THE OBJECTIVE
José Rosiñol

Vox y el fantasma republicano

«Para el populismo es fundamental crear confusión con debates innecesarios para estimular a las huestes propias: uno podría ser el de monarquía-república»

Opinión
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Vox y el fantasma republicano

Carlos Flores, en el centro de la imagen, candidato de Vox en Valencia. | Europa Press

La izquierda extrema y la extrema izquierda parecen vivir en un sin vivir constante, ven fantasmas por todos lados, sobre todo espectros fantasmagóricos fascistoides. Esta especie de síndrome pareidólico les genera un estado de estrés constante y una sensación mesiánica que sería digna de un estudio antropológico. Naturalmente, todo esto está dirigido para lograr introducir un estado de excepcionalidad constante en la sique de buena parte de la población. Sus líderes saben que mienten, pero la mentira ha sido siempre, y sigue siendo, la principal herramienta del populismo para manipular a la población. Mucho antes del neolenguaje de moda, mucho antes de las fakes news, la posverdad o la desinformación, ya existían narrativas que generaban confusión, insuflaban inestabilidad y buscaban la polarización.

Nada nuevo bajo el sol, solo recordar a nuestro interino presidente, campeón del camuflaje y de la impostura. Para él, España se enfrenta a la derecha extrema y a la extrema derecha, España necesita un salvador frente al fascismo, frente a las huestes antidemocráticas, frente al abismo. Solo como comentario general y como sucinta digresión, grave error estratégico el del presidente, ese relato le sitúa en el rincón del cuadrilátero sociopolítico, aquél que solo ofrece café a los cafeteros muy izquierdistas, aquél dónde se consiguen aplausos y vítores, pero dónde se pierden elecciones. Pero no le saquemos de su error. Volviendo al hilo del artículo, los populistas han tardado muy poco -son buenos en la reacción y tienen muchos medios- en cuanto se ha llegado al acuerdo en Valencia, han salido en tropel contra el pacto del PP con la extrema derecha.

Curiosa necesidad tiene esta nuestra sociedad de etiquetar a todo aquél con el que no estés de acuerdo. Esta izquierda extrema y esta extrema izquierda, de forma instrumental y, a veces, por convencimiento, siempre etiqueta, siempre señala, siempre estigmatiza. Es lo que tiene vivir con esa especie de autoimagen de ser depositario de una especie de superioridad moral teleológica, de pertenecer a una vanguardia que debe enseñar, guiar y tutelar al rebaño de una sociedad en permanente estado de infantilidad. Y en esto, llegó Vox, el paradigma de todos los males, una especie de contubernio que condensa todo lo malvado de la historia, son el enemigo del pueblo, de los desheredados, de las Tullerías, heredera de los peores movimientos políticos de nuestra historia.

«La realidad que nada tiene que ver con lo que nos quieren hacer creer los hechiceros sociológicos del populismo»

Sin embargo, si hacemos un ejercicio de algo tan impensable hoy día como es utilizar el racionalismo en el debate político, creo que nos daríamos de bruces con la realidad, realidad que nada tiene que ver con lo que nos quieren hacer creer los hechiceros sociológicos del populismo. Empecemos por despejar la niebla de guerra con algunas preguntas: ¿Vox apoya o apoyó a algún movimiento terrorista? La respuesta es no, ¿Vox colaboró, impulsó o hizo un golpe de Estado contra nuestro país?: No, ¿Vox tiene en su programa acabar con la monarquía?: No, ¿Vox defiende el orden constitucional? Sí. Si hiciésemos esas mismas preguntas a todos los que han acompañado en el viaje al populismo iniciado por el inefable ZP, todos ellos saldrían retratados en un test de democracia básico. Vox tiene su ideario, su programa político, su visión de nuestro país y su concepción de la moral. Esto en democracia, hará que muchos no se sientan identificados y, por tanto, no les voten, nada más y nada menos que eso.

Pero, como decía más arriba, lo fundamental para el populismo, para la izquierda extrema y la extrema izquierda, es crear confusión, desinformar, señalar, cosificar, divertir a la población. Entretener al ciudadano quitando el foco de lo importante, creando falaces narrativas, impulsando debates innecesarios y teledirigidos para estimular a las huestes propias y generar el máximo ruido posible. Uno de estos debates podría ser el de monarquía-república. Por supuesto, Sánchez y sus correligionarios de partido, saben que les conviene este debate, pero, sobre todo, saben que ellos no pueden impulsarlo porque incidiría aún más en su ya muy dañada imagen pública. ¿Cómo hacerlo entonces? Es muy fácil, que alguien lo haga por ti, aparece una fuerza política minoritaria con ciertos tintes de mesianismo, le pones a disposición tus medios de comunicación y listo. Imagino que ya habrán adivinado en quién estoy pensando, pero como no quiero ser copartícipe de este tipo de operacioncitas…pues eso, a buen entendedor pocas palabras bastan.

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