La derrota del eje Trump-Putin-Orbán
«La derrota de Orbán es una noticia estimulante que revela la vitalidad de las sociedades democráticas, pese a estar expuesta a tantos años de manipulaciones»

Ilustración generada con IA.
Los resultados electorales en Hungría representan una gran victoria para la democracia en Europa y en todo el mundo frente al eje autócrata que actualmente forman Donald Trump y Vladimir Putin junto a su caballo de Troya en nuestro continente, Viktor Orbán, que ayer fue felizmente derrotado en las urnas.
No es una derrota definitiva, puesto que Trump y Putin acumulan aún poder más que suficiente para desestabilizar los sistemas democráticos y el propio Orbán ha construido en 16 años de mandato una arquitectura totalitaria que no será sencillo desmontar de la noche a la mañana. Pero es una noticia estimulante que revela la vitalidad de las sociedades democráticas, pese a estar expuesta a tantos años de manipulaciones y demagogia como la de Hungría, y pone en evidencia que aún existen recursos institucionales para impedir que los enemigos de la democracia liberal se impongan.
La defensa de Orbán en Hungría era la última y más evidente batalla que Trump y Putin disputaban juntos. Ambos comparten la voluntad de someter al continente europeo a su voluntad y de disolver los organismos y los valores de la Unión Europea, que representan una ofensa a sus propios valores antidemocráticos. Orbán era un aliado clave en esa estrategia, ya que, sin plantearse renunciar a su pertenencia a la UE, se dedicó sin descanso a socavar la actividad y la supervivencia de ese proyecto.
Una de las tácticas que Orbán ha utilizado desde hace años para conseguir su objetivo antieuropeo y pro-Putin ha sido el fortalecimiento de partidos de extrema derecha en los diferentes países europeos que comulguen con sus ideas y respalden sus planes para debilitar a Europa. Con dinero ruso, Orbán ha creado una especie de internacional populista y promoscovita que hoy constituye uno de los mayores peligros para el futuro de la UE. En España, ese papel lo ha asumido Vox.
La estrategia de Putin y Orbán se vio avalada desde el primer día por la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. La presencia del vicepresidente J. D. Vance en los últimos días de campaña de Orbán ha sido la muestra más grosera de la existencia de ese nuevo eje del mal, pero ya antes había habido múltiples indicaciones de cuáles eran las intenciones del presidente norteamericano. Nadie antes que él había hecho tanto en tan poco tiempo por destruir la larga y positiva alianza entre Washington y sus aliados europeos y, para la satisfacción de Putin, nadie había hecho tanto por comprometer la existencia de la OTAN.
Con la excusa de perseguir a los tiranos y cuestionar un orden internacional decadente, Trump ha liquidado en pocos meses la estabilidad que daba preponderancia a las democracias y que plantaba cara a los desafíos de Putin. Ni una sola de las decisiones de Trump en este tiempo ha perjudicado a Putin ni ha podido interpretarse de forma hostil a los intereses del líder ruso. El ejemplo más obvio es Ucrania, donde Washington se ha puesto claramente del lado de los propósitos expansionistas de Moscú con el pretexto de conseguir una paz que, en esas condiciones, sería en claro perjuicio para Ucrania.
El resultado en Hungría es una esperanza de que esa tendencia antidemocrática que hemos conocido en los últimos años, con el pacto entre Putin y la extrema derecha, últimamente respaldada por Trump, en contra de la democracia liberal europea, pueda contenerse. Es indudable que el avance de esas fuerzas se explica en parte por la frustración de los ciudadanos europeos ante la ineficacia de sus instituciones y, en mayor medida, por el aumento excesivo de la inmigración. No se espera que el probable sucesor de Orbán, Péter Magyar, descuide las exigencias de su país en ambos aspectos.
«La defensa de Orbán en Hungría era la última y más evidente batalla que Trump y Putin disputaban juntos»
Europa tiene muchas cosas que resolver por sí misma, además de hacer frente a Putin y Trump. Pero la coalición de facto entre esos dos personajes, unidos a quienes, por convicción o intereses, les obedecen en los diferentes países de Europa, supone una amenaza inmediata con la que nadie contaba hasta hace poco y de una envergadura mayor de lo conocido hasta ahora.
La derrota de Orbán no es el fin de todo eso. Ni siquiera es seguro que sea el retorno de Hungría a la democracia plena, puesto que el régimen que Orbán construyó, con el uso de su mayoría y de la ley, no será sencillo de desmontar. Sin embargo, es un mensaje claro contra todos aquellos que usan las instituciones democráticas con fines antidemocráticos. Es inevitable, en este sentido, pensar en lo que Pedro Sánchez ha venido haciendo en España desde que llegó al poder.
Lo ocurrido en Hungría es, igualmente, una pésima noticia para los partidos como Vox que han basado su éxito en el escepticismo extendido entre la población sobre la vigencia y las virtudes de las democracias liberales. Más importante aún, es una pésima noticia para los partidos de extrema derecha que han crecido súbitamente a la sombra de los fondos suministrados por Putin vía Orbán.
Queda confiar ahora en que la derrota de Orbán sea anuncio de algo más ambicioso aún: del declive de Trump, que se queda sin su principal aliado en Europa, y al que esperan en noviembre unas elecciones que podrían conducir a su impeachment. Como Putin no se esfuerza en mantener apariencias de democracia, su régimen no caerá por elecciones, pero sin Orbán y con un Trump debilitado, su influencia puede disminuir de forma ostensible. Gran noche para la democracia.