THE OBJECTIVE
Antonio Elorza

Jorge Semprún: la reconciliación nacional

«Semprún ya anunciaba en 1956 que la democracia solo se lograría si el pluralismo de ideas derribaba para siempre el ‘telón de acero’ levantado por la guerra civil»

Opinión
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Jorge Semprún: la reconciliación nacional

Jorge Semprún (centro), en una imagen de archivo. | Europa Press

«A partir de 1950-1951 comienzo a trabajar en cuestiones intelectuales relacionadas con el interior», «en mayo de 1953 como instructor del P. en el interior del país, en relación con los intelectuales y estudiantes»; «desde julio de 1955, trabajo permanentemente en Madrid» (autobiografía de 1956 hasta diciembre de 1962).

El centenario del nacimiento de Jorge Semprún ha dado lugar a una sucesión de publicaciones y reportajes conmemorativos que en su mayoría han proporcionado a los españoles una información suficiente y además atractiva, sobre uno de los personajes provistos de un bagaje vital sin comparación en el siglo. Fue sucesivamente: retoño de una familia ilustrada, que además tenía como patriarca a Antonio Maura; expatriado en su adolescencia por la guerra civil, breve pero brillante estudiante en París, luchador capturado de la Resistencia francesa, sobreviviente a la deportación al campo nazi de Buchenwald, militante comunista en el PCF y en el PCE, organizador en España del PCE clandestino durante casi una década, escritor premiado con El largo viaje, expulsado con Fernando Claudín tras una polémica interna decisiva en la vida del partido, guionista de éxito desde una izquierda crítica, polemista que arruina el mito del PCE y de Carrillo en su Autobiografía, autor de novelas de prestigio en Francia, y para culminar la trayectoria, ministro de Cultura con Felipe González. Epílogo: regreso a Francia y recapitulación en La escritura o la vida.

Son muchos episodios que, sin embargo, pueden ser unidos por medio de un hilo conductor, presente en la mayoría de las aproximaciones biográficas, y que nos permite ver en Jorge Semprún un espejo del siglo. Lo es, tanto por su participación activa en sus momentos decisivos, como por la lucidez de su mirada al convertirlos en materia de sus relatos, sean estos novelas, guiones o entrevistas.

Además, como creador, Semprún aporta otra dimensión, la marca de fábrica de su estilo: una constante recreación de su memoria, que de un lado proporciona unas reflexiones más complejas en torno a los momentos cruciales, y de otro sirve de indicador semioculto a sus propios cambios ideológicos. El lector es invitado a perseguir estas mutaciones o a quedar atrapado en el laberinto de una obra que por su continuidad puede ser descrita como «un libro interminable». La denominación pertenece al libro de la profesora Marta Ruiz Galbete, Jorge Semprún. La mémoire de toutes pièces (París, 2016), una espléndida guía para adentrarse en esa característica del autor de La guerre est finie.

«Entre 1953 y 1962, consigue crear un incipiente tejido democrático más allá de la supervivencia y la cárcel para los comunistas»

Mencionamos La guerre est finie, la película con Alain Resnais como director, que representa en 1965 un doble punto de inflexión. Primero, de la experiencia como dirigente del PCE, cerrada por su expulsión, para pasar a guionista cinematográfico, y, segundo, el paso de la centralidad de la política de España, que hasta entonces le ha absorbido por completo, a un horizonte más amplio, inicialmente ligado a la matriz comunista, sobre todo en La confesión. Prólogo de ampliaciones posteriores.

De la supervivencia a la creación

La importancia de este viraje, con la expulsión de 1964-65 a modo de acontecimiento determinante, ha dejado en la sombra un largo y apasionante capítulo de la vida de Jorge Semprún: su labor como dirigente comunista clandestino que entre 1953 y 1962, con excepcionales habilidad e imaginación, consigue lo que en principio parecía imposible: crear un incipiente tejido democrático más allá de lo que era un juego pendular entre la supervivencia y la cárcel para los militantes comunistas. Vale la pena recordarlo.

De esta labor de Semprún, quedan muestras en el Archivo del PCE, sobre todo de sus entrevistas con personalidades de la cultura y con jóvenes universitarios. Surge de ahí la perspectiva de poner en marcha una movilización estudiantil en torno a objetivos aparentemente culturales, pero de inequívoco carácter democrático. Un primer hito es la reunión del propio Semprún, en el bulevar Saint-Germain de París, con Santiago Carrillo y con Enrique Múgica Herzog, de donde surge la idea de convocar un Congreso de Escritores Jóvenes. En meses sucesivos, tras una primera movilización aprovechando el entierro de José Ortega y Gasset, la meta consistirá en reunir un Congreso de estudiantes. En su gestación aparecen los nombres del propio Múgica, de Javier Pradera, de Ramón Tamames, y en su desarrollo participarán jóvenes alejados de la izquierda, casos de Gabriel Elorriaga y de Ruiz Gallardón. Los sucesos universitarios de febrero de 1956 fueron el resultado de esa preparación, que por vez primera enfrentó a las minorías activas de la Universidad con el régimen.

«Su diagnóstico no consiste en las habituales generalizaciones triunfalistas, sino en una vocación de comunicar una situación real»

La innovación política que suponía el enfoque de Semprún queda ya de manifiesto en el artículo publicado en Mundo Obrero, de enero de 1956, bajo la firma de Federico Sánchez, y con el anodino título de Responsabilidad y tareas de los estudiantes comunistas. A primera vista, se trata de una aplicación rutinaria al tema universitario de la consigna de Frente Nacional Antifascista, aprobada en el V Congreso del Partido.  Una lectura más atenta permite, sin embargo, distinguir una serie de matices por debajo de la lengua de palo en la superficie. Para empezar, el diagnóstico de la situación no consiste en las habituales generalizaciones triunfalistas, sino por una vocación de comunicar una situación real. No tenemos delante universitarios que de modo creciente se incorporan a la lucha antifranquista, validando la consigna del frente que llama a las organizaciones a unirse al PCE, sino «diversos grupos» que «van perfilándose, por encima de divergencias ideológicas, de confusiones», cuyas insuficiencias son debidas a «la falta de libertad para el intercambio de ideas y la discusión».

El discurso se sitúa así dentro de un espacio estrictamente democrático, no sólo porque la democracia sea la finalidad perseguida por los antifranquistas, sino porque el debate plural constituye la esencia de la libertad. Por supuesto, la libertad es la meta, y en este punto la situación descrita nada tiene de triunfalista sobre el presente, si bien anuncia un futuro mejor «a medida que sectores cada vez más amplios de la sociedad española vayan rompiendo con la pasividad y pasen a utilizar todas las posibilidades de acción que ya existen de forma objetiva». La visión de Semprún es dialéctica. Al paso a la acción de los antifranquistas corresponderán «reacciones violentas del régimen para recobrar lo perdido, lo irremediablemente perdido».

La lucha de los universitarios por la democracia no es, pues, un factum, sino un fieri. Algo a construir, que no depende simplemente de que los demás acepten la visión de las cosas propuestas por el partido, sino de que éste sea capaz de aunar voluntades y de crear un marco dentro del cual esa democracia interna permita canalizar el pluralismo, superar la vigente «dispersión». Un primer requisito consiste en atraer a toda fuerza que se oponga al régimen, asumiendo su especificidad, no sólo «estudiantes republicanos, socialistas y comunistas, pero también debe estarlo los estudiantes monárquicos antifranquistas, los grupos católicos que aspiran al restablecimiento de las libertades democráticas en la Universidad y el país, y también los círculos juveniles desgajados de Falange».

«La consigna de reconciliación nacional era la culminación lógica de su planteamiento»

Por encima de las etiquetas utilizadas habitualmente en los llamamientos del partido a la unidad, Semprún busca apoyo en la realidad del momento. Así podría surgir, a su juicio, «la unidad estudiantil antifascista». El lenguaje utilizado sorprende al recoger en positivo la expresión «telón de acero», aplicada al aislamiento deliberado del régimen, que los universitarios deben superar asumiendo «todas las corrientes progresivas del mundo, [la] lucha por el establecimiento de relaciones culturales con todos los países sin discriminación». Pero el último término, el reconocimiento pleno del pluralismo constituye la principal garantía del éxito, recogiendo las diversas aspiraciones sin dogmatismos preconcebidos. El corte del cordón umbilical respecto del estalinismo era un hecho.

Semprún contemplaba además la experiencia unitaria y plural al mismo tiempo del movimiento universitario como una plataforma a partir de la cual pudiera ser construida una política comunista del mismo signo y con un alcance superior. Frente a la irrealizable coalición por el vértice propugnada por el partido, el proceso unitario pensado por Semprún hacía del movimiento universitario el germen para una deseable oposición entre pueblo y dictadura, desarrollada por medios estrictamente democráticos. «Todo permite afirmar –advertía- que es posible organizar la acción decidida por una amplia mayoría estudiantil. Y esa acción vendrá a fundirse y a reforzar la lucha general del pueblo contra el régimen franquista en descomposición (sic)…». El viraje que pocos meses después aprueba la dirección del PCE, al lanzar la consigna de reconciliación nacional, era la culminación lógica de tal planteamiento.

Más allá de la coyuntura histórica, Jorge Semprún anunciaba que la democracia en España solo se lograría y conservaría, si el pluralismo de corrientes e ideas derribaba para siempre el «telón de acero» levantado por la guerra civil.

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