THE OBJECTIVE
David Souto Alcalde

Jordi Évole vende ternera intoxicada por Navidad

«El montaje de ‘No me llames Ternera’ es miserablemente goebbeliano, en una entrevista que adquiere momentos de ofensivo delirio»

Opinión
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Jordi Évole vende ternera intoxicada por Navidad

Ilustración de Erich Gordon.

Uno entra resignado en Netflix, previo pago de la suscripción, creyendo que va a presenciar una entrevista más o menos tendenciosa a uno de los principales carniceros de ETA, quizás un episodio de arrepentimiento al estilo del protagonizado por Iñaki Rekarte hace unos años, pero no, lo que aparece en pantalla tras los créditos iniciales de No me llames Ternera es un paisaje bucólico ideal para ambientar una puesta en escena del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Hay montañas, hay valles solitarios nemorosos, hay ínsulas extrañas, hay ríos sonorosos pero, sobre todo, hay el silbo de los aires amorosos entre el presunto entrevistador y el presunto entrevistado. Este idílico exterior, más propio de un encuentro con un viejo filósofo que de un careo público con el autor e impulsor de innúmeros asesinatos urbanos a golpe de tiro y bomba, muestra desde el inicio que no estamos ante una entrevista sino ante una obra de propaganda.

La entrevista no asoma por ningún lado: a lo sumo encontramos una «conversación» guiada en todo momento por un criminal no arrepentido que pone límites al «entrevistador» y lo educa en cómo ha de renombrar la realidad (el sur de Francia se dice, por ejemplo, País Vasco francés, mandato que nuestro irreverente follonero acata durante el «diálogo»). El presunto entrevistador (llamémosle «facilitador») apenas repregunta, dejando que el entrevistado haga afirmaciones tan falsas como injuriosas, y proclame una y otra vez que ETA es algo así como un think-tank de análisis político cuyo objetivo nunca fue la lucha armada. Si ETA ha llegado a matar, afirma el entrevistado sin toparse con ninguna objeción, ha sido por errores propios de las fuerzas de seguridad del estado español. Han pasado apenas unos minutos y Jordi Évole es un pobre micrófono asustado con paperas barbadas ante el cual Ternera justifica cualquier asesinato (incluso el de su amiga Yoyes) como fruto del análisis político. Llega, por ejemplo, a asegurar con convicción democrática propia de un padre de la Constitución, que ETA no asesinó nunca porque no se compartiesen sus ideales, sino porque se participase en la represión, como hacían, a su modo de ver, los empresarios que rechazaban pagar el impuesto revolucionario. 

Frase a frase, la versión de los hechos de ETA va ganando la llamada batalla del relato. Este objetivo es facilitado al no introducir ningún contexto histórico en la entrevista. Por ejemplo, Évole no pregunta en ningún momento a Ternera por la ideología que le ha llevado estar doce años en la cárcel y veinte en la «clandestinidad», ni lo expone a las incoherencias del ideario abertzale a la vista de la historia del País Vasco, de Navarra o del propio nacionalismo euskaldún. Pasan los minutos y nada sabemos de las convicciones de Ternera ni de por qué estas necesitaron más de ochocientos inocentes muertos para intentar imponerse. La «conversación» parece no tener ninguna relación con el presente, pues Évole no pregunta al terrorista si considera que el auge actual de la izquierda abertzale es deudor de la lucha de ETA (de las «piedras en el camino», es decir, muertos, que este presume de haber puesto para solucionar el «conflicto). ¿No tendría sentido preguntar si la lucha armada ha sido para Ternera una necesidad «antifascista» que nos permite ahora disfrutar del presente periodo de paz en el que Bildu pacta, por ejemplo, con el Gobierno derechos sociales para los más vulnerables? ¿Ha sido, por el contrario, un error fatal?

Es cierto que alguien que no simpatice con la izquierda abertzale verá autorretratado en No me llames Ternera a un fanático asesino, pero también lo es que un joven que no haya vivido la barbarie etarra podrá considerar que ETA luchó contra el fascismo llevando a cabo presuntas acciones heroicas como asesinar a Carrero Blanco, tras lo cual se vio envuelta en un conflicto con el represivo estado español que fue muy difícil de detener. ¿Cómo es que Évole no confrontó, en aras de una discusión obligatoria, este relato, mostrándole a Ternera imágenes de la entrevista realizada por él mismo en 2015 a Iñaki Rekarte, quien habla del sinsentido del terrorismo vasco y de cómo las cárceles están llenas de etarras arrepentidos a los que no conviene darles voz? 

El montaje de No me llames Ternera es miserablemente goebbeliano. El espectador se encuentra nada más arrancar la cinta con una víctima de avanzada edad que, pese a haber recibido más de diez balazos en 1976, consiguió sobrevivir. La tragedia de ETA se hace visible por medio de este superviviente (antiguo policía local escolta de un alcalde asesinado) que funciona como alegoría de España, pero no a través, por ejemplo, de los padres de los niños asesinados o de los familiares de otras víctimas. Un espectador joven que no sepa nada de ETA concluirá que tampoco fue para tanto y que al final, como la pobre víctima, hemos sufrido y salido adelante en lugar de haber sido eliminados de la faz de la tierra o condenados a un padecimiento perpetuo.

La verdad es que no hace falta ser muy observador para encontrar las costuras goebbelianas del documental, cuyo título de spaguetti western se muestra en letras rojas setenteras al principio. Ternera es presentado en una retrospectiva de secuencias de hemeroteca en un doble registro que lo hace aparecer como etarra y como héroe, intercalando las imágenes de sus apresamientos y de su participación como representante del pueblo en el Parlamento Vasco con alusiones superficiales a los atentados cometidos. El momento cumbre de propaganda llega, sin embargo, cuando tras preguntar Évole a Ternera qué diferencia hay entre matar por dios como los islamistas o por la patria como los etarras este responde, en tono vehemente, que «ni usted ni nadie me habrá oído nunca decir que matar estar bien».

«El tiempo acabará dejando claro que ‘No me llame Ternera’ es un monumento a la indignidad que retrata a su máximo impulsor como lo que realmente es»

No se trata tan solo de que Évole no repregunte ni le recuerde, por poner un ejemplo entre decenas, el matarile que Ternera dedicó a una fiscal que acabó siendo asesinada, sino que la «conversación» se interrumpe aquí por un sonido de celestes pajarillos, al estilo de First Dates, que da lugar a unas imágenes en blanco y negro de un pueblo vasco de interior.  Suena entonces en off la voz de Ternera que nos dice melancólica «mi familia es una familia humilde, obrera» mientras nos relata su infancia en un contexto «católico, apostólico y romano». No encontramos ningún hecho que nos permita entender su historial pero sí vivencias infantiles que permiten descubrir al Ternera más íntimo, quien confesará a Évole que él no es católico, pero sí cree en la naturaleza y en el ser humano.

La «conversación» sigue hablando de muertos pero negando que se haya matado a nadie. Évole le pregunta a un alterado Ternera si ha cumplido el séptimo mandamiento –«No robarás»- a lo que el etarra responde que es evidente que no lo ha cumplido, pero cuando el follonero le inquiere sobre si ha acatado el quinto –«No matarás»- la respuesta es un desconcertante sí. En lugar de encender todas las alarmas y repreguntar, Évole pasa a otro tema de manera que la entrevista adquiere momentos de ofensivo delirio, como cuando Ternera confiesa que Ortega Lara debió de haber sufrido mucho en sus 532 días de encierro, pero que más sufren sus compañeros etarras que se echan veinte años en la cárcel. Silencio mortal de Évole una vez más.

No me llames Ternera va más allá del blanqueamiento de ETA. Construye un falso relato según el cual ETA es cosa del pasado pese a que hayan transcurrido solo doce años desde su disolución. Según este razonamiento, todo aquel que no trague con todas y cada una de las ruedas de molino de la izquierda abertzale, así como con los pactos que con ella establece el PSOE, es un fascista e incluso un franquista, pese a que Franco lleve casi cincuenta años muerto. En este sentido, la recepción de la «conversación» entre Évole y Ternera ha sido sorprendente, al ser calificada de documento periodístico de primer orden en medios ajenos al discurso evolista. Incluso alguien como Alberto Olmos, que es un mito para quien esto escribe (si fuese mujer sería una Dulcinea del articulismo y yo tendría su imagen pegada en la pared) ha defendido que la entrevista es un «trabajo periodístico impecable» y que habría que pedirle disculpas a Évole.

«Jordi Évole es un individuo dispuesto a hacer caja mientras blanquea un status quo tras otro sin miedo a caer en la contradicción»

Todo puede deberse a que, entre producción y producción de Netflix, Olmos haya tenido un lapsus y haya confundido al Jordi Évole con Ángel Cristo y a Ternera con un león, pues destaca la capacidad del primero para conseguir que el segundo no estallase y abandonase enfurecido la entrevista. Tenemos que aclararnos en este punto, porque si el modelo de periodista es una señora como Intxaurrondo, que no permite al entrevistado mentir, debiéramos concluir que Jordi Évole estaba asustado y ausente cuando más presente tenía que estar, y que su entrevista es un burdo timo. Si se trataba de retratar a Ternera, haberlo tratado como a un ciudadano normal y someterlo a un régimen de hemeroteca y preguntas habría sido lo mejor para que así, si decidiese levantarse, quedase reflejado como un intolerante, y si se defendiese convincentemente, nos hiciese quizás pensar.

Si para algo sirve No me llame Ternera es precisamente para radiografiar a la España de los Jordi Évole, Pablo Iglesias o Íñigo Errejón. Un país en el que los medios y la política han sido conquistados por individuos disfrazados de gente normal (a menudo salidos de la élite) que nos hacen naturalizar su reinado eterno sobre todos nosotros, pero cuya falta de conocimientos, de experiencia y de profesionalidad es altamente lesiva para nuestra supervivencia y nuestra paz. Jordi Évole es un bluff como periodista. Es soberbio con los débiles y asustadizo con los tiranos. No es un periodista de investigación, tampoco un entrevistador mordaz al estilo de Tucker Carlson o, incluso, Piers Morgan o Anderson Cooper. Mucho menos un influencer. Es un individuo dispuesto a hacer caja mientras blanquea un status quo tras otro sin miedo a caer en la contradicción. Fíjense, por ejemplo, en que durante la crisis de la covid-19, Évole no entrevistó a ninguno de los mayores expertos mundiales en epidemiología que cuestionaban el relato oficial, sino que blanqueó este como el único existente, teniendo que ser Iker Jiménez el que oxigenase la esfera pública española. He aquí el gran mérito de la conversación entre Évole y Ternera. Mostrarnos que en España lo paranormal pasa por normal y aquello que debiera ser normal se clasifica como paranormal. El tiempo, sin embargo, acabará dejando claro que No me llame Ternera es un monumento a la indignidad que retrata a su máximo impulsor como lo que realmente es. Un ocultador de verdades que está siempre al servicio del sol que más calienta.

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