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Pilar Marcos

Pactar con los carteristas la rebaja de su condena

«Todo da igual en el metaverso de Pedro Sánchez. Todo, salvo lo único importante: apalancarse en el poder»

Opinión
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Pactar con los carteristas la rebaja de su condena

¿En qué país de ‘nunca jamás’ se vería con normalidad que el Gobierno pacte con los delincuentes la rebaja de su condena por un delito cometido y que anuncian recurrente? ¿Sería posible pactar con -digamos- un sindicato de carteristas, la tipificación del hurto y sus penas? Por aterrizar un poco, ¿a qué Gobierno con un mínimo de afecto por el país que tiene la responsabilidad de dirigir se le ocurriría pactar con golpistas del ho tornarem a fer la rebaja de las condenas por delitos cometidos y sorprendentemente indultados? 

La respuesta es fácil: al Gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón. El motivo, evidente: son esos ‘carteristas’ -y algunos otros- quienes le garantizan su permanencia en el Gobierno. Por ejemplo, los números parlamentarios para aprobar los Presupuestos no salen si se incumplen dos condiciones de las que es mejor no hablar: Presos por Presupuestos, con Bildu, y Sedición por Presupuestos, con ERC. Tampoco hace falta explicitarlo mucho, pero en ocasiones conviene dejarlo caer, como quien tiene un lapsus a lo María Jesús Montero en la tribuna del Congreso. 

Podría haber sido suficiente con la ‘exclusiva’ adelantada el lunes al diario El País bajo el título: «El Gobierno se abre a reducir a la mitad la pena por sedición». Y el subtítulo: «ERC, cuyo voto es imprescindible, avisa de que no se conformará con una reforma menor». Podría haber sido suficiente, pero no lo fue. ¿Por qué? 

La explicación más sencilla pone el foco en Esquerra. Su voto es «imprescindible» para aprobar los Presupuestos; es decir, para que Sánchez pueda extender tranquilamente su mandato hasta el final de 2023. Y la primera condición que debe cumplir una reforma para no ser «menor» es que se explicite y moleste a quienes tiene que molestar. Es decir, a esos derechistas que, como Pedro Sánchez en la primavera de 2018, consideran que el golpe a la democracia protagonizado por los hoy imprescindibles socios del presidente del Gobierno fue más que una sedición. 

¿Recuerdan las palabras de Sánchez a Susana Griso en una entrevista en Antena 3 antes de su moción de censura?: «Lo que se produjo el 6 y 7 de septiembre [de 2017] en el Parlamento de Cataluña se puede entender como un delito de rebelión», mantuvo Sánchez antes de que su Frankenstein le hiciera presidente con su moción. La periodista, amablemente, le inquirió: «¿Lo entiende vd como un delito de rebelión?». Respuesta: «Yo creo que, lógicamente, lo es». 

El Supremo juzgó y concluyó que no fue rebelión, sino sedición agravada con malversación. Y hoy, en el país de ‘nunca jamás’ gobernado por Sánchez, toca rebajar la condena por sedición. ¿Qué mejor incentivo para allanar el camino a los que amenazan con su ho tornarem a fer, en cuanto cambien las tornas en el Gobierno de España?

A la sencilla explicación que apunta a ERC se une otra, al menos complementaria, que pone todo el foco en su principal protagonista: el presidente Sánchez. Se dice, y está acreditado, que es capaz de defender una cosa y su contraria. Por eso puede mentir a diestro y siniestro sin inmutarse. Se dice, y está acreditado, que su proyecto político contempla únicamente el poder por el poder. Por eso puede vestirse de socialdemócrata españolista o de radical izquierdista confederal sin que se le mueva una pestaña. Se dice, y está acreditado, que es un mago apalancando su debilidad para exhibirla como fortaleza. Y esto último es clave. 

«Sánchez dirige toda su munición contra los puntos más fuertes de su contrincante: contra aquello en lo que se le supone imbatible»

Con la misma cara de cemento con la que esta semana se presentó ante el presidente de Kenia contándole que él, como «líder mundial», se había dignado a visitar Senegal (sic), y contestó con unas risas cuando su anfitrión le recordó que estaban en Kenia, Pedro Sánchez puede reclamar a Alberto Núñez Feijóo que cumpla la Constitución que él lleva retorciendo (en letra y espíritu) desde la moción de censura. 

Que Nairobi diste 8.300 kilómetros de Dakar, que les separen tres horas de huso horario y al menos 15 horas en vuelo comercial, que los keniatas miren al Índico y los senegaleses al Atlántico, que unos hablen inglés, además de suajili, y los otros sean francófonos, que Kenia triplique la extensión y población de Senegal, que… De oriente a occidente, da igual. A nuestro líder le da lo mismo citar, con impostada declamación, el inicio de la Triste Historia de Gil de Biedma atribuyéndosela a Blas de Otero, y apropiarse, como si a él se le acabara de ocurrir y mal verbalizada, la conclusión de Gil de Biedma: «Pido que España expulse a esos demonios. Que sea el hombre el dueño de su historia».

Porque todo da igual en su metaverso. Todo, salvo lo único importante: apalancarse en el poder. Y ese apalancamiento le exige destruir, de todas las maneras posibles, a cualquier adversario que ponga en riesgo su permanencia. Por eso está volcado en dinamitar el prestigio y la credibilidad del líder popular. 

Que Feijóo es un entusiasta de los pactos del bipartidismo: se le pone imposible alcanzar ningún pacto. Que es un true believer de los logros de la Transición y de la defensa de la Constitución: se dice y se repite que incumple la Constitución. ¡Han llegado a llamarse insumiso y mal patriota! Que está sinceramente preocupado por la gestión de la cosa pública y por cómo recuperar una economía cada día más deteriorada: se dice que no tiene ni idea de nada. «No está preparado para gobernar», repiten. Que escucha a todos los que, en algún momento, han tenido responsabilidades públicas y le trasladan su criterio, e intenta incorporarles ampliando sus equipos partidarios: se repite la matraca de que no tiene equipo. Que reclama informes sobre todas las cuestiones, y se los estudia como buen opositor: se concluye que no tiene proyecto…

¿Y todo eso cala? La insistencia pretende sembrar la duda. Y hay un factor diferencial en la metodología de Sánchez que conviene tener en cuenta. Lo habitual, cuando alguien quiere minar a su oponente, es buscar -y atacar- sus puntos débiles. Ésa es la estrategia de la erosión. Él no. Sánchez dirige toda su munición contra los puntos más fuertes de su contrincante: contra aquello en lo que se le supone imbatible. Que Feijóo tiene acreditado prestigio de buen gestor, fiable, pactista, serio, cordial, trabajador, responsable... Pues todo eso es lo que recibirá un ataque sistemático de la izquierda porque es lo que Sánchez ha decidido derribar, consciente de que si rompe esas vigas maestras logrará que colapse su liderazgo en el PP. 

En eso estamos. Y, en el entretanto, vamos pactando con los carteristas la rebaja de su condena: Ho tornarem a fer.

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