THE OBJECTIVE
José Carlos Rodríguez

Mascarillas: control social sin una base científica

«La lección que hemos sacado de la pandemia es que el Gobierno de Sánchez es capaz de invocar la autoridad de comités científicos que no existen»

Opinión
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Mascarillas: control social sin una base científica

Una mujer lleva una mascarilla, en una foto de archivo. | Zuma Press

Anthony Fauci es el rostro de la política que se ha impuesto en todo el mundo contra la pandemia de covid-19. Era el principal sustento científico de las políticas adoptadas en los Estados Unidos para el control de la enfermedad. Pero, ante todo, era el rostro. Porque demostró tener una cara de granito. Recientemente, en una sesión a puerta cerrada en la Cámara de Representantes, reconoció que su recomendación de que estuviésemos a seis pies de nuestros congéneres (la famosa distancia social de dos metros) no tenía ninguna base científica. «Simplemente, apareció» en una de sus conversaciones. Fue una ocurrencia.

No es el único ámbito en el que las ocurrencias han vencido al saber, provisional pero fundamentado, de la ciencia. Obligar a los ciudadanos a llevar una mascarilla tiene la misma base científica que la de los dos metros de distancia. Los lectores de THE OBJECTIVE ya lo sabemos. Pero hay más; mucho más.

Quiero advertir al lector que este artículo tiene un inmenso mérito, pero que en prácticamente nada se me puede achacar a mí. En realidad, el trabajo lo ha hecho Adolfo Lozano, que ha dedicado cinco artículos en el Instituto Juan de Mariana (I, II, III, IV, V) a recoger lo que dicen los estudios científicos sobre la cuestión. Yo he seleccionado una parte de ese trabajo, y lo he ordenado para el lector. 

Que las mascarillas son un atuendo de eficacia decorativa, pero poco más, se sabe de antiguo. En 1919, la OMS elaboró un documento que recogía lo que decía la evidencia científica sobre la efectividad de las «medidas de mitigación de gripes epidémicas y pandémicas». En la página número 2, dice: «Se han realizado varios ensayos controlados aleatorizados de alta calidad que demuestran que las medidas de protección personal como la higiene de las manos y las mascarillas tienen, en el mejor de los casos, un efecto pequeño sobre la transmisión de la gripe, aunque un mayor cumplimiento en una pandemia grave podría mejorar la eficacia». Ninguno de los 10 estudios de alta calidad elaborados en la década anterior observó una diferencia significativa por el uso de mascarillas.

Se puede pensar, como imaginaba la OMS, que una vez llegase «una epidemia grave», la efectividad de las mascarillas fuera a ser algo mayor. Pero lo que sabemos al respecto es que no es así. En el verano de 2020, el CDC realizó un estudio sobre la cuestión, y no halló diferencias entre las personas que utilizaban mascarillas siempre o casi siempre (el 85%), y las que no. Otro estudio, éste realizado tras dos años de pandemia en Europa, tampoco encontró alguna diferencia entre el uso de mascarillas y el contagio o la mortalidad.

Antonio Fauci sabía perfectamente que las mascarillas no son muy efectivas. 

«No hay motivo para ir por la calle con mascarillas», dijo en el programa 60 minutes, de la CBS. Cuando tenía que hablar en privado y a una persona poderosa (Barack Obama), Fauci expresaba su opinión sobre si el presidente debía utilizar mascarilla: «Las máscaras son realmente para las personas contagiadas, no tanto para proteger a quien no lo está. (…) La típica máscara que compras en la droguería no evita que pase el virus, podría sólo evitar que expulses gotas cuando tosas o estornudes… no te recomiendo usar una máscara».

En las ciencias humanas no se pueden realizar experimentos controlados: someter dos poblaciones iguales en todo, o prácticamente todo, menos en el elemento que se quiere controlar para obtener así un resultado significativo. Pero hay circunstancias extraordinarias en las que sí se da esa situación. Una de ellas hace referencia al asunto que nos ocupa. Se produjo un experimento natural en dos distritos escolares Dakota del Norte, Fargo y West Fargo. Son distritos contiguos, tienen el mismo número de escolares (cerca de 12.000), y su distribución racial y por renta es la misma. Incluso el número medio de alumnos por clase coincide. Los dos siguieron las mismas políticas de control de la pandemia en cuanto a cuarentenas, límite de reuniones, realización de test, limpieza… todo. Todo, menos las mascarillas. En un distrito, su uso era obligatorio, y en el otro no. 

«Los médicos nunca han utilizado mascarillas en la atención clínica, ni se lo han pedido a los pacientes»

Los autores Tracy Hoeg y Neeraj Stood, con la ayuda del analista de datos Josh Stevenson, estudiaron cómo evolucionó la pandemia en ambos distritos durante el curso 2021-2022. Encontraron, además, que mientras que mientras que en Fargo el uso real de las mascarillas se acercaba al ciento por ciento, en West Fargo rondaba el 5%. La tasa de contagio fue del 13% en WF, mientras que en Fargo fue del 12,9%; fueron prácticamente iguales. Cuando los contagios empezaron a caer en uno de los distritos, empezaron a descender también en el otro. El comportamiento de la pandemia era el mismo. «Nuestros hallazgos contribuyen a un creciente cuerpo de literatura que sugiere que los mandatos de mascarilla basados en la escuela tienen un impacto limitado o nulo en las tasas de casos de COVID-19 entre los estudiantes de K-12», dicen los autores.

Los médicos nunca han utilizado mascarillas en la atención clínica, ni se lo han pedido a los pacientes. Llamamos a las mascarillas más comunes «quirúrgicas» porque se utilizan en las operaciones. Ahora bien, su utilidad se limita a que evitan que quienes participan en una operación dejen caer alguna gota y provoquen una infección al paciente. Pero la covid-19 se transmite principalmente por aerosoles, y las mascarillas de todo tipo no pueden hacer nada para frenarlos. El tamaño de un virus de la covid-19 es de 0,1 micras; se escapan a las mascarillas N95/FPP2, y no digamos a las quirúrgicas o a las de tela, que no son más que un elemento estético, o una forma de cumplir la regulación. Las N95 se llaman así porque pueden filtrar el 95% de las partículas mayores a los 0,3 micrones. 

Aunque la tela fuera efectiva filtrando las partículas, según un estudio de referencia sobre el caso un 3,2% de apertura de las mascarillas las haría inservibles. Otro estudio, realizado en Alemania, concluye que es suficiente una apertura del 1% para anular su efectividad. 

En definitiva, en diciembre de 2022, el principal asesor de la Casa Blanca en materia de covid 19, el doctor Jha, reconocía que «no hay ningún estudio en el mundo que muestre que las máscaras funcionan». 

Y eso que el doctor Jha no pudo conocer entonces el resultado del estudio definitivo sobre la cuestión, que fue publicado un mes después, en enero de 2023. La Cochrane Library publicó un meta análisis que analizó 78 estudios de alta calidad, que habían controlado a más de 600.000 personas en un período de 14 años (2009 a 2022). Su conclusión es lapidaria: «El análisis sugiere que llevar una máscara médica/quirúrgica probablemente marca muy poca o ninguna diferencia respecto a no llevarla». Por otro lado, «el análisis sugiere que llevar una máscara N95/FFP2 probablemente marca muy poca o ninguna diferencia» con llevar el rostro despejado.

Fin de la historia. Menos para los políticos, claro. Debemos agradecer a la agencia Newtral que en un artículo sobre las «evidencias científicas» sobre el uso de las mascarillas, que reconoce casi lo mismo que dice este artículo, pero sin apenas referencias, acabe señalando que «pudo haber una época –prevacuna– en que la medida podía tener un sentido puramente simbólico: recordar que la pandemia seguía ahí y que eran necesarias medidas de protección (como la distancia, la higiene, etc.)».

«Una parte de los responsables del área sanitaria temía que la población a su vez no le tuviese suficiente miedo a la pandemia»

No son los únicos con esa idea. De hecho, y como también señalaba Adolfo Lozano en uno de los artículos, el seminario The Spectator realizó una investigación que demostraba que la política de tapar la boca a todos los británicos nada tenía que ver con la evidencia científica: «La gente tenía que llevar máscaras porque Cummings (asesor político de Boris Johnson) estaba obsesionado con ellas; porque a Nicola Sturgeon (ministra de Escocia) estaba a favor; y por encima de todo, por el simbolismo que daba de una emergencia pública».

Más preocupante fue lo que reveló el diario The Telegraph. Al menos una parte de los responsables del área sanitaria temían que la población a su vez no le tuviese suficiente miedo a la pandemia, y optase por desobedecer las indicaciones del Servicio Nacional de Salud. Un grupo asesor sobre la política de respuesta a la covid, dijo en un informe interno: «Un número substancial de personas no se sienten suficientemente amenazadas… necesitamos incrementar la sensación de amenaza entre aquellos que aún siguen relajados usando mensajes agresivamente emocionales». Aquí, el simbolismo sí juega un papel. El doctor Gary Sidney y otros 46 científicos enviaron una carta a la British Psychological Society en la que denunciaban «las actividades de psicólogos contratados por el gobierno con la misión de obtener obediencia social». En particular, «la estrategia más potente, y la más dudosa desde el punto de vista ético, ha sido inflar el miedo (…) como medio de coaccionar a la gente para que obedezca».

Sí, la ciencia sigue su curso, y la política el suyo propio. Y casi nunca se entrecruzan. En marzo de 2020, el Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos (NIH) recomendó el uso generalizado de mascarillas. El comunicado decía, correctamente, que la ausencia de evidencia de que el uso de estos instrumentos tuviese un efecto en el contagio no es lo mismo que la evidencia de que su uso o no uso tenga consecuencias. No se había demostrado que funcionaran, pero tampoco que no funcionaran. Y recomendó su uso masivo. Hablando de ausencias, el lector conoce todas las evidencias científicas en que se basó la recomendación de la NIH. ¿Conoce alguna? Pues eso.

La prensa, habitualmente más cercana al poder que a lo que debiera ser su trabajo, empezó a anunciar los inmensos beneficios que íbamos a obtener del uso generalizado de mascarillas. La incidencia de la covid-19 iba a caer entre un 50 y un 85%, según la revista Time. El camino del periodismo se acerca demasiado al de la política, y por eso tampoco se suele entrecruzar con el de la ciencia

La ministra de Sanidad, Mónica García, ha declarado que «si algo sabemos que contiene las epidemias y que protege a los más vulnerables es el uso de la mascarilla». Pero la lección que todos hemos sacado de la pandemia no es esa, sino que el Gobierno de Pedro Sánchez miente. Y que es capaz de invocar la autoridad de comités científicos que no existen. Y que, no contento con todo ello, es capaz de volver a imponernos el uso de las mascarillas basándose en una ciencia que dice lo contrario de lo que pretende el Gobierno. 

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