The Objective
Tadeu

El narcisismo diplomático de Sánchez

«Lo grave y decisivo es saber si Europa adoptará la misma actitud diletante en este conflicto como en el de Ucrania»

Opinión
El narcisismo diplomático de Sánchez

Ilustración de Alejandra Svriz.

Lo de Sánchez no pasaría de mero narcisismo diplomático; solo que ahora Susan Sarandon se le ha derretido y el Financial Times le ha dado estatura mundial, nada menos que de némesis de Trump. Ni en sus mejores sueños. Cuanto peor mejor y mejor si peor hasta el 27. El cisne negro tan esperado ha llegado: jamás pensó Sánchez que su ocasión la pintaran calva y con barba… de ayatolá.

Como siempre en él, todo es táctica y cero estrategia, pero en un país tan ramplón, donde dos de cada tres están contra la guerra en general (como si cada una de ellas no fuera un mundo en sí misma), vuelve a soñar con su «somos más». 

La cruda realidad es que si bien nadie en su sano juicio y con valores quiere la guerra, sí hay guerras justas, como las hay injustas. La Segunda Guerra Mundial fue de las primeras, porque un Hitler ganador habría supuesto el final de las democracias liberales. Pero para vencerlo hubo que ponerse del lado del criminal de guerra Stalin, porque en esa coyuntura él era nuestro criminal de guerra. La posguerra fue lo que fue: medio mundo libre, pero media Europa bajo el yugo soviético, y toda una Guerra Fría (un logro del que todavía vivimos).

Ahora nuestro criminal de guerra ha de ser Netanyahu, que tarde o temprano deberá rendir cuentas por sus crímenes. Pero la guerra en Irán es justa, como se verá si sigue el lector leyendo. 

La izquierda europea y americana, que suele encarnar la biempensancia, siempre ha pretendido ser pacifista (algo desmentido por la historiografía más seria, pero qué se puede hacer contra la leyenda) y enarbola el «No a la guerra» con la soberbia del que cree estar en el lado correcto de la historia. «Cuántos crímenes cometidos en nombre la libertad» dejó dicho la girondina Madame Roland en el catafalco, una de las mentes más preclaras en denunciar la sangrienta Revolución francesa que tanto daño hizo a Francia y a la humanidad.

Hablamos de guerras justas e injustas, no de guerras legales o ilegales. Pero mucho se podría discutir sobre las guerras anticipatorias o preventivas según Naciones Unidas. Aquí un sutil análisis jurídico «armenio» al respecto (en la vida hay que ser muchas veces «armenio», ya me entienden, visto el melonar de sus vecinos). 

 El tan sobrevalorado orden internacional posterior a la última contienda mundial no ha dejado de ser una merienda de negros en la que las potencias vencedoras del eje del mal (Alemania, Italia y Japón) deciden repartirse el mundo en zonas de influencia. De estas potencias, unas resultaron ser democráticas (EEUU y gran parte de la Europa occidental), pero las otras no (la URSS y sus satélites y China). Ese orden internacional fue un paripé sustentado en la Guerra Fría entre estos actores, que nunca se han enfrentado salvo dándose a base de bien en el trasero de otras naciones y mediante guerras regionales interpuestas. Corea, Vietnam en Asia, Irán e Irak en Oriente Medio y las guerras contra Israel, y la inexplicable guerra en Yugoslavia, el mayor oprobio para la Unión Europea desde su fundación.

Así que violar hoy el derecho internacional es como violar un cadáver, por hacer una imagen a lo Arrabal (¡larga vida al maestro!).

La guerra en Irán ha desempolvado (no solo en España, pero sobre todo en España) el famoso «No a la guerra» en Irak de hace más de 20 años, como ejemplo máximo de una guerra de los aliados no solo ilegal, sino profundamente injusta y colonialista (España solo estuvo en la reconstrucción, pero qué más da, la foto de las Azores vale más que mil argumentos). 

La justificación más común es que la posguerra en Irak fue tan desastrosa que nunca debió iniciarse el ataque. Es un marco que compran incluso aquellos que pensaron en su día que este era justo. Para las almas bellas fue una guerra injusta e innecesaria, por tanto caos como dejó y poca paz como obtuvo. Pero es que una guerra justa puede tener una posguerra desastrosa y, en muchos casos, injusta. Rebobinemos dos décadas: la guerra contra el dictador sangriento Sadam Hussein fue una guerra justa, tanto como lo es esta contra Jamenei y sus barbudos asesinos. Por mucho que llevase el estigma de las falsas armas de destrucción masiva, que fue indecentemente utilizado como el argumento que hizo desbordar el vaso, la guerra era necesaria por múltiples razones. Primero, si uno es compasivo, humanitaria: Hussein era un peligro para su propia población (la masacraba a su antojo, incluso con armas químicas prohibidas internacionalmente y no solo a los kurdos), lo era también para sus vecinos musulmanes (no únicamente Kuwait y las petromonarquías, también Irán, contra el que ya había mantenido la guerra más mortífera de la Historia entre musulmanes de la historia, un millón de muertos), y naturalmente para Israel a tiro de sus misiles SCUD soviéticos. Aparte de representar este peligro existencial para todo Oriente Próximo, Irak era una amenaza constante para la estabilidad mundial, con un poderoso ejército y unas ambiciones hegemónicas que el propio dictador alimentaba con su retórica amenazante y su conocida ejecutoria. Sadam Hussein pudo provocar la mayor crisis energética y económica del siglo XXI. Poca broma.

Que primase esto último entre todos los motivos ya mencionados entre EEUU y sus aliados tiene un interés relativo. La lucha por los recursos ha sido la lucha del hombre desde que lo es. La posguerra en Irak fue catastrófica para casi todos, para los que ganaron la guerra y mucho peor para los que la perdieron, es un hecho innegable. Y es cierto que se cometieron todo tipo de errores: el país sigue hoy sin haberse recuperado y anda bajo media tutela, la descomposición favoreció a la Yihad islámica y Al Qaeda, y tuvo repercusiones que llegaron hasta Afganistán.

Sin embargo, ¿qué habría ocurrido de no haberse acabado con el régimen criminal de Sadam Hussein? En el menos malo de los escenarios, el ejemplo del horror de Al Assad en Siria podría darnos una pista. Así que esta guerra en Irán también es justa, como dicen Manuel Valls y Matteo Renzi, poco sospechosos de trumpismo y netanyahuismo, y que critican la postura moderantista de sus países.

El único reproche que se les puede hacer a Trump y a Israel es el no haberla hecho en junio del pasado año, en la llamada guerra de los doce días: cuántas vidas se podrían haber salvado, o más recientemente cuando un descontrolado Trump llamaba a la población a levantarse contra el régimen al grito de «¡Estamos llegando!», lo cual provocó miles de asesinatos de manifestantes.

Guerra justa por múltiples razones: primero, no es cierto, como va predicando el jubileta Josep Borrell por las televisiones, que Irán no era ya amenaza nuclear: lo era y lo es a partir del momento en que, lejos de renunciar a la bomba atómica, se estaba afanando en reconstruir las infraestructuras dañadas en junio para volver a poner en marcha el programa de enriquecimiento de uranio de Irán, algo documentada por informes de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (OIEA). A fecha de marzo de 2026, los informes indican que Irán mantiene acumulaciones significativas de uranio altamente enriquecido, situándose la cifra estimada en el rango de los 400-460 kg de uranio enriquecido al 60%. En segundo lugar, Irán seguía y sigue siendo el mayor patrocinador del terrorismo antiisraelí y occidental, mediante los llamados proxies, es decir, todos los movimientos armados afines y/o terroristas en la región y allende, desde Hezbolá en Líbano hasta los hutíes en Yemen, pasando por Hamás en Gaza. La crema de la crema del terror. En tercer lugar, porque Irán era y es la mayor amenaza para Israel, siendo el único país en condiciones de poner en riesgo su existencia, el único con un ejército capaz de plantarle cara militarmente. Y el único Estado a fecha de hoy que tiene entre sus principios constitucionales la aniquilación de Israel. Lo demás enemigos históricos de Israel lo han dejado de ser, la mayoría por haber sido derrotados militarmente, y los demás porque la realpolitik les ha ayudado a acabar aceptando que es mejor no solo estar en paz con el poderoso vecino judío sino que todavía es mejor estar en buenos términos (acuerdos de Abrahám). En quinto lugar, la posición estratégica de Irán en el golfo, y especialmente en el estrecho de Ormuz, lo hace especialmente decisivo en la zona, por la que circula el 20% del petróleo y buena parte del gas licuado del planeta. Y finalmente porque en la actual Guerra Fría entre EEUU y China es vital que el gigante asiático no se haga con el control de la zona.

Luego están los efectos colaterales beneficiosos: la población iraní lleva décadas bajo el yugo de la primera o segunda peor teocracia del mundo, en competencia con la de Afganistán, y tal vez sea esta una de las pocas oportunidades históricas que tendrá para acabar con el monstruoso régimen de los ayatolás. 

Otro efecto colateral beneficioso es que la guerra de los drones está permitiendo a Ucrania un papel protagónico, al ser hoy por hoy el ejército occidental mejor preparado para este tipo de combate antidron. Si esto hace que EEUU acabe de bascular en la guerra de Ucrania, miel sobre hojuelas.

Cierto es que la postguerra se antoja incierta, y no se puede excluir una salida a la venezolana con una Delcy Rodríguez barbuda (ahora el errático Trump la califica de «maravillosa presidenta electa», sic), que perpetúe el régimen islamista; o bien que el país se encamine hacia el modelo iraquí de descomposición, o incluso de guerra civil.

Resumiendo, esta guerra es justa y necesaria, pero como no puede ser de otro modo, con consecuencias inciertas. 

Volviendo a casa: que la España sanchista se haya erigido en paladín del «No a la guerra» y del «No a Trump», y que no solo lo feliciten los sospechosos habituales, China, Rusia, la Palestina de Hamás, Turquía, sino hasta todo un Macron, puede ser un momentáneo balón de oxígeno para Sánchez. Pero de eso a pensar que, a la manera de los presidentes americanos, una guerra puede salvarle el culo cuando está en crisis profunda a nivel doméstico, es desconocer lo que representa España en el desconcierto actual de las naciones. Flor de un día.

Lo grave y decisivo es saber si Europa adoptará la misma actitud diletante en este conflicto como en el de Ucrania, y si sigue atenazada por el miedo a ser considerada cobeligerante: las consecuencias pueden ser nefastas. De momento, Alemania parece haberlo entendido antes que nadie en Europa, y eso es una buena noticia. No habría que esperar a que Chipre reciba en su territorio más misiles iraníes para poner pie en pared, y en marcha los mecanismos de solidaridad militar de la UE y de la OTAN.

Coda única) Ocho eme. Hoy vuelven las manis feminoides. Quía, si fueran feministas… En ninguna de ellas se recordará a las afganas oprimidas ni a las iraníes asesinadas. Pero sí a las gazatíes, por mucho que sufran el mismo machismo islamista que las mencionadas, tal vez en un octanaje algo inferior. Algunas incluso hoy llevarán el velo en las plazas de España, con un par. Y sobre todo será un clamor el «No a la guerra» de Sánchez, que en todo lo internacional acierta, según su profeta Zapatero. (De lo nacional, está callado, tic tac).

Cuestionario con Mostaza

Otra semana más, en eterno período electoral, le preguntamos a Manu Mostaza Barrios por estas cuestiones.

PREGUNTA.- Según esta encuesta, la proporción de católicos que votan conservador (PP y Vox) ha aumentado, pasando del 55% (UCD y AP) en 1980 y 50% (PP) en 2000 hasta el 64% hoy (PP y Vox). Lástima que excluyan a los conservadores independentistas. Los no católicos votan mayoritariamente desde hace 50 años por partidos de izquierda. Sin embargo, el número de autodeclarados católicos ha pasado del 80% en 1980 a menos del 50% hoy en día. ¿Cómo se explica esa mayor identificación entre el factor religioso y la política? ¿Es la religión hoy más que nunca un factor de polarización? 

RESPUESTA.- Uno de los fenómenos más interesantes de las últimas décadas ha sido el espectacular proceso de secularización de la vida pública y privada en España. Por eso, antes de responder, lo más relevante es entender que si, cuando muere Franco, más o menos el 90% de los españoles se considera católico, esa cifra ha descendido casi a la mitad en apenas 50 años, con un descenso en algunas regiones que hubiera infartado a integristas como Sabino Arana o el obispo José Torrás. Siempre a la vanguardia, Cataluña y el País Vasco son hoy dos de los territorios con menos católicos de España. A partir de ahí, la identificación cada vez mayor de los católicos con fuerzas del centro derecha y de la derecha proviene, creo, de la respuesta de una parte del electorado católico a las políticas agresivamente laicistas tanto de la administración del comisionista José Luis Rodríguez desde 2004, y ahora del Gobierno con ministros comunistas que preside Pedro Sánchez. 

P.- ¿No responde esto a sociedades cada vez más polarizadas como la española y muchas europeas? ¿Tiene sentido hablar hoy de políticas de consenso, de políticas de Estado, o eso pertenece al mundo de ayer?

R.- Sí, lo tiene. Y no debemos renunciar. La polarización no es un tema español: la izquierda ha instalado el marco de la excepcionalidad española desde hace siglos, pero no es un marco real. La conversación pública se ha degradado en Occidente y no es por una sola causa: las redes sociales que operan a través de internet tienen una parte de culpa, al convertir la conversación en una cámara de eco; la pérdida del papel de mediador de los periódicos tampoco ha ayudado, desde luego, pero hay motivos más de fondo: el proceso urbanizador, por ejemplo. Ha avanzado imparable en las últimas décadas y el mundo urbano está mucho más politizado —y tiende más a la polarización— que el mundo rural. ¿Por qué tiene sentido buscar consensos? Porque la comunidad política, el «demos» tiene que integrar a todos los que la forman, entendiendo que la política en una sociedad liberal democrática es una manera de gestionar las discrepancias. Nada más, pero tampoco nada menos. Es mentira que todo sea político, como quiere el populismo autoritario de izquierdas. La política gestiona diferencias de manera civilizada y permite avanzar a las sociedades. Y esas discrepancias solo se gestionan si gran parte de la comunidad está de acuerdo, digamos, con el marco de juego y las reglas marcadas. Pasó en la Transición, por ejemplo, en la que solo se quedaron fuera los irrelevantes extremos a la izquierda y a la derecha. Y es que la democracia, como dijo de manera acertada el poeta Yves Bonnefoy, «es hacer sitio a la realidad de los otros».

P.- ¿Fue, pues, la Transición una anomalía histórica española?

R.- Quiero pensar que no, que no fue una anomalía. Es verdad que la protagonizó una generación que tenía un recuerdo vivo del horror de la Guerra Civil y en un contexto de crecimiento económico durante los años anteriores. Y también están las personas, que influyen más de lo que pensamos. Por eso las primarias en los partidos son un desastre: hay que elegir mejor a los líderes políticos, es muy importante el perfil vital de la persona que toma las decisiones: puede ayudar a los consensos o puede levantar muros…

P.- Cambiando de tercio, ¿cómo puede repercutir la reciente situación internacional en los resultados electorales? ¿Las posturas de los partidos políticos sobre la guerra en Irán pueden movilizar al electorado y generar trasvases? ¿Hay en España un sentimiento mayoritario antiamericano, como siempre se ha dicho, y antiguerra en general?

R.- Si la guerra se alarga, es posible que tenga un cierto efecto movilizador, pero no le auguro un gran recorrido. Las personas que forman parte de la «factoría Moncloa» crecieron con el recuerdo mítico de las movilizaciones de la izquierda contra la guerra de Irak, pero las sociedades cambian. Lo que pasa es que, como vivimos inmersos en nuestra cohorte generacional, no nos damos cuenta. Tenga en cuenta dos datos: en aquella España de 2003 apenas había en torno a dos millones de inmigrantes, hoy son más de diez millones de personas nacidas fuera de España las que forman parte de nuestra comunidad política. Y por otro lado, «el hecho biológico»: más o menos en torno a un 25% de la gente que protagonizó o que recuerda aquellos hechos ha fallecido. Por si fuera poco, esta es una sociedad en la que los varones jóvenes, los más propensos a la movilización, están en posiciones políticas mucho más lejanas a las de la izquierda que hace 25 años.

P.- Nuevo tercio: las elecciones en Castilla y León: ¿cómo van las encuestas? ¿Se va a votar más en clave nacional? ¿Ha tocado techo Vox allí? ¿Tiene sentido que Vox espere a los resultados para decidir si entrar en los ejecutivos de Aragón y de Extremadura?

R.- Todas las elecciones tienen algo de clave nacional, porque los electores votan teniendo en cuenta un panorama complejo en la cabeza, no se separa entre un tema y otro a la hora de votar. Lo normal es que el presidente Fernández Mañueco gane con holgura, que el candidato de Santos Cerdán (la defenestración de Luis Tudanca y la imposición del soriano Martínez Mínguez fue su último servicio a Sánchez antes de entrar en prisión) pierda algún escaño y que Vox suba, pero poco. La formación de Abascal ya estaba alta en las Cortes regionales y le va a costar subir porque las circunscripciones son pequeñas y llegar al segundo escaño en circunscripciones como Soria, Zamora o Palencia es complicado. Lo normal es que los estrategas de Vox desbloqueen las investiduras a partir del lunes 16 de marzo, pero cualquier cosa puede pasar…

P.- Este sondeo de 40Db apunta, en unas hipotéticas generales, a un retroceso del PP y una subida de VOX, cada uno en su mínimo y máximo históricos dentro de la legislatura. El PSOE se mantiene estable mientras Sumar y Podemos van cayendo: ¿pueden consolidarse estas tendencias? En todo este panorama parece que lo único estable son los nacionalismos periféricos, salvo con un hundimiento de Junts por la merma en favor de Aliança Catalana…. ¿Cómo lo ve? 

R.- Los tiempos están cambiando, es verdad, pero los dos grandes partidos llevan más de una década gozando de «una mala salud de hierro». Es verdad que el PSOE adoptó la estética, las maneras y una parte del programa de Podemos para evitar ser devorado por el populismo de izquierdas, pero ahí está, resistiendo como último gran partido más o menos socialdemócrata. En la derecha quizá pase lo mismo, el PP adoptará parte de las maneras y del programa de Vox, pero acabará ganando el envite. Los datos son abrumadores: los dos grandes partidos tienen una alta capilaridad en toda España, mucha experiencia de gestión, con todos sus problemas, frente a partidos urbanos e inexpertos, como lo fue Ciudadanos en su momento y es Vox hoy. 

Otra cosa es, en efecto, en los feudos del nacionalismo periférico: hay que esperar para ver si allí el hundimiento del PS en sitios como Galicia o el País Vasco es coyuntural o estructural. Y allí no se salva nadie: en efecto, el postpujolismo va a sufrir para frenar la xenofobia desenfadada ya de Aliança Catalana, y el Partido Vasco de Dios, el PNV, lo va a tener difícil para resistir la embestida de Sortu y de sus mariachis…

P.- Así pues, ¿el biblioquismo ha muerto?

R.- Espero que sí, porque el concepto no me ha gustado nunca y me parece, en efecto, «fatigoso». Es un invento de los finos politólogos de izquierdas para dar a entender que no pasa nada por juntar los votos de un partido dirigido por los que fueron miembros de una banda terrorista, con los de un partido cuyos líderes fueron condenados por sedición contra el orden constitucional, con los del PSOE. El resultado ha sido un desastre para el PSOE, no hay más que ver los datos de las últimas elecciones o el artículo que comenta, pero si les parece interesante, que sigan insistiendo: que la realidad no te estropee una idea brillante.

P.- Y a todo esto, la encuesta del CIS sobre Irán, pero sin preguntar por la represión…

R.- Cada vez es más complicado comentar el CIS de una manera aséptica. El cuestionario parece confeccionado desde la parte más política de la presidencia del gobierno, no desde un organismo público. ¿Cómo se puede preguntar así sobre un tema tan delicado? En fin…

P.- Y para acabar, este estudio de LLYC sobre la IA y sus sesgos… ¿Son sesgos o bien son el reflejo de la realidad? ¿Hay que pedirle a la IA que impulse otra realidad?

R.- En efecto, la realidad es la que es. Y la IA, a estas alturas, todavía no es capaz de pensar por sí misma, sino que contesta con la información que le facilitamos los seres humanos… Y esa información está sesgada porque los seres humanos somos unas máquinas de producir sesgos. Para los optimistas, este consejo de Popper: con el fuste torcido de la humanidad, no se puede construir nada recto.

Un libro cada semana

¿Quién dijo que los libros de derecho, o de historia del derecho, son un peñazo? Francisco Sosa Wagner lleva media vida desmintiéndolo, algunas veces a cuatro manos con Mercedes Fuertes.

Este librito, aquí, sobre el gran jurista alemán Carlo Schmid (1896-1979), personaje fundamental de la reconstrucción de Alemania y uno de los padres de la Ley Fundamental de Bonn (a no confundir con su némesis y coetáneo Carl Schmitt (1888-1985), petimetre à penser del nazismo en su juventud y legado para el peor podemismo posmoderno), es una delicia para juristas versados, pero también para legos y extraños. Aquí.

En él, el lector se adentra en la breve biografía de Carlo Schmid. El resultado es un ensayo breve y accesible que evita la erudición pesada para ofrecer una narración clara sobre un ámbito —la cultura político-jurídica alemana— que, como decía, suele intimidar al lector no especializado.

El libro se organiza en etapas que funcionan como actos. En el primero aparece el joven Schmid, nacido en Perpiñán de padre alemán y madre francesa, cuya vida transcurre entre el final del imperio, la esperanza de la República de Weimar y el ascenso del nazismo. Jurista y profesor, presencia la colonización de las instituciones por el régimen hitleriano. Sosa recuerda además un hecho incómodo: el amplio apoyo social que tuvo el nazismo, circunstancia que explica la actitud moderada que Schmid adoptaría después en la desnazificación para no convertir a buena parte del país en enemiga del nuevo orden democrático.

La segunda etapa describe su papel en la reconstrucción constitucional de Alemania tras la guerra. Con el país ocupado, Schmid participó en las comisiones que redactaron la constitución de la futura República Federal. De él proceden aportaciones importantes como la moción de censura constructiva o el control judicial de la administración, aunque otras propuestas no prosperaron. La nueva constitución nació así de juristas y parlamentarios más que de consultas populares.

En la posguerra, Schmid combinó su actividad parlamentaria con la defensa de una Europa federal. Socialdemócrata por pragmatismo, desconfiaba del comunismo soviético y mantenía una visión elitista del parlamentarismo. Brillante e irónico, despertaba admiración y recelos por igual. Sosa Wagner muestra también al personaje privado, aficionado a la buena mesa y protagonista de anécdotas como una célebre entrevista radiofónica en la que, enfermo y ebrio, criticó a media clase política sin saber que el micrófono seguía abierto.

Los últimos capítulos recorren su declive personal y destacan su convicción fundamental: la democracia depende de la educación, del lenguaje y del conocimiento de la historia. Con esta biografía clara y concisa, Sosa Wagner rescata a una figura decisiva en la construcción de la Alemania constitucional surgida de las ruinas de la guerra. Altamente recomendable y un placer de lectura siempre con la mejor prosa de Sosa.

Publicidad