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Enrique García-Máiquez

La nostalgia es un arma cargada de futuro

«Los principios y las actitudes morales no sólo no pertenecen a ningún pasado, sino que son la solución a los problemas del presente»

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La nostalgia es un arma cargada de futuro

Una escena de 'Top Gun: Maverick'. | Warner Bros

He ido al cine a ver Top Gun: Maverick como corresponde a mi edad. La película no tiene grandes pretensiones intelectuales, como vuela a la vista. Aunque, ojo, todo producto cultural recoge las ansias y las inquietudes latentes de su tiempo, como dijo Ortega y Gasset, que, si no lo dijo, podría haberlo dicho. Y el caso es que la película protagonizada por Tom Cruise las recoge.

También recoge unas constantes eternas, que necesariamente no pueden faltar en cualquier narración épica: de La Ilíada abajo en ninguna. ¿Qué sería una epopeya sin la amistad, la rivalidad, el esfuerzo, el sacrificio, el honor y el patriotismo? ¡Cuántas banderas americanas se ven aquí y allá, en tantas esquinas de muchos fotogramas! Y cuántas vidas se salvan unos a otros poniendo en riesgo la del que no lo estaba para salvar la que sí, y a punto de perderse las dos, pero al final no por los pelos, etc. Todo eso está claro. Y valdría para un artículo con el mensaje (o advertencia) de que no se puede conseguir una emoción nítidamente heroica sin esos valores que R. R. Reno llama «dioses fuertes». Las sociedades civiles y la política, sobre todo, pueden desterrarlos, pero no la narrativa y, tampoco, los ejércitos ni las naciones.

Apuntado lo eterno, vayamos con el pulso de nuestro tiempo que toma esta película, velis nolis, y que es lo más original e interesante. Desde el principio, al capitán Pete Maverick Mitchel, se le planta ante este drama: su mundo se está agotando, no sólo porque el buen hombre va cumpliendo añitos, sino porque el futuro de la guerra son los drones. Los pilotos de combate pronto estarán obsoletos. Incluso los más escépticos con mi propósito de reflexionar sobre la película de Cruise reconocerán que aquí hay un interesante juego de espejos. Está pensada para conectar con la generación que vio la primera entrega. Bien, eso era fácil. Pero la pone, como quien no quiere la cosa, ante su propio dilema generacional. ¿Se le está escapando el mundo por la banda del progreso? Ya los malos son casi virtuales: no se sabe cuál es el país que han de atacar y los enemigos —sin rostro y de negro— son poco más que sombras.

«El profesor bueno es el que exige, no el que dora la píldora a los chavales y los manda, después, a una muerte segura»

Como si la obsolescencia cósmica fuese poco dilema, otro. Los jóvenes pilotos que ha de entrenar el capitán Maverick no dudan, para empezar a hablar, en llamarle «abu» y «viejete». Y todavía más y quizá con un involuntario sesgo simbólico: hay en esa promoción quien le culpa de cositas del pasado, como hacen los zoomers y los millennials con los boomers. La encrucijada, pues, está bastante bien dibujada. (No digo «perfectamente» porque al director o al actor o al guionista le ha faltado el golpe de muñeca de humor, que sí tuvieron con la última de Indiana Jones, de hacer algún guiño a los años de Tom Cruise. Quizá al actor no le gusten esas bromitas, pero un ligero dolor de huesos o una falta de resuello tras alguna carrera hubiese rematado el cuadro.)

Que ya está bien como está. Al final, las jóvenes generaciones reconocen la autoridad del «abu», pero no por respeto a sus canas ni siquiera a sus medallas del pasado, sino a su pericia actual, a su capacidad profesional y, ojo, a su exigencia con ellos. Este tema también trae cola: el profesor bueno es el que exige, no el que dora la píldora a los chavales y los manda, después, a una muerte segura. Esto lo valoran los alumnos (por la cuenta que les trae).

Entonces es cuando, con una maniobra de vértigo, los principios eternos de la épica y la literatura, hacen un picado, dejan pasarse de frenada a los rollos generacionales, se ponen a su cola, y pum, los derriban. Quiero decir, que la emoción, el sacrificio, el compañerismo, el compromiso y hasta el patriotismo terminan haciendo un grupo de trabajo entre aquellos a los que distanciaban el carácter, las ambiciones, los piques y, ay, la edad.

Un mensaje muy implícito de la película, pero que ahí está, es que los principios y las actitudes morales no sólo no pertenecen a ningún pasado, sino que son la solución a los problemas de un presente ya distorsionado por un futuro distópico. La melancolía sentimental está bien para los viejos coches, las motos vintage, los aviones de hélice y esas cosas que, a mí, de la edad de Cruise, pero con dolor de huesos y sin resuello, también me gustan mucho. La nostalgia por los «dioses fuertes», en cambio, no es una cuestión de gustos, sino de primera necesidad, y no solo en la aviación de combate, sino por tierra, mar y aire; incluyéndonos a nosotros, la fiel infantería de las vidas corrientes.

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