Religión, libertad, eutanasia
«Si tienes ante ti al menos dos caminos, eres libre de escoger uno u otro. Pero si tienes solo una opción, por muy maravillosa y perfecta, evidentemente no eres libre»

Ilustración generada con IA.
Dijo san Agustín, tan notable: «Oportet haereses esse…». «Es beneficioso que haya herejes». En el mundo, mientras seamos humanos, nunca vamos a pensar todos lo mismo sobre ningún tema. Si fuésemos del todo homogéneos, estaríamos en la más atroz de las dictaduras, y quizás el principal intento de la democracia (que puede tener otros defectos) es que vivamos en paz y concordia —nada fácil—, pensando y opinando distinto sobre muchos temas, no solamente en política. He conocido a socialistas cabales católicos practicantes y, al otro lado, conozco a muchos conservadores que (aunque tal vez se digan católicos, no siempre) viven completamente fuera del ámbito de la religión. ¿Puede un conservador ser agnóstico? Perfectamente. El caso, al final, es poder elegir, condición que Aristóteles veía como eje y centro de la libertad. Si tienes ante ti al menos dos caminos, eres libre de escoger uno u otro. Pero si delante de ti tienes solo una opción, por muy maravillosa y perfecta que la tal opción se predique, evidentemente no eres libre. Siempre me ha llamado la atención que muchos partidos de derechas metan en su ideología una determinada religión, entre nosotros, por historia, la católica. Y está muy bien que se celebren todos los fastos del catolicismo (ahora la Semana Santa) que muchos siguen fervorosamente, mientras que otros —y no pocos—, lejos de todo eso, buscan playas o descanso relajante o viajes a otros ámbitos culturales.
Unos prefieren una opción y otros la opuesta; es lo normal y humano. No es mejor ni peor el que sigue, piadoso de veras, al Gran Poder que el que se marcha donde no haya tal clima religioso… Puedo sentirme (digamos) cercano al PP —nunca he militado en ningún partido—, pero no voy a penitenciar el Viernes Santo. Me incumbe la moral natural, pero no lo que digan los obispos. ¿Ser de derechas —juego con las situaciones— significa ser católico, apostólico y romano? Puede ser que sí y puede ser que no. La Iglesia se opone al divorcio, verbigracia, pero ¿cuántos conservadores no se divorcian? Creo que la aceptación de la homosexualidad o del divorcio (impensables hace 40 años) son hechos humanos que se aceptan —y así debe ser—, aunque otros se sientan lejos de ambos. El caso es no tomar la piedra agresora ni ser Caín frente a Abel. A mí esta tolerancia (o el asumir lo que es natural) me parece fácil, pero a otros se les vuelve cuesta arriba y hasta están dispuestos a la fronda.
He oído decir: Ayuso va a llenar Madrid de procesiones en estos días. Pues está bien, si no te interesan, no vayas, nada ocurre. El horror comenzaría si te obligasen a ir e igualmente si te obligasen a no ir a una procesión. Más delicado tema que el divorcio o la homosexualidad es la eutanasia (literalmente «buena muerte»), pero, si consideramos, se trata en personas adultas y cabales, nuevamente de un acto, y aquí en verdad un acto supremo, de libertad. El caso más frecuente —aunque no es el único— nos lleva a alguien con una enfermedad terminal e irreversible, que llanamente no quiere sufrir. Conozco —como ustedes— a personas que ofrecen ese sufrimiento tremendo a Dios o a la Virgen en cualquiera de sus advocaciones. Es su deseo y obran muy bien haciéndolo. Pero otras personas (las he conocido muy cercanas), al no tener un sentimiento religioso tan fuerte o pensar, como decía el poeta Brines, que se acercaban a su «segunda nada» —la primera sería la de antes de nacer—, o resisten porque quieren vivir la vida completa, lo que incluye la muerte, o piden terminar sin sufrimiento.
Si un médico no quiere practicar el aborto, se acoge a su libertad profesional y humana, hace bien; y si otro médico está dispuesto —estudiado el caso, ninguna eutanasia es un suicidio romántico, apasionado— a poner en práctica esa «buena muerte» que un paciente terminal desea, ejerce también su libertad personal y profesional, ayudando además a quien —de acuerdo a su razón— desea terminar. Naturalmente, una u otra opción no nos va a gustar, pero el respeto controlado a la libertad del otro ha de hacernos aceptar, aun con disgusto. Tenemos muy cerca el dilema de la eutanasia que se ha practicado hace unos días, y después de ardua polémica, a la joven (25 años) Noelia Castillo. Es de suponer (sobreponiéndonos a lo singular de la juventud) que habrá habido personas e instituciones que hayan hablado con la sufriente Noelia, en contra y a favor de su decisión de acabar. Siendo una persona lúcida y psicológicamente normal, su decisión es lo que cuenta, la suya, aunque a muchos les parezca mal, incluido su padre.
Se dice: A los 25 años se tienen ganas de vivir, no de morir. Sin duda, si se está bien, pero si se padece un calvario, la vida no aparece como una ladera llena de luz, sino como un terraplén sombrío. Como suele ocurrir entre quienes han condenado la eutanasia de Noelia, los ha habido con claro trasfondo político. Puedo decir que estoy harto de Pedro Sánchez y que su entorno chusmeril de extrema izquierda me parece tremendo, pero este hecho no me puede ni debe llevar a oponerme o querer prohibir un acto de libertad individual, esté o no de acuerdo. El católico piensa que la eutanasia está mal y es pecado, porque es Dios el dueño de nuestra vida. Pero si no creo en Dios o veo otros matices en lo divino, es lógico que me dé igual la condena católica. No siento cátedra de nada, ni condeno ni apruebo. Acepto que sin libertad no hay humanidad genuina.