The Objective
Anna Grau

¿'Quo vadis', feminismo?

«Este feminismo de Nancys que ve violadores en todas partes menos donde están constituye la peor amenaza contra la mujer desde que dejaron de quemar brujas»

Opinión
¿’Quo vadis’, feminismo?

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hace tiempo que el 8 de marzo es una decepción… cuando no un timo. Hace un tiempo que la supuesta unidad, sororidad, etc., deja un retrogusto abrasivo en la boca. Como si te la enjuagaras con salfumán. ¿Se acuerdan de Irene Montero pidiendo que a las que no fueran de su cuerda no las dejaran pisar la manifestación? ¿O a Begoña Gómez con sus amigas, pegando saltitos y gritando «feminismo liberal, ridículo total»? Pues oiga, si no llega a ser por el feminismo liberal de una tal Clara Campoamor, el sufragio femenino en España habría tenido que esperar, ya que Victoria Kent y otras izquierdistas dogmáticas de la época eran partidarias de retrasarlo… no fuera a ser que las mujeres votaran en masa a la derecha. En lugar de preguntarse cómo podían convencerlas de votarles a ellos, mejor la urna quebrada y en casa, ¿no? Vamos, como Silvia Abril agarrándose un berrinche en la gala de los Goya porque haya chicas que quieren ser monjas de clausura y no influencers woke. ¿Y qué coño, con perdón, le importa a ella? ¿Piensa que creer en Dios debería estar prohibido? ¿Se atrevería a reírse igual de las chicas que quieren hacer el Ramadán?

Ser mujer es un asunto complejo, heterogéneo, transversal. Un feminismo de parte o de secta no es feminismo. Es un secuestro ideológico. Es una ablación de la libertad de la mitad de la población del planeta. Un atentado contra el derecho de toda mujer a ser y pensar lo que le dé la gana.

Si esto ya es grave cuando jugamos en casa, en el mundo casi libre donde más o menos podemos votar, trabajar, ser independientes y elegir forma de vida… el tema adquiere tintes siniestros cuando salimos de esa zona de relativo confort. Cuando miramos a las víctimas de la atroz violencia sexual y de todo tipo del 7 de octubre. Esas mujeres (y algunos hombres) que sufrieron violaciones y mutilaciones en vivo —clavos en la vagina, senos cortados…— antes del martirio definitivo. Esas mujeres iraníes azotadas, encarceladas y asesinadas por no llevar el velo y desafiar a los ayatolás. ¿Se puede tener el estómago de llorar por las inocentes niñas iraníes muertas en un bombardeo (por las que toda la gente decente llora), y no derramar ni una lágrima por el régimen de terror que provocó esos bombardeos en primer lugar?

Es siempre un error pensar que está todo pagado y garantizado, que la libertad ganada no se puede perder. Las mujeres iraníes lo aprendieron por las malas hace cincuenta años (más de un franquismo…), las de aquí deberíamos prestar más atención cuando las ultras que han despedazado el feminismo histórico, para volver a montar con las piezas una especie de monstruo de Frankenstein, nos siegan la hierba bajo los pies.

Piénselo cada vez que no se atreva a llevar la contraria, a decir alto y claro que muchas cosas que están pasando son una barbaridad. Las barbaridades de muy pocos cabalgan sobre la cobardía de muchos. Este feminismo de Nancys de Famosa que ve violadores en todas partes menos donde realmente están, que nos defiende de picaduras de mosquito, pero nos tira a los leones, que reparte escraches a las desafectas como otros reparten agua bendita, constituye la peor amenaza contra la mujer desde que dejaron de quemar brujas en la hoguera. Si Simone de Beauvoir levantara la cabeza, arrancaría unas cuantas. A mordiscos. Y aun así habría hidra para rato.

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