España, el abuso y la historia mal contada
«Ni leyenda negra ni blanqueo: lo que realmente dicen los hechos sobre la conquista y el poder»

La llegada de Cristóbal Colón al Caribe, en 1492. Pintura de Dióscoro Puebla. | Wikipedia
Vivimos en un país de falsos ofendiditos, tanto en la izquierda como en la derecha. Gente que crea polémicas forzadas como arma arrojadiza.
Un ejemplo de ello es la artificiosa controversia en torno a las palabras del rey Felipe VI, con motivo de una exposición sobre el México prehispánico en el Museo Arqueológico Nacional.
Si uno analiza con seriedad lo que dijo SM, la conclusión es rotunda, porque no hizo otra cosa más que expresar una realidad: que hay que evitar el presentismo moral, valorar los esfuerzos singulares de España en la protección del indígena durante la conquista y, al mismo tiempo, reconocer los abusos propios de la condición humana en esa época, situándolo todo en su contexto. Es difícil encontrar una síntesis más equilibrada.
Es obvio que en la extraordinaria empresa de la conquista de América hubo abusos. Los abusos son parte de la cultura de ese periodo y además intrínsecos al ser humano. Esos comportamientos eran habituales en el ejercicio del poder político y militar en el siglo XVI, incluso en empresas bienintencionadas, dentro y fuera de Europa. Si este era el caso en nuestra propia casa, imagínense cuando la aventura militar se realizaba en zonas desconocidas, afrontando peligros inéditos y a miles de kilómetros de distancia. Juzgar estos hechos con estrechez de miras y desde nuestra escala de valores actual es una auténtica simplificación.
Por otro lado, desde el punto de vista casi antropológico, aunque no es excusa, el ser humano puede caer en el abuso cuando ejerce poder. No solo porque el poder corrompa —como advertía Acton—, sino porque puede alterar la percepción moral de quien lo ejerce. Cuando desaparecen los límites externos y se debilita la empatía, el abuso deja de parecerlo y empieza a justificarse como necesidad. Ahí nace casi todo exceso en la historia. Por eso, las sociedades más avanzadas no han confiado en la virtud de quienes mandan, sino en los límites que se les imponen. Y aquí está la clave de todo este embrollo: los límites que la Corona española se autoimpuso para evitar esos abusos.
Ahora pasaré a explicar con calma lo que sí es históricamente relevante —y completamente distinto a lo que hicieron otros imperios— y subyace en las palabras de Felipe VI: es que España desarrolló un marco moral, jurídico y político explícito para reconocer la condición humana de los indígenas y, por tanto, orientado a limitar cualquier exceso.
Hagamos el esfuerzo de analizar los datos históricos. Primero, es un hecho que la Corona —con Isabel I de Castilla— estableció un principio fundamental, absolutamente inédito desde el poder político de la época: los indígenas eran vasallos libres, no esclavos. Para asegurar el cumplimiento de ese compromiso moral, la Reina envió funcionarios a supervisar la situación en América. Y lo verdaderamente extraordinario —que demuestra la convicción moral de la soberana de Castilla— fue, por ejemplo, la intervención en el Gobierno de Cristóbal Colón, que acabaría siendo destituido y arrestado en 1500 por mala gestión y abusos de poder. Y, sobre todo, en su testamento de 1504, donde la Reina deja escrito: «E no consientan ni den lugar a que los indios […] reciban agravio alguno en sus personas e bienes; más manden que sean bien e justamente tratados».
Esto no fue un texto teórico, sino una clara instrucción de Gobierno.
Isabel la Católica plantó la semilla que luego sus sucesores desarrollaron. Tras su muerte, Fernando el Católico dio forma a ese principio mediante las Leyes de Burgos (1512–1513), que constituyeron el primer intento sistemático de regular el trato a los indígenas, reconociendo su condición de personas libres y estableciendo normas sobre trabajo, descanso y protección.
Posteriormente, bajo el emperador Carlos I de España y V de Alemania, las Nuevas Leyes de 1542 intentaron reforzar esa protección, limitar las encomiendas y restringir la esclavitud. Todo ello desembocó en el amplio cuerpo normativo conocido como Leyes de Indias.
¿Funcionó siempre? No. ¿Hubo abusos puntuales? Sí. Pero lo relevante es que existía un marco legal que los reconocía como tales y trataba de limitarlos.
De hecho, el episodio más singular y extraordinario llega a mediados del siglo XVI con la llamada Controversia de Valladolid (1550-1551), impulsada por Carlos I, que enfrentó las tesis de Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre la legitimidad de la conquista y el trato a los indígenas.
¿Un imperio analizando públicamente los límites morales de su propia expansión?
Esto es algo absolutamente inimaginable en esa época. Y, sí, España fue el primer imperio que, de forma sistemática, trató de someter su expansión a un debate moral y a un marco jurídico. Por eso, reducir la conquista a una caricatura de abusos es no conocer la Historia o manipularla neciamente.
Por lo tanto, las palabras del rey Felipe VI no solo fueron correctas, sino que fueron históricamente rigurosas e inteligentes.
Recordemos además que lo verdaderamente especial es que fuimos capaces —impulsados por la Corona— de mirarnos a nosotros mismos, legislar contra nuestros propios excesos y someter nuestro poder a un debate moral, mientras que a nuestros competidores ni se les pasaba por la cabeza este dilema. Ahí reside la verdadera lección que debemos aprender: entender que el progreso comienza cuando el poder acepta sus límites.