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Victoria Carvajal

Progre, sí; solidario, no

Sorprende y decepciona que el Gobierno más progresista de la historia haya demostrado tan poca solidaridad con sus socios europeos más afectados por el corte de gas ruso

Opinión
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Progre, sí; solidario, no

El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, con el canciller alemán, Olaf Scholz. | EFE

El Banco Central Europeo acaba de subir medio punto los tipos de interés poniendo fin así a nueve años de una política monetaria ultra laxa que sirvió para suavizar las consecuencias de la crisis financiera desatada en 2008, que puso a los bancos al borde del colapso y, aún más importante, para compensar por los efectos de las dañinas políticas de austeridad que prolongaron la recesión. Europa aprendió la lección y frente al colapso de la demanda que produjo la pandemia reaccionó con nuevos estímulos monetarios. Pero esta vez vinieron acompañados de la aprobación de un paquete de ayudas fiscales, el fondo NexetGen, sin precedentes en los setenta años de historia de la unión: 800.000 millones de euros. Entre los 27, España recibirá 140.000 millones (el 17,5% del total), la mitad a fondo perdido. 

La salida de la crisis ha sido más accidentada de lo previsto. Primero, el colapso de la oferta fruto de los efectos de la covid-19 en las cadenas de suministro y el transporte marítimo. Una escasez incapaz de hacer frente al fuerte rebote del crecimiento. Como resultado, la inflación se disparó. Aún así, los principales bancos centrales decidieron no intervenir por miedo a frenar la recuperación, confiados en que la subida de los precios sería un fenómeno transitorio. Luego vino la invasión de Ucrania por parte de Rusia y sus efectos en los precios de la energía, los alimentos y otras materias primas. Desde entonces, las previsiones de crecimiento se han ido revisando a la baja y la inflación, que coquetea con los dos dígitos, es ya un fenómeno más estructural que temporal. 

Es quizás el escenario más complejo que debe gestionar el Banco Central Europeo desde su fundación en 1998 para poner en marcha la creación del euro. Los precios suben debido fundamentalmente al colapso de la oferta por un fenómeno externo tan impredecible como es una guerra, cuya duración en este caso se augura larga. Y debe hacer malabarismos para contener la demanda de forma que se ajuste a la oferta sin frenar en exceso un crecimiento que ya se está viendo amenazado. Por primera vez desde el confinamiento de febrero de 2021, la actividad empresarial de la eurozona descendió en julio. No será fácil encontrar el equilibrio. La autoridad monetaria europea tiene dos dificultades añadidas. Por un lado, la cercanía geográfica de Europa y su dependencia en la energética rusa la hacen especialmente vulnerable. Por otro, el BCE tiene que hacer política monetaria para 19 países. Cada uno con su particular momento en el ciclo económico, siendo España el país más rezagado a la hora de recuperar el PIB pre-pandemia, sus propias políticas fiscales, y sus respectivos desequilibrios en las cuentas públicas.

Si bien la subida de los tipos de interés aprobada por el BCE ha sido más elevada de los 0,25 puntos que esperaban los agentes económicos, en lo que se ha interpretado como una concesión a los halcones del consejo liderados por Alemania, que ya habían expresado su preocupación de que el banco central estuviera actuando demasiado tarde, su presidenta Christine Lagarde ha conseguido a cambio un inesperado compromiso de estos. Los también llamados países frugales (menos dados al gasto y más equilibrados fiscalmente) han accedido a la puesta en marcha del llamado Instrumento Protector de la Transmisión (TPI en inglés), un mecanismo destinado a proteger a los países con menos credibilidad fiscal como España, Italia o Grecia, cuyas deudas públicas se sitúan por encima del 150%, 120% y 200%, respectivamente. 

Uno de los valores fundacionales de la UE es solidaridad pero no sólo unidireccional como parecen creer algunos. Sólo así se consolidará el proyecto de unión europeo.

¿Otro gesto de solidaridad? Sí, aunque con matices. Desde que empezó a dispararse la inflación y a alejarse del objetivo del 2% que recoge el mandato de la autoridad monetaria (en junio se situó en el 8,6%), la gran preocupación de Lagarde ha sido dar con una fórmula que evitara una nueva fragmentación de los tipos de interés en la eurozona. Si su predecesor Mario Draghi supo neutralizarla con la compra masiva de bonos y su whatever it takes, la francesa quería encontrar algo que en este entorno inflacionista conjurara una nueva crisis de la deuda. La francesa sabía que el programa de compras de bonos tenía sus días contados. Así como los tipos de interés en tasas negativas. La restricción monetaria era inevitable, pero un aumento en la disparidad de los tipos de interés dentro de la eurozona complica enormemente esta política. Sus efectos serían más lesivos en los países con un diferencial más alto con respecto al habitual núcleo duro en torno a Alemania, como ya ocurrió en la anterior crisis en la que en España los intereses a 10 años superaron el 7%.  

Ya se ha visto algo de eso con las recientes subidas de las primas de riesgo con respecto a Alemania, especialmente la italiana pero también la española. El anuncio de la creación de ese mecanismo de protección llega además en un momento crítico: la dimisión del Draghi como primer ministro italiano aumenta el riesgo a que vuelvan las políticas populistas alejadas de las reformas que exige Bruselas a cambio de seguir recibiendo los fondos NextGen. Una perspectiva que sólo aumenta la presión sobre los tipos de interés a largo plazo en Italia y otros países periféricos como España, a los que los inversores mirarán con mucho más cuidado antes de comprar sus emisiones de deuda. 

El nuevo mecanismo permite al BCE comprar la deuda soberana de los países que sufran ataques especulativos “injustificados”. Un adjetivo que sin duda se presta a distintas interpretaciones. El BCE define: si un país miembro está cumpliendo con los compromisos de reforma pactados para recibir los fondos de recuperación NextGen, sus desequilibrios fiscales están en la senda de corregirse y no hay desequilibrios macroeconómicos severos, puede beneficiarse de este instrumento. En definitiva, el banco central no tolerará la especulación contra los países de la periferia e intervendrá «sin límites» para evitarlo. ¿Significa que se convierte en un prestamista de última instancia? Difícil creer que Alemania u Holanda lo acepten porque en principio va contra el propio mandato del banco central, pero es sin duda un paso en esa dirección. 

Ese sin límites me hace recordar el Sistema Monetario Europeo que precedió al euro. Un mecanismo que establecía límites en la cotización de las monedas, en una banda del 2,5% para arriba o para abajo con respecto al ecu (el predecesor del euro), pero que luego, con la salida de la libra esterlina del sistema y ante los fuertes ataques especulativos, se amplió al 15%. Las compras masivas de los bancos centrales para evitar los ataques no impidieron que la peseta se devaluara seis veces antes de incorporarse a la moneda única. ¿Tiene un carácter parecido el IPT? ¿Cualquier especulación contra los bonos de un país será frenada con las compras masivas del BCE? ¿Tiene el mismo incentivo de apuesta segura que tenía el SME? Habrá que esperar y ver.

Lo que es cierto es que la Europa surgida de la pandemia y unida contra Rusia tras la agresión a Ucrania es distinta de la que gestionó la Gran Recesión. Todo el apoyo monetario y toda la ayuda fiscal, que en la anterior estuvieron ausentes, han servido hoy de colchones fundamentales para suavizar sus consecuencias y adoptar las necesarias medidas de protección social. Por mucho que Pedro Sánchez, en su comparecencia posterior al comité federal del PSOE ayer, se pusiera todas las medallas. Y si es gracias a esa solidaridad europea que España ha podido capear la crisis, sorprende y decepciona que el Gobierno más progresista de la historia haya demostrado tan poca solidaridad con sus socios europeos más directamente afectados por el corte de suministro del gas ruso. Aún hay tiempo de corregir esta decisión y negociar con la Comisión Europea cómo repartir el coste del racionamiento energético en Europa este otoño e invierno. Uno de los valores fundacionales de la UE es solidaridad pero no sólo unidireccional como parecen creer algunos. Sólo así se consolidará el proyecto de unión europeo. Y hay mucho en juego.

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