The Objective
Fernando Savater

El feminismo en cuestión

«Si hay muchos, cada vez más, que desconfían de las proclamas feministas es porque ya no forman parte de una idea ni de una creencia, sino de una ideología»

Opinión
El feminismo en cuestión

Imagen generada con IA.

Como ya saben ustedes, aunque solo sea porque yo se lo he repetido varias veces, Ortega distinguía entre ideas y creencias. Difieren en que las ideas se tienen, como un proyecto o un amorío, y en las creencias se está, como en casa o sobre la faz de la tierra. Con frecuencia, lo que empieza siendo una idea, teórica y discutible, acaba convertida en una creencia sobre la que nos instalamos sin darle más vueltas, casi sin darnos cuenta. Yo creo que el feminismo fue una idea entre las sufragistas inglesas de comienzos del siglo pasado, como la valerosa Emily Davison, que en 1913 se arrojó al paso de los caballos del Derby para reclamar atención sobre su causa y murió atropellada por Anmer, el caballo del Rey. También fue una idea para Clara Campoamor, defensora del derecho a voto de las mujeres contra las y los progresistas de la Segunda República, y sin duda una idea brillantemente argumentada lo era para Simone de Beauvoir cuando escribió su libro decisivo El segundo sexo. Pero a partir de entonces se fue convirtiendo en una creencia en la que nos vimos instalados todos, incluso sin saberlo. Hoy prácticamente nadie desaprueba que las mujeres tengan los mismos derechos sociales, cívicos y políticos que los varones, que cobren el mismo sueldo que ellos cuando realicen un trabajo igual (lo que aún no siempre pasa), que puedan ocupar los mismos puestos laborales o institucionales, que reciban ayudas en su maternidad. Muy pocos campos permanecen cerrados para ellas, salvo el sacerdocio en la Iglesia Católica (no, desde luego, en las protestantes). Por lo demás, pueden ser toreras, enterradoras o campeonas de ajedrez. Hablo, naturalmente, de los países occidentales: en Afganistán, Irán y otros estados musulmanes siguen vigentes diversas formas de discriminación femenina, lo que la combativa Malala Yousafzai ha denominado con razón un auténtico apartheid. Y, sin embargo…

Sin embargo, en un país como España, que fue de los primeros en Europa en conceder el sufragio femenino, actualmente una proporción alarmante de ciudadanos, sobre todo jóvenes, considera con desconfianza u hostilidad la idea feminista y sus implicaciones legales. Me refiero a las ideas de los que se vociferan feministas y pretenden legislar atroces novedades o derivar del feminismo una condena moral definitiva del sexo masculino. Supongo firmemente que la creencia en la igualdad esencial de hombres y mujeres es hoy uno de los fundamentos inamovibles de nuestra cultura cívica. No pertenece a la ideología de la derecha ni de la izquierda, sino a la civilización. Pero si hay muchos, cada vez más, que desconfían de las proclamas feministas, es porque ya no forman parte de una idea ni de una creencia, sino de una ideología: es decir, un arma polémica con la cual avasallar sin grandes despliegues argumentales a cualquier adversario, sobre todo si intenta parapetarse en el sentido común.

Dentro del feminismo que se manifiesta el 8 de marzo hay al menos dos grandes tendencias: un feminismo llamado «clásico», abolicionista de la prostitución y contrario a la autodeterminación de género desde la primera infancia, contrario a la procreación por sustitución, así como partidario de prohibir el burka y el niqab en espacios públicos, y otro feminismo recién llegado a la palestra, favorable al pleno voluntarismo sexual y a la mayor indeterminación en la pluralidad de géneros, que acepta como muestras de libertad el burka y el niqab (supongo que tanto para mujeres de las de antes como para varones y toda la gama de opciones intermedias), etc. Este último feminismo está fuertemente impregnado de un sesgo izquierdista en todo y para todo, hasta el punto de negar que alguien de derechas tenga opción a declararse feminista (Carmen Calvo: «No, bonita, no…»). Pero lo más grave es que sostiene una concepción antropológica de la masculinidad como necesariamente enemiga y agresiva de la mujer o demás variedades de género, por lo que debe imponerse una justicia desigual para hombres y mujeres, así como un perfil criminal del varón: violador, sádico, violento, imperialista, colonizador, etc. Naturalmente, este segundo feminismo despierta fuertes recelos y gran rechazo no ya entre los varones perjudicados, sino sencillamente entre los seres dotados de capacidad racional, cualquiera que sea su sexo. Para no crearse innecesarios enemigos, sino partidarios bienvenidos, el feminismo debe renunciar a venderse en un paquete que incluya tomas de posición que nada tienen que ver con los roles de género. El «no a la guerra» no es forzosamente más feminista que el apoyo al ataque americano a Irán o Venezuela. Hay mujeres de derechas como Margaret Thatcher o Isabel Díaz Ayuso que representan mejor el empoderamiento femenino que la atorrante Judith Butler. Incluso en cuestiones que atañen más al género, como el aborto, la prostitución o la procreación por sustitución, no cabe decir sin manipulación que lo feminista es opinar esto o lo otro. Lo único real y esencialmente feminista es que las mujeres (las de verdad y cuna, no las «sobrevenidas») puedan pronunciarse abierta y libremente sobre cualquiera de los grandes temas sociopolíticos de nuestra era, sin tener que esperar el va bene de los y sobre todo las alguaciles del Ministerio de Igualdad, del que es ridículo hasta el nombre. Las que se autoproclaman guardianas del feminismo ajeno cumplen la misión más ranciamente machista del mundo mundial: establecer lo que está bien y lo que está mal «porque yo lo digo». Y de esas cabras oímos todos los días el lúgubre cencerro.

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