacional, la paz del cristiano no persiste solo en la interioridad intimista. En el ámbito de este mundo, en la ciudad del hombre, la guerra seguirá existiendo. Pero es posible ya alimentarse del cuerpo de Cristo, y edificar así un espacio corporal, público, presente en la historia, donde mana la paz del crucificado, contrarrestando la sinrazón de las guerras.

Justino Mártir e Ireneo de Lyon vieron en la cruz, no solo una figura estática, sino un instrumento para generar la paz. Se inspiraban en el desarme que encomia Isaías: «De las espadas forjarán arados; de las lanzas, hoces». La cruz tiene forma de arado, y también de hoz. La cruz-arado purifica nuestros espacios comunes para que sean semilleros de paz. Y la hoz nos convoca a ofrecer el cuerpo para adunar a los hombres en una gavilla. Así madura ya, entre la siembra y la siega, la paz que insufló el Resucitado sobre los discípulos. Lo hizo mostrándoles sus llagas, porque, volviendo a Unamuno, «guerra de paz fue su pasión».

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