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Javier Benegas

Evitar el apocalipsis

«Más allá de otros turbios intereses, lo cierto es que la ‘emergencia climática’ es en esencia una imposición de carácter ideológico, casi diría religioso»

Opinión
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Evitar el apocalipsis

Manifestación a favor de la lucha contra el cambio climático en Nueva York. | Europa Press

El calentamiento global, nos dicen los expertos, es real, está aquí y es extraordinariamente peligroso. Su gravedad dependerá de la rapidez y contundencia con que los países más derrochadores controlen sus emisiones. Por lo tanto, evitar la catástrofe requiere recortes drásticos. Estos recortes pueden hacerse de manera más o menos justa, así que los más ricos deberían pagar más, pero lo crucial es que se hagan. Porque, ante todo, frenar el cambio climático es renunciar al crecimiento.

Evidentemente, añaden, esto no será fácil. Nuestro nivel de vida caerá de manera notable. Es más, los ideales del Estado social occidental también se verán mermados. Sin embargo, no debemos sucumbir al vértigo. Sencillamente ese es el precio que debemos pagar quienes vivimos en países ricos. Porque por muy difícil que sea renunciar al crecimiento económico, que Pakistán se sumerja bajo las aguas no puede ser una alternativa. Así pues, no queda otra que actuar. Solo va a doler.

Este es el discurso que desde hace décadas se está proyectando desde las instancias aparentemente más pragmáticas del movimiento ecologista, pero también desde otras que han devenido en una suerte de organizaciones espirituales destinadas a evangelizar el mundo, a difundir la creencia de que los humanos hemos desborrado los límites del entorno natural. Y que, si queremos evitar el apocalipsis, estamos obligados a desandar gran parte de ese camino que, hasta hoy, llamábamos progreso. 

El surgimiento de este credo está relacionado con la publicación, en 1968, del libro The Population Bomb, de Paul Ehrlich, donde este biólogo profetizaba el colapso de la civilización, si la humanidad no lograba reducir drásticamente su tasa de natalidad. Al contrario que muchos otros profetas, Ehrlich predicó con el ejemplo: se hizo una vasectomía. Pero también abogó por medidas extremas, como la esterilización obligatoria y la prohibición del automóvil, incluso propuso crear un impuesto especial para las cunas. A nivel internacional, defendió la idea del «triaje», que consistía en ayudar a los países que todavía estaban a tiempo de contener su natalidad, y descartar a aquellos, como India, que estaban ya fuera de control. A estos últimos había que dejarlos colapsar para que la reducción de su población de produjera por «causas naturales». 

En realidad, el mensaje de Ehrlich no era ni mucho menos original. Antes que él, otros habían esgrimido la misma idea. Ehrlich, si acaso, era un exponente más de la larga tradición de profetas del apocalipsis, que se inicia en el siglo XIX y cuyo denominador común es entender el progreso y el crecimiento no como una bendición sino como una amenaza existencial. 

Pero el destino quiso ser generoso con Ehrlich. Así, una serie de accidentes medioambientales, acaecidos a finales de los 60, y la crisis del petróleo de los 70 le proporcionaron un inesperado protagonismo. Ehrlich fue invitado más de veinte veces al popular programa Tonight Show, apareció doscientas veces en otros programas de radio y televisión, firmó artículos para Penthouse y Playboy y, en tan solo un año, pronunció cien conferencias, convirtiéndose así en un personaje omnipresente, y su idea de que la humanidad estaba desbordando los límites de la naturaleza acabó incorporándose al acervo común.

Resulta llamativa la popularidad alcanzada por Ehrlich, pero más sorprendente fue la rapidez con que los políticos de uno y otro signo asumieron el discurso ambientalista de los límites de la naturaleza. Como muestra de esta veloz sumisión, el primer acto presidencial de la década de 1970 del mismísimo presidente republicano Richard Nixon fue firmar la Ley de Política Ambiental Nacional. Nixon declaró solemnemente para la ocasión: «Es el momento de que Estados Unidos pague su deuda con el pasado reclamando la pureza de su aire, su agua y nuestro entorno vital […] Es literalmente ahora o nunca». Después de la solemnidad de Nixon llegaría la abnegación del presidente Jimi Carter que, en su toma de posesión, sentenció: «‘Más’ no significa necesariamente ‘mejor'». Y, a renglón seguido, bajó la calefacción de la Casa Blanca y la llenó de paneles solares. 

Hoy sabemos que la creencia de que el crecimiento demográfico superaría rápidamente los recursos naturales disponibles resultó estar completamente equivocada. Ehrlich no tuvo en cuenta la disminución de las tasas de natalidad, subestimó la capacidad de los mercados para obtener nuevos recursos e ignoró que el desarrollo tecnológico iba a permitir ser mucho más eficientes a la hora de aprovecharlos. Las sociedades industrializadas demostraron ser mucho más resistentes y adaptables de lo que Ehrlich previó. 

«La forma más infalible de echar abajo a estas bestias negras del capitalismo es convirtiendo la energía en un bien escaso e imposiblemente caro»

Sin embargo, la idea del desbordamiento de los límites de la naturaleza no desapareció, sencillamente se transfiguró. Según sus nuevos profetas, el apocalipsis no vendrá ya de la mano del incremento de la natalidad sino del incremento de la temperatura global. Un vaticinio que, de nuevo, los políticos han asumido con gran celeridad y solemnidad, dejando la abnegación a expensas del común. Ya saben: «No tendrás nada y serás feliz». 

Es verdad que existe un consenso científico respecto de que la temperatura global está aumentando. Sin embargo, tal consenso desaparece cuando se afirma que este incremento nos abocará a la catástrofe. Son muchas y muy cualificadas las voces que no ven en este aumento el fin del mundo, mucho menos el inminente apocalipsis con el que se ha justificado la imposición de una transición energética disparatada, en los plazos y en las magnitudes, que nos ha abocado a una emergencia verdadera: la escasez energética. 

Incluso ahora, que vamos a afrontar un invierno dramático por culpa de una crisis energética perfectamente evitable, y que numerosos países podrían desestabilizarse por el creciente descontento social, prevalece una fuerte resistencia a la energía más limpia y eficiente de todas: la energía nuclear. ¿Por qué? ¿Acaso el objetivo fundamental no es reducir el nivel de emisiones de CO2 y frenar el calentamiento global? 

Más allá de otros turbios intereses, que sin duda también los hay, lo cierto es que la «emergencia climática» es en esencia una imposición de carácter ideológico, casi diría religioso. Así lo desvela la periodista Naomi Klein —una activista de izquierdas devenida en ecologista—. El ‘momento climático’, reconoce Klein, ofrece una narrativa mucho más amplia y ambiciosa en la que todo, desde la lucha por la dignidad laboral hasta la justicia para los inmigrantes y las reparaciones por errores históricos como la esclavitud, el racismo y el colonialismo, puede convertirse en parte del gran proyecto de transformación social. La acción climática, añade Klein, no solo es necesaria para detener el calentamiento global, sino que promete «un futuro mucho más emocionante que cualquier otra cosa que se ofrezca en la actualidad».

Esto significa —no ya para Klein, sino para la izquierda en general— que la ‘justicia climática’, la justicia social y la igualdad global son luchas vinculadas contra un enemigo común: «el capitalismo hiperglobalizado». En consecuencia, el objetivo no se limitaría a frenar el calentamiento global; consistiría en transformar la sociedad por completo, y conseguir todo lo que los izquierdistas han estado demandando durante décadas. Por lo tanto, la emergencia climática hay que entenderla como una gran oportunidad para acabar con la sociedad capitalista. Sospechosamente, de esta quema se salvan las grandes corporaciones tecnológicas. De hecho, estas multinacionales parecen haberse convertido en aliados extraordinariamente valiosos a la hora de evangelizar al común y encorsetar a la opinión pública. Es más, allí donde estos gigantes se establecen y se vuelven dominantes, la industria analógica tiende a desaparecer. 

El enemigo a batir es, pues, la industria analógica, con las compañías petroleras y gasísticas a la cabeza, por supuesto, pero inmediatamente detrás están las factorías de todo tipo, sean de automóviles, electrodomésticos, metalúrgicas, textiles, alimentarias, agrícolas o ganaderas. La forma más infalible de echar abajo a estas bestias negras del capitalismo es convirtiendo la energía en un bien escaso e imposiblemente caro. Esto da sentido a la consigna de que «la mejor energía es la que no se consume», no la más limpia. Porque, para la izquierda, la disponibilidad de una energía limpia y abundante, como la nuclear, arruinaría sus planes de transformación total.

La idea de que la revolución tecnológica, con las grandes corporaciones tecnológicas a la cabeza, como Google, Facebook y el metaverso al completo, han convertido en obsoleta a la industria analógica, es bastante más que peligrosa. Es verdad que cuesta imaginar el caos que la caída de muchos de estos servicios podría ocasionar, pero más terrible sería imaginar lo que sucedería si, por ejemplo, no ya la calefacción, el agua sanitaria o la refrigeración, sino los sistemas de depuración y suministro de agua dejaran de funcionar. Es decir, que abriéramos el grifo y no fluyera el agua. O que los sistemas de salud no pudieran operar con normalidad por la escasez de máquinas y consumibles derivados del petróleo. O que los supermercados estuvieran cada vez más desabastecidos, por cierre de granjas y factorías y empresas de transporte. Sin duda acarrearía graves molestias que WhatsApp, Twitter o muchos servicios de Google o Alexa dejaran de funcionar, pero no es equiparable al problema que supone llevar al borde de la desaparición a la industria analógica, porque de esta última dependemos mucho más de lo que se está dispuesto a reconocer. 

Para finalizar, la pregunta que quedaría por responder es por qué la izquierda moderada, o sea, la socialdemocracia, encarnada en las élites de Bruselas, ha compartido durante tanto tiempo la hoja de ruta de la izquierda ecologista más radical, hasta colocarnos en una situación imposible. Puede que haya sido por simple corrupción, por prolongar su posición de dominio a cualquier precio o porque la izquierda moderada, a fin de cuentas, comparte el mismo poso ideológico que la radical. 

Aunque bien pensado, en realidad, esta sería la penúltima pregunta. La última, la del millón, sería por qué la derecha ha consentido este despropósito. Y por qué, aún hoy, apenas se atreve a levantar la voz.

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