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Miguel Ángel Quintana Paz

El liberalismo como ideología para niños burbuja

«Estamos ante un liberalismo que considera que la libertad de los demás es, sobre todo, una amenaza para la mía»

Opinión
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El liberalismo como ideología para niños burbuja

Devin M. Rumbaugh. | Getarchive

De las numerosas rarezas que nos brindó la reciente pandemia covidiana, no se halló entre las menos señaladas cierto suceso acaecido en el seno de la «intelectualidad liberal». Fue allí, en efecto, y en no pocos casos (algunos bien famosos) donde nos topamos con algunas de las defensas más ardientes de las vacunaciones obligatorias, de los confinamientos tajantes y forzosos, así como del resto de medidas coercitivas aplicadas desde el Estado a toda la población.

Estas posiciones resultan paradójicas no solo porque asignen a lo estatal un rol protagonista (algo que parecería inusual entre liberales), sino porque lo hacen para otorgarle poderes inauditos. Además, rompen un principio bioético que parecía ya bien asentado en nuestro tiempo, tanto para liberales como para el público general: que a ninguna persona puede obligársele a introducir objeto alguno en su cuerpo contra su voluntad. No digamos ya si el objeto es una sustancia, no digamos ya si es un tratamiento médico, no digamos si implica pincharte la piel.

¿Cómo es posible que hayamos llegado a tal situación, en que individuos que consideran una agresión intolerable que el Estado meta la mano en su bolsillo para cobrarles, digamos, un 0,1% más de impuestos, reputan en cambio deseable que nos ande clavando jeringuillas en nuestras venas? ¿Cómo hay liberales que se toman tan mal que los Estados vigilen los puestos fronterizos entre ellos, pero se entusiasman si sellan una frontera infranqueable en la puerta de la vivienda donde nos confinan?

Recuerdo hace un año, corría septiembre de 2021, estaba un servidor recién llegado a Madrid, cómo asistí ilusionado a la presentación de un libro liberal escrito por una autora liberal a la que acompañaban otros dos autores liberales. Tras animada charla en que se metieron mucho con Pedro Sánchez, un poquito con Trump y la «ultraderecha», y luego otro poquito más con Pedro Sánchez, llegó el turno de preguntas del público, en que dos de los tres intervinientes aludimos al elefante que rodeaba aquella sala: ¿qué pensaban aquellos destacados miembros de la intelectualidad liberal patria sobre la posibilidad que se barajaba en los medios, en la calle, en las redes sociales, de que ese Gobierno al que aquellos ponentes tanto habían acusado de autoritario nos coerciera (también) a vacunarnos, a portar tapabocas eternos, a toques de queda otra vez?

Las respuestas oscilaron entre el sonoro silencio del más veterano de los liberales en el estrado (alguien, por lo común, muy dicharachero), hasta una defensa encendida de «la Verdad de la Ciencia» (ese tipo de defensas que solo hacen quienes han leído poca epistemología de la ídem) por parte de la liberal más famosa de las allí presentes ; culminado todo ello con la intervención de la autora del libro, en que después de presentarnos unos diez o doce argumentos a favor de que el Estado nos imponga cosas, se reconocía que, bueno, en realidad tampoco es lo ideal que el Estado se te vuelva tan imperativo.

Me llevé la impresión de que venirme a Madrid iba a ser divertido: si acababa de encontrar a un buen grupo de liberales estatistas, ¿qué impedía que me topara pronto con muchos socialistas partidarios de cero impuestos? ¿O con decenas de musulmanes politeístas? ¿O con miles de heterosexuales que solo mantuvieran relaciones sexuales con miembros de su mismo sexo? La capital se prometía maravillosa.

Ahora bien, me dio asimismo por pensar que aquello era bien bizarro (me refiero ahora a lo de los liberales-pro-vacunas-obligatorias, no a un islam con muchos dioses ni a los heterosexuales de vida alegre). Y que alguna explicación habría de tener. Es entonces cuando un amigo y yo notamos que en realidad había, grosso modo, dos tipos de liberales. Y al primero de ellos le pusimos este nombre: el liberalismo de los niños burbuja.

¿Por qué lo llamamos así? Estamos ante un liberalismo que considera que la libertad de los demás es, sobre todo, una amenaza para la mía. Porque los demás tienen la funesta manía de meterse en mi vida, en mi espacio, en mis cosas. Por eso, la situación ideal para esta clase de liberales sería la de una burbuja invisible que me rodeara por completo, y que impidiera que los demás entraran en nada mío. Si quisiésemos ponernos filosóficos, localizaríamos en Thomas Hobbes el antecedente lejano de este tipo de liberalismo. Homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre), proclamaba aquel filósofo inglés; homo homini comminatio (el hombre es una amenaza para el hombre), proclama este liberalismo de hoy.

Esta forma de ver las cosas proporciona una explicación sencilla a lo que nos asombraba hace unas líneas: si tu perspectiva ante la vida es la de un niño burbuja, cuando otro individuo te contagia está sin duda penetrando de modo indebido en tu espacio. Te agrede. Su ataque, de hecho, es quizá peor que propinarte un tortazo o sajarte a impuestos. Cuando a los cuatro años, por ejemplo, contagié la varicela a mi hermana me convertí en todo un agresor suyo (aclaro que no me guarda rencor por ello, quizá porque se vengaría al curso siguiente pasándome el sarampión).

¿A quiénes recurrirán nuestros niños burbujas, desconcertados por la gran cantidad de invasiones de su espacio que se producen a diario? ¡Nuestra misma madre, ya desde el origen de nuestra vida, introdujo sangre y nutrientes suyos en nuestro cuerpo, sin haber firmado antes con nosotros contrato alguno que le concediese permiso! ¡Quizá incluso nos legó genes poco deseables! Luego nacemos en un país que no nos pregunta si queremos que sea el nuestro; nos enseñan una lengua que no hemos elegido; ¡incluso nos bautizan o circuncidan o realizan todo tipo de ritos religiosos en que no hemos aceptado participar! Es normal que estos liberales se sientan poco patriotas, o muy laxos en asuntos religiosos, o que no hablen demasiado de defender la familia: patria, religión y parientes fueron cosas que se introdujeron en su burbuja desde pequeñitos y sin su previo beneplácito.

¿A quiénes recurrirán nuestros niños burbujas ante tanta intromisión indebida, pues? Solo queda (y esto Hobbes ya lo sabía) el poder estatal. Nuestra paradoja de hace unos párrafos se disuelve. Es normal que los liberales-burbuja atribuyan al Estado poderes extraordinarios para vacunar, confinar, imponer toques de queda, limitar la movilidad o exigir cubrebocas; es la manera más eficaz de dejar a cada cual en su burbujita, que hay mucha manía de traspasar ¡incluso virus! de unos cuerpos a otros.

Ahora bien, resulta iluminador analizar la manera de entender al ser humano que hay detrás de este liberalismo.

En primer lugar, estamos ante una antropología que prescinde de un dato evidente tanto para los biólogos como para el poeta Jesús Lizano:

Yo veo mamíferos.

Mamíferos con nombres extrañísimos.

Han olvidado que son mamíferos

y se creen obispos, fontaneros,

lecheros, diputados. ¿Diputados?

Yo veo mamíferos.

Policías, médicos, conserjes,

profesores, sastres, cantautores.

¿Cantautores?

Yo veo mamíferos…

Alcaldes, camareros, oficinistas, aparejadores

¡Aparejadores!

¡Cómo puede creerse aparejador un mamífero!

Miembros, sí, miembros, se creen miembros

del comité central, del colegio oficial de médicos…

Académicos, reyes, coroneles.

Yo veo mamíferos.

«En el niño burbuja liberal predomina una emoción ante sus congéneres: la desconfianza»

Que seamos mamíferos tiene consecuencias curiosas. No está entre las menores que resulte inevitable que nos toquemos, que nos relacionemos, que nos molestemos. Siendo mamíferos, se explica también esa tendencia que tenemos los humanos de andar en grupos, ese hábito que al liberal-burbuja tanto asombra y que denigra a menudo como «tribalismo» o «colectivismo». Para nuestro niño burbujil solo deberíamos pertenecer a grupos en los que se pudiera salir y entrar fácilmente, en que bastase levantar el dedito desde dentro de tu burbuja para crear otro país independiente, por ejemplo. Los biólogos, por el contrario, afirman que en realidad los mamíferos suelen tener costumbres menos contractualistas, menos sofisticadas.

Otra consecuencia de este modo de contemplar a los humanos es que en el niño burbuja liberal predomina una emoción ante sus congéneres: la desconfianza. ¡Cómo no vas a sentirte desconfiado, si cualquiera puede pinchar tu burbuja queriendo o sin querer!

Estamos así ante un liberal que aborrece los impuestos (no se fía de nada que se pueda hacer con ellos), aunque luego confíe en el Estado contundente para proteger su burbuja (y andar vacunando a la fuerza a todo quisque por ahí). Estamos ante un liberal que no se pone en las manos de nadie con quien no haya firmado antes un contrato, pero luego mete a cualquier sospechoso de contagio, sin contratos farragosos de por medio, en hoteles o campos de confinamiento, solo porque dio positivo en alguna prueba (también obligatoria) de detección. 

Nuestro niño burbuja ha de lidiar con estas y muchas más contradicciones; pero como tiene mucho tiempo libre solito en su cápsula, protegido, le da para redactar alambicadas justificaciones de su actitud. ¡Son tan meticulosas las argumentaciones de nuestros niños burbuja! Confieso que a veces me gustaría a mí mismo meterme en una de ellas. Aunque sé que acabaría por echaros de menos a vosotros, mis queridos mamíferos lectores.

¿Es este el único tipo de liberalismo que existe? Naturalmente que no. Abres el diccionario, buscas el vocablo «liberal», y la primera acepción con que te topas es esta: «Generoso o que obra con liberalidad». Buscas de nuevo esta última palabra y se define como aquella «virtud moral que consiste en distribuir alguien generosamente sus bienes sin esperar recompensa». Andamos lejos del crío desconfiado inserto en su burbujita. Parece que hay también un liberalismo que se centra en ser generoso; en tolerar, por ejemplo, que haya opiniones discrepantes de la tuya en la esfera pública, y abrirse al diálogo con ellas. Parece que nos alejamos a buen paso de Hobbes.

Queda escaso espacio aquí para explicar este otro liberalismo, aunque convenga no olvidarlo. Abres las Centellas ignacianas del jesuita Gabriel Hevenesi y te lo repite varias veces: «Dios es liberal». Está pensando en lo mismo que Aristóteles o Nietzsche atribuirían a los que tienen un alma grande: hablamos de magnanimidad. Ninguno de los tres imaginaría que Dios colgase pósteres de Margaret Thatcher en el cielo, sino solo en que hay otra forma de ser liberal. 

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