THE OBJECTIVE
José Carlos Rodríguez

El panóptico de Yolanda

«El sueño de la ministra es el control total de la economía por la vía del horario de los trabajadores, un mundo norcoreano donde la vida real no tiene cabida»

Opinión
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El panóptico de Yolanda

Ilustración de Alejandra Svriz.

En una gran información, como las que acostumbra a hacer Carmen Obregón, nos enteramos de los planes norcoreanos que tiene la ministra de Empleo, Yolanda Díaz, para las empresas españolas. Quiere la ministra que su departamento pueda saber, de cada trabajador, en cada empresa, cuántos minutos dedica al trabajo. Nos lo dice así la noticia: el ministerio trabaja en una «herramienta de control» online «que permitiría, mediante la Inspección de Trabajo y de la Seguridad Social, en tiempo real, monitorizar en cualquier minuto del día la actividad de los trabajadores de manera individualizada».

El objetivo de esta medida es la lucha contra el fraude. Y el fraude consiste en que los trabajadores se salten un minuto más el estricto horario laboral. Pero el sueño húmedo de Yolanda es otro, el de ejercer un control total de la economía por la vía del horario de los trabajadores. Se trata de la sempiterna pretensión de los comunistas de controlar nuestra vida por medio del control de la economía. Quien controla los medios, controla los fines. Y Yolanda quiere sustituir los nuestros por los suyos. 

La ministra no actúa en el vacío. El sistema político ha creado una maraña de regulaciones, una tela de araña en la que la actividad económica se queda parcialmente paralizada. Por ellas se filtra en la sangre de la actividad política el veneno de la política. De nuevo, se constriñe el espontáneo funcionamiento del mercado. Se condiciona por el cumplimiento de ciertas normas u objetivos que no son los de los consumidores, sino los de los votantes. 

Las empresas tienen que dedicar una cantidad ingente de recursos, tiempo y dinero a cumplir con estas regulaciones. Por mandato administrativo, desvían unos recursos que de otro modo irían a producir lo que queremos los consumidores. Somos más pobres. El consumidor lo resiente, pero es lo que pide el votante, aunque sea la misma persona. 

Sobre esa tupida y agobiante red de regulaciones, Yolanda incluye una herramienta tecnológica que le permitirá controlarnos hasta el minuto. En el mundo de ensueño de Yolanda, uniforme y congelado, un ejército de esclavos trabajamos para darle forma a su escalofriante idea de cómo debe ser la sociedad. Ha de ser una sociedad tan sencilla como para que quepa en su cabeza. Sencilla y aburrida, claro. No hay nada disonante. Ni una discordia. Ni una queja. Nadie sobresale ni destaca. 

«Las regulaciones excesivas llevan a la inseguridad jurídica»

Por supuesto, en ese mundo norcoreano de Yolanda, la vida real no tiene cabida. En la vida real, en que trabajamos por proyectos, y en ocasiones nos toca echar el resto; el resto de la tarde e incluso el de la noche. Y tenemos que robarle tiempo a otros quehaceres, porque queremos cumplir con nuestro cliente y contribuir a nuestro progreso o el de nuestra empresa. 

Todas las regulaciones nos ponen a todos, trabajadores, empresas, en una situación muy difícil. Es muy complicado, y extremadamente caro, cumplir con todas ellas. El Estado regulador empuja a la sociedad a bordear las leyes, en ocasiones por fuera. Y una persona o una organización que se salte una norma es vulnerable ante la furia del Estado. Las regulaciones excesivas llevan a la inseguridad jurídica. 

Los empresarios, formalmente, objetarán esta medida. Advertirán de que introduce nuevos espacios de inseguridad jurídica, que vienen perfectamente reflejados en la noticia. Dirán que la herramienta de control social no ha sido consensuada con ellos. Y que supone un elemento más de desconfianza hacia los empresarios y los trabajadores, y a la capacidad de todos de llegar a acuerdos beneficiosos para ambas partes. Dirán todo eso, u otras consideraciones parecidas. Cumplirán con su papel. Que nadie diga que no dijeron. Pero están atrapados en la tela de araña de las regulaciones, y en un lado de la misma espera el animal para devorar a quien se ponga verdaderamente incómodo. Y eso no va a pasar. Veremos que se cumple un expediente pulcro, y breve. 

«La ministra tiene mucho que vigilar. Por ejemplo, la tasa de paro de enero es del 11,6%, mientras que la media europea es del 6,4%»

Por supuesto, la ministra tiene mucho que vigilar. Los datos del desempleo, por ejemplo. La tasa de paro de enero es del 11,6%, mientras que la media europea es del 6,4%. La tasa de paro juvenil es del 28,6%; el siguiente país es Portugal, con 23,3%, y la tasa media europea es la mitad de la nuestra: el 14,9%. Al parecer, esta realidad ni la ve ni le interesa. Esconde más de 400.000 parados en las estadísticas de los fijos discontinuos. ¿Cuántos son, en realidad? O los técnicos del Ministerio de Empleo son técnicamente incapaces de hacer los cálculos, o es la ministra la que les prohíbe compartir los datos reales con los españoles. ¡Toma transparencia!

La pulsión de tener un control social total es tan vieja, al menos, como lo es Jeremy Bentham. El padre del utilitarismo pidió a su hermano que diseñara un edificio que permitiera a una persona, o a un grupo reducido, observar a todos los que en él habitaran. Un panóptico (verlos a todos). Gertrude Himmerfarb observó que Bentham no creía en Dios, pero que «creía en las cualidades de un Dios apoteósico. El panóptico era la realización de este ideal divino: poder espiar los comportamientos de los transgresores por medio de un ingenioso diseño arquitectónico, que convertía la noche en día por medio de reflectores y de una luz artificial, y que mantenía a los hombres en cautividad por medio de un intrincado sistema de inspección». Cautivos, observados, controlados en el panóptico de Yolanda. Así nos quiere ver la ministra de Sánchez.

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