The Objective
Ricardo Dudda

Catástrofes, cotilleos y propaganda

«A ver si gana el PP y vuelven de nuevo las protestas en la calle. Hasta que no pierda Sánchez, la indignación solo encuentra su lugar en la resignación»

Opinión
Catástrofes, cotilleos y propaganda

Ilustración generada mediante IA.

En España los escándalos duran poco. No quiero caer en el típico discurso de «en Europa…», pero es que creo que en otro país europeo, si el presidente hubiera tenido el móvil espiado durante meses por un país vecino y dicho país lo hubiera chantajeado y obligado a deshacerse de su ministro de Exteriores, el escándalo habría sido mayúsculo. Y, sin embargo, todavía me encuentro hoy con gente informada que no le dio mucha importancia a ese suceso (¡o incluso no se enteró de ello!). Algunos son como esos expertos en democracia iliberal en Hungría y EEUU que luego no tienen nada que decir de las derivas iliberales de aquí.

Pero también es un problema amplio de nuestra sociedad civil, cada vez más informada de política, pero de una manera exclusivamente mediática, es decir, como fenómeno mediático: no es fiscalización, es cotilleo. El caso Ábalos es primero una gran telenovela y cotilleo, y ya luego es un caso de corrupción. El caso del espionaje de Pegasus (discúlpenme la obsesión), en cambio, fue una noticia curiosa, y la leímos como quien lee alguna ocurrencia extraña de otro país.

Luego hay tragedias o acontecimientos que no pueden mediatizarse como cotilleos, como la dana, el accidente de Adamuz o el apagón. Es entonces cuando hace aparición el aparato propagandístico del Gobierno, que hace un gran esfuerzo de descontextualización, disuasión, dispersión y obstaculización. El objetivo no es esclarecer los hechos, sino buscar culpables y, sobre todo, echar balones fuera. Durante casi un año, el Gobierno y Red Eléctrica insistieron en lo inédito e imprevisible del apagón; de pronto, unos audios filtrados de técnicos de Red Eléctrica demuestran que durante meses la situación estaba al límite («Tenemos un problemón con las tensiones, tenemos un problemón brutal» o «muy bestia, nos la vamos a pegar» y «algún día vamos a ver un cero gordo»).

También durante meses el Gobierno ha estado insistiendo en que el accidente de Adamuz, donde murieron casi 50 personas, no tenía que ver con un fallo de seguridad; una investigación judicial ha descubierto que la vía llevaba 22 horas rota y no saltaron las alarmas, y también se especula con un posible encubrimiento de las pruebas por parte de ADIF. Es lo de siempre: puedes buscar la verdad, pero déjame primero garantizar que no me encontrarás culpable. 

«El Gobierno se dedica a etiquetar de ‘bulo de ultraderecha’ todo aquello que refute su relato»

En una columna reciente en este periódico, Guadalupe Sánchez hace una comparación certera y deprimente: hace diez años hubo gente que salió a la calle para protestar por el sacrificio del perro Excálibur, infectado con ébola. Hoy, en cambio, tras 46 muertos por un accidente de tren donde se ha demostrado una clara negligencia, no hay un fervor crítico ni remotamente parecido. Las familias de las víctimas sufren en silencio y el Gobierno se dedica a etiquetar de «bulo de ultraderecha» todo aquello que refute su relato. Lo mismo pasó con el apagón. Otra negligencia del Gobierno, y sin embargo muchos lo recuerdan como un día de ocio inesperado: debo ser el único al que le preocupó mucho que un país que se cree civilizado estuviera un día entero sin luz ni teléfono.

A ver si gana el PP y vuelven de nuevo la fiscalización, la sociedad civil y las protestas en la calle. Lo vimos con la dana en Valencia, que ha tenido durante dos años manifestaciones masivas constantes (¡comprensiblemente!) en las que se exigía la dimisión y el enjuiciamiento de Carlos Mazón. Yo quiero eso en toda España, no solo donde gobierna el PP. Pero hasta que no pierda Sánchez, la indignación solo encuentra su lugar en la resignación.

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