Lo que aprendí de Aída Nízar
«Qué es eso del ‘No a la guerra’, cuando una fragata militar surca el Mediterráneo con bandera rojigualda, cuando España fabrica y vende armas»

Ilustración de Alejandra Svriz
Aída Nizar ha logrado regresar a España. No se preocupen. Está bien. Llegó en un avión de Iberia tras sobrevivir al «apocalipsis» vivido en Abu Dabi. «He visto pasar algún misil por el cielo, pero rápidamente fue interceptado por las medidas de defensa», dijo. Y luego, preguntada por si alguien la esperaba en nuestro país: «Nadie me enamora, todos los hombres me aburren. Ninguno está a mi altura».
Aída Nízar, les sonará, fue la primera expulsada de Gran Hermano 5. Era estudiante de Derecho. Hablaba de sí misma en tercera persona. A las pocas semanas de salir de la casa, protagonizó la portada Interviú. Era 2003. Fue el año en el que cambió España. Pero no lo sabíamos.
Aún no existía Twitter, que llegó poco tiempo después. Santiago Abascal se acababa de licenciar en Sociología en la Universidad de Deusto. Andy y Lucas triunfaban con Son de amores. Nos gastábamos el dinero en politonos. El Renault Mégane era el coche más vendido en España. Mis padres tenían uno. Blanco. Precioso. Quizá el mejor coche que habíamos tenido nunca. El Córdoba sobrevivía en Segunda. Todos habíamos ido al cine a ver la última de El Señor de los anillos. Willy Toledo presentaba los premios Goya. Los lunes al sol había sido la gran vencedora.
Aquella noche, en la alfombra roja, casi todos los invitados llevaban una chapa con un diseño algo pueril con el lema «No a la guerra», con sangre chorreando por las letras, como el cartel de un grupo heavy del instituto. El presidente del Gobierno, José María Aznar, había apoyado a EEUU en su ataque militar a Irak. Y a (casi) todos nos pareció buena idea manifestarnos a favor de la paz y en contra de la barbarie. «El Mundo… contra la guerra», había publicado el periódico dirigido por Pedro J. Ramírez. «Esto es un referéndum social», decía Gaspar Llamazares en la portada.
Yo tenía 23 años, que es una edad perfecta para ser un soñador. Y allí estuve, junto a millones de (estos sí) compatriotas. Unidos en algo. Unidos en la fantasía de que otro mundo era posible. De que los bombardeos no solucionaban nada, solo agravaban los problemas. Que España tenía que limpiar sus manos de armamento y asesinatos. Yo quería una España en paz con el mundo y consigo misma.
«Luego llegaron los terribles atentados del 11-M y la victoria de Zapatero y España se fue yendo a un lugar extraño, un tiempo dividido, áspero»
José Luis Rodríguez Zapatero le contó a Ernesto Ekaizer algo sobre aquellos días: «Debo decir que Aznar tuvo un gesto de sinceridad conmigo tres o cuatro meses antes de que se desencadenara la invasión de Irak y que acudiera solícito a la cumbre de las Azores el 16 de marzo. Recuerdo que me convocó un domingo; yo venía de un acto en Alicante. Él estaba vestido de sport y yo iba con chaqueta y me pidió disculpas: «Perdona, no te he avisado que iba a estar de sport». Fue un detalle que me sorprendió. Me intentó convencer de la intervención militar en Irak y el argumento central, que agradecí por sincero, obviamente no eran las armas de destrucción masiva ni el riesgo que representaba Sadam Husein. No, no. El argumento era este: había llegado el momento de nuestra historia grande, el de estar al lado de Estados Unidos y de subirse a una ola de liderazgo mundial si acompañábamos a EEUU. Este fue el tema, así me lo dijo».
Nuestra historia grande no salió bien. Luego llegaron los terribles atentados del 11-M y la victoria del propio Zapatero, y España se fue yendo a un lugar extraño, un tiempo dividido, áspero, donde el bipartidismo engendró monstruos, donde el populismo atravesó la piel de nuestra democracia como una lanza en el costado divino. Y aquí estamos, 22 años después, casi como al principio. Más viejos. Más aburridos. Menos ingenuos, quizá. Aunque solo algunos. En la historia pequeña. Y todas las historias pequeñas tienden a la soledad. También la nuestra. En esta larga cuesta abajo emocional de Pedro Sánchez, donde hay persecuciones (en redes), donde hay corruptelas (negadas), ataques a jueces y periodistas, propaganda, instituciones vampirizadas y aislamiento internacional. En esta atribulada coreografía doméstica y sentimental.
Nuestro presidente actual, Sánchez, es el heredero espiritual de aquel ZP que resumió todo su legado político en una frase fuera de micro a Iñaki Gabilondo tras una entrevista: «Nos interesa que haya tensión». Por eso tiene lógica que ahora se recoja el «No a la guerra» como quien recibe un viejo reloj de manos de su abuelo moribundo. Fue tal la simpleza del discurso de Sánchez la otra mañana, fue tan de guardería el aplauso bebote de sus compañeros de filas, Óscar Puente poniéndose una bandera de España en el perfil, la ministra de Igualdad (la de las pulseras que no funcionan) entonando un «No a la guerra» en un acto de mujeres; precisamente, siendo Irán lo que es Irán, aunque sea por lógica narrativa interna, podría haber sido más prudente. Pero es que ni eso.
El PSOE está abandonado a los lemas. Porque le funcionan. Pero que no lo llamen política. La política es explicar y luego hacer. Es recorrer las capas de un Estado, desde la piel hasta las vísceras. Es tratar a la ciudadanía, que es la representada, con adultez. Con respeto. Hasta con cierto temor. Y no esta afectación hortera, que es papilla metida en la boca del votante haciéndole el avión con la cuchara. Como si el «Sí a la guerra» fuera, realmente, una opción. Ese «no» es un destino, pero es que falta el vehículo, falta la carretera, falta gasolina (nunca mejor dicho) y falta, por supuesto, el conductor. No a la guerra, ¿cómo? No a la guerra, ¿quién y contra quién? No a la guerra, ¿cuándo?
«Es tal la simpleza, es tal el desvarío, que ya no sé si mirar a Sánchez o a su enfervorecido público»
Con el «Just do it» no vas a correr una maratón, por mucho dinero en ropa que te gastes. Red Bull no te va a dar «alas» por mucho que bebas. Y Rexona a veces te abandona. ¿Qué es eso del «No a la guerra», cuando una fragata militar surca el Mediterráneo con bandera rojigualda? ¿Qué es eso del «No a la guerra» cuando España fabrica y vende armas para matar a personas de cualquier otro país? Es tal la simpleza, es tal el desvarío, que ya no sé si mirar a Sánchez o a su enfervorecido público. Quizá Sánchez sea el perfecto director para tan desafinada orquesta.
Yo me alegro de que Aída Nízar esté bien. Es como una santa incorrupta, como una reliquia de otro tiempo. De un tiempo en el que Pablo Iglesias era estudiante universitario y Macaco sonaba en la agrobarra y aún se vendían Nokias. Un tiempo de hipotecas y trenes que llegaban puntuales y Myspace. Donde se nos decía que trabajando duro llegaríamos lejos. Íbamos al cine, comprábamos cedés, CCOO denunciaba a RTVE porque Alfredo Urdaci «manipulaba» el Telediario a favor del PP. La Piaggio Liberty llenaba de ruido nuestras calles. Pedro Sánchez era el número 23 de la lista del PSOE encabezada por Trinidad Jiménez a la alcaldía de Madrid.