THE OBJECTIVE
Fernando Savater

Fumando espero

«Fumar es un placer y a mi edad ya no me quedan tantos como para menospreciarlo con el pretexto de «cuidar» mi salud. ¿Para qué quiero salud sino para seguir fumando?»

Opinión
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Fumando espero

Cartel que prohíbe fumar. | TO

No deja de ser conmovedor el interés por nuestra salud física, moral o mental que demuestran los prebostes que nos pastorean. Desde que ocupan su cargo empiezan a advertirnos contra los hábitos dañinos que tenemos y contra los peligros que consentimos en nuestro entorno. Somos unos irresponsables, casi suicidas (y a veces sin casi), destructores de todo lo bueno que se pone a nuestro alcance: la naturaleza, los animalitos, la gimnasia… Desde el día de su toma de posesión, los diversos guardianes de las buenas costumbres, intentan prohibir lo más posible (el poder se demuestra prohibiendo, permitir está al alcance de cualquiera) y, como no todo puede prohibirse, que sería lo ideal, desaconsejan, obstaculizan, cuestionan o por lo menos reglamentan. Así que mientras aún duren, cuidadito con los toros, con el porno, con el juego y las apuestas, con los móviles, con la Inteligencia Artificial (y la otra no digamos), con los ultraprocesados, con el azúcar, con la sal, con el odio, con los piropos…

Ahora vuelve de nuevo la cíclica campaña contra el vicio de fumar, otra de nuestras miserias. A pesar de que a fuerza de amenazas aterradoras, espacios vedados y cortapisas varias el uso del tabaco está muy mermado, aún pervive mas de lo que nuestros higiénicos rectores quisieran. ¿Ven? Es uno de los beneficios del capitalismo: si fumar no fuese aún negocio para grandes multinacionales, habríamos perdido el vicio hace bastante. Pero afortunadamente ahí está el negocio para socorrernos. Como cultivo todos los abusos mal vistos -toros, porno, chorizo, whisky, et alii…- tengo donde elegir, pero como el tabaco tiene pocos defensores desde que falta mi querido amigo Guillermo Cabrera Infante es a ese vegetal adictivo al que voy a dedicar un humilde panegírico.

«A pesar de que a fuerza de amenazas aterradoras, espacios vedados y cortapisas varias el uso del tabaco está muy mermado, aún pervive mas de lo que nuestros higiénicos rectores quisieran»

Yo empecé a fumar en pipa a los dieciséis años, por mimetismo con mi admirado Bertrand Russell. Por entonces yo creía que la pipa era como un certificado de elevado pensamiento, algo así como un máster humeante de filosofía. Como el tabaco que fumaba por recomendación de no sé quién era un holandés muy aromático, «Amsterdamer» creo que se llamaba, mi madre me sugería que fumase en tal o cual habitación de la casa para perfumarla. Me utilizaba como una especie de pebetero o incensario, lo que a la larga me pareció humillante (no me imaginaba a lord Russell deambulando por su manor para ambientar los salones). De la pipa me curó la cárcel porque el rito de limpiar la cazoleta, desatascarla, encenderla cuantas veces fuese necesario con la bolsa de tabaco, guardar todos esos adminículos, etc… me resultaba incompatible con el calabozo de Carabanchel. De modo que me pasé a los cigarrillos, aquellos «Habanos» fabricados con tabaco cubano de Vuelta Abajo (según se leía en la cajetilla, entonces aún libre de calaveras y amenazas de muerte). Lo cierto es que nunca me acostumbré a los cigarrillos, a pesar del elogio de Oscar Wilde («es el placer perfecto: delicioso y deja insatisfecho»), ni renuncié del todo a la pipa como fetiche: allí donde me siento a escribir, tengo a mano mi vieja Peterson para sobarla o morderla aunque ya siempre apagada. Después descubrí los cigarros puros y con ellos el auténtico deleite de fumar. Distintos tamaños, distintos calibres, para acompañarnos unos pocos minutos o toda una película tamaño Cecil B. De Mille en televisión. Una promiscuidad muy placentera… como la mayoría de las promiscuidades.

Debo reconocer que fumo por auténtico vicio, es decir por un capricho deliberadamente pecaminoso. No tengo una adición invencible que me obliga a encadenar un cigarro con otro, mas bien lo contrario. Cuando por lo que sea no puedo fumar (como en los terribles meses del hospital de Baltimore, donde trataba de curar a mi Sara) no lo echo demasiado de menos y durante semanas no me acuerdo del humo delicioso. Pero se trata de un placer (un puro y un whisky ante la tele, si es posible viendo una peli de vampiros o tiburones) y a mi edad ya no me quedan tantos como para menospreciarlo con el pretexto de «cuidar» mi salud. ¿Para qué quiero precisamente la salud sino para seguir fumando, bebiendo y viendo pelis abominables? Por supuesto, no recomendaría a nadie que siga mi ejemplo. Como bien dijo Bernard Shaw, «no hagas a los demás lo que quieres para ti, ellos pueden tener otros gustos». Hay quien vive miserablemente como si no tuviese dinero mientras guarda una fortunita en una caja de zapatos debajo de la cama. Lo mismo pasa con la salud: hay quien vive como si estuviera gravemente enfermo por miedo a llegar a estarlo. Soy de los que creen que el dinero no sirve de nada hasta que se gasta o se regala, y que la salud sólo es buena cuando uno la arriesga disfrutando. Claro que puedo estar equivocado, pero la salud también sirve para eso: de vez en cuando, para equivocarse. Y por supuesto, lo único que no quiero es que me impongan lo bueno, porque cuando lo bueno se impone deja de ser bueno. Hay que respetar al prójimo, desde luego, pero también hacerse respetar. El tabaco es malo para los pulmones y bueno para los nervios. ¡Cómo no va a haber mucha gente con desequilibrios mentales si se le prohíbe todo lo que podría relajarle!

A pesar de las prohibiciones y de la subida de precio del tabaco, hay un rasgo social que nos hace concebir esperanzas a los amigos del vicio. Por la calle se ve a seis o siete mujeres fumando por cada hombre humeante. Cualquier cosa apoyada por el sexo antes irónicamente llamado «débil» creo que tiene el futuro asegurado…

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