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Lorenzo Grahema

Construyendo el mito

«Pedro Sánchez construyó un laberinto para ser él mismo quien se adentrara, acabar con el minotauro y salir convertido en héroe»

Opinión
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Construyendo el mito

Los mitos son racionalizaciones a posteriori como un piano de grandes. Una vez consumados los hechos por el aspirante a héroe, se elimina lo cuestionable, se difumina lo no relevante, se potencia lo destacable y… ya está hecho. Como puso John Ford en boca de Maxwell Scott en El hombre que mató a Liberty Valance: «Esto es el Oeste: entre la historia y la leyenda, publicaré la leyenda».

En mayo de 2018, Pedro Sánchez estableció un escenario para acrecentar su mito que se iniciaba con la lucha contra la corrupción que se proyectaba en Mariano Rajoy. Tiempo después, el Pleno de la Sala de lo Penal consideró sobre el caso que justificó la moción de censura, que el magistrado De Prada «dio por sentado» varios hechos que no eran «objeto estricto de enjuiciamiento», pero Pedro Sánchez ya había aprovechado su momento y estaba en plena tracción de su leyenda de supervivencia.

No hay héroe sin dialéctica, sin conflicto evidente, así que, si el villano no existe, hay que crearlo. El presidente del Gobierno lo tenía todo a favor: una política social que abanderar, un socio de gobierno que le anclaba a la izquierda y, enfrente, el rival, la tiranía personificada en Vox y al que consideraba un paladín menor, Pablo Casado.

Como Teseo, a lo largo de estos cuatro años ha buscado la victoria en cada enfrentamiento a través del inframundo: un volcán, el COVID, el cadáver de Franco, «la guerra de Putin», la inflación, Filomena, su explotada ultra-derecha… pero, insisto, en la construcción del mito las narraciones no destacan por respetar la cronología, sino que se construyen desde la moraleja al inicio y, si la realidad no es suficiente en esa construcción, se crea.

Aquí es donde Pedro Sánchez ha querido ser, al mismo tiempo, Teseo y el rey Minos. El héroe y el constructor del laberinto. El pretendiente de Ariadna y el que encerró a Asterión. Aquí es donde Pedro Sánchez construyó un laberinto para ser él mismo quien se adentrara, acabar con el minotauro y salir convertido en héroe.

Pero las cosas no funcionaron como él esperaba. Primero quiso confrontar con las CCAA que no estaban bajo mandato socialista a causa de la pandemia, de los confinamientos y, sobre todo, de la gestión sanitaria.

En consecuencia, convirtió a Isabel Díaz Ayuso en el paradigma de todo aquello que Pedro Sánchez quería mostrar infame. Cualquier acción de la presidenta era ejemplo de lo que no se debía hacer: un mal gobierno, una mala gestión, corrupción, una preocupación social nula, fallecimientos, ocupación hospitalaria…

«Tres elecciones con sus tres dolorosas derrotas más tarde, Pedro Sánchez finalmente entiende que aquello que podría funcionar con Pablo Casado no aplica en la realidad Feijóo»

Paradójicamente, aquel que ganó la Presidencia del Gobierno con un movimiento osado, no vio venir una osadía aún mayor por la que Madrid le dio la espalda. Es más: que Pablo Iglesias apareciera a «salvar» la región desde la izquierda… no ayudó.

Ya en 2022 y a tenor de su poca implicación en la campaña andaluza, queda claro que hace ya tiempo entendió que un feudo tradicional («histórico», que dirían los artesanos del mito) caería irremisiblemente en manos del rival. No cometió la misma imprudencia que con Díaz Ayuso en Madrid y no puso a Juanma Moreno como rival directo, pero tampoco Juanma Moreno fue por la vía fácil como hiciera Alfonso Fernández Mañueco en febrero. El malagueño puso en valor su programa y dejó a criterio del votante el hartazgo sobre Pedro Sánchez. Es más: la campaña errática de Vox con Macarena Olona fuera de su marco de referencia… ayudó.

Tres elecciones con sus tres dolorosas derrotas más tarde, finalmente entiende que aquello que podría funcionar con Pablo Casado no aplica en la realidad Feijóo. Inducir el miedo a Vox no traslada el voto del centro hacia el PSOE, sino que lo lleva a los candidatos del Partido Popular. El racional «apoyar para que no necesiten apoyos» ha sido una motivación espontánea del electorado potencial de centro izquierda y esa amenaza inducida del terror no ha pasado de ser sombra difuminada que ha relegado a Vox y ha golpeado al socialismo.

La semana pasada, durante el Debate sobre el estado de la Nación, esa búsqueda del mito se ha rediseñado: el incremento en la cuantía de las becas para los mayores de 16 años es un movimiento en dos tiempos. El primero sacar provecho del anuncio de Díaz Ayuso sobre la nueva política de becas y mostrar un perfil muy del gusto socialista tradicional. El segundo, fijar el horizonte electoral a fin de 2023, cuando esos «mayores de 16» puedan acudir a las urnas y, así, maximizar las ayudas en papeletas.

Con la otra medida estrella, nuevos impuestos a las grandes corporaciones, refrescan la sed de justicia que cualquier partido de izquierdas debe enarbolar. Por último, la salida de Adriana Lastra, Dolores Delgado y las que puedan llegar de aquí a octubre, irán eliminando radicalidad y ruido en su búsqueda del centro izquierda.

Permítanme la ironía (de acuerdo… sarcasmo), pero si abundamos en mitología y la lucha de un héroe contra los dioses, recuerden la comparecencia del Presidente del Gobierno este lunes en la zona del incendio en Casas de Miravete, en Extremadura, donde culpó del fuego al cambio climático. Allí donde en los años 80 evitar los incendios era prevención, hoy parece que nos enfrentemos exclusivamente al capricho de la cohabitación entre Gaia y Hefesto y no a pirómanos, ignorantes y a una legislación más que dudosa en limpieza de monte y creación de cortafuegos.

Puede que se estén preguntando que, si lo que busca es la moderación, «¿por qué mantiene a Podemos en el Gobierno?». Pues porque sin los morados no llegaría a ese horizonte electoral ni, lo más importante, podría tener un elemento con el que contrastar políticas que hagan parecer a Pedro Sánchez centrado. Tener cerca a Yolanda Díaz mientras monta su nueva plataforma y a Ione Belarra mientras pide endurecer el Código Penal, es un activo muy potente en un momento en el que tres elecciones le han demostrado que el mito que persigue ser aún no existe y que la única forma de construirlo, insisto, es desde el final.

Porque, volviendo al clásico del western con el que abría la tribuna y a aquella dicotomía entre la historia y la leyenda, hay que añadir lo que Tom Doniphon (John Wayne) le dice a un angustiado Ranse Stoddard (James Stewart): «Hablas demasiado, […] y, además, tú no mataste a Liberty Valance».

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