José García Domínguez

Otro día de la marmota catalana

«Como ordena la tradición, pues, la Cataluña española se abstiene de nuevo, otra vez, la enésima. Y los secesionistas vuelven, también otra vez, también la enésima, a ganar, y sin despeinarse demasiado, por incomparecencia del adversario»

Opinión

Otro día de la marmota catalana
Foto: ALBERT GEA| Reuters
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Vuelve la vieja normalidad, la de siempre, la deprimente de toda la vida. Como ordena la tradición, pues, la Cataluña española se abstiene de nuevo, otra vez, la enésima. Y los secesionistas vuelven, también otra vez, también la enésima, a ganar, y sin despeinarse demasiado, por incomparecencia del adversario. Un déjà vu rutinario en la demarcación. 2017, ahora ya lo sabemos, solo fue la excepción llamada a confirmar la regla consuetudinaria. El miedo, que obra milagros sufragistas. Pero esta vez no había miedo, de ahí el revival del retraimiento diferencial. Es como una maldición bíblica. Hay varias docenas de docenas de tesis doctorales intentando explicarlo, cada una con su hipótesis particular. Pero la razón última de ese fenómeno tan específicamente catalán obedece con toda probabilidad a una compleja combinación multifactorial. De entrada, procede olvidar esa tan manida y tan manoseada foto fija de la Cataluña de los setenta, la que se maneja siempre en las redacciones de los periódicos madrileños para analizar el asunto. Porque el tiempo pasa. Y para todos. Así, y desde 1990, más de la mitad de los abstencionistas crónicos en los comicios autonómicos resultan ser electores que han nacido en Cataluña, amén de haber recibido toda su instrucción escolar, tanto la primaria como la secundaria, empleando de modo exclusivo el idioma vernáculo. No, el que se abstuvo el domingo en Hospitalet no fue el andaluz de la maleta de madera, aquel de las fotos en blanco y negro de cuando el Plan de Estabilización. El que no votó fue su nieto, que habla catalán sin acento y solo visitó Andalucía en algunas vacaciones de la infancia. Pero no es hoy el momento -no hay tiempo- de tratar de descubrir las razones profundas de esa deserción asimétrica.

A primera vista, el nuevo tablero político doméstico parece una sopa de letras por el exceso manifiesto de siglas con derecho a escaño. Demasiados partidos, sin duda, para un lugar tan pequeño. Pero todo ese panorama deja de antojarse tan extravagante cuando se recuerda que en Cataluña comparten un mismo espacio físico e institucional dos lealtades nacionales distintas, cada una de ellas provista de su propio abanico de fuerzas que abarcan la totalidad del espectro ideológico propio de Occidente, desde la derecha más berroqueña hasta el izquierdismo más naíf. Porque si a algo se parece el mapa político catalán es al propio de Bélgica. Dos partidos socialdemócratas distintos, uno para cada comunidad cultural; el PSC para los castellanohablantes, Esquerra para los catalanohablantes. Dos partidos de la izquierda radical también distintos; la CUP para los autóctonos sin mácula, En Comú Podem para sus iguales con raíces familiares en el resto de España. Un partido de derechas más o menos populista, Junts per Catalunya, para los catalanes de linaje viejo; otro populismo castizo de derechas, el de Vox, para los catalanes «nuevos». Y, en fin, otra derecha más o menos liberal, el PDECat, para los unos, y la simétrica derecha de parejo porte tibio y tecnocrático, Ciudadanos más el PP, para los otros. Un territorio, dos países. En cuanto a las lecciones de este domingo de penitencia, dos son las fundamentales. La primera y clarísima es que extraviarse en la Plaza de Colón de Madrid constituye la vía más rápida y segura para consumar un suicidio ritual colectivo en las urnas catalanas, también en las catalanas. El batacazo descomunal, apoteósico, de Ciudadanos certifica una evidencia tozuda, a saber: que en Cataluña, y por la singular composición sociológica del grueso de la población descendiente de la inmigración interna del siglo XX, la causa españolista solo se puede defender con éxito desde la izquierda, únicamente desde la izquierda.

Por eso ganó en ese segmento durante toda la vida el PSC hasta el día que se le ocurrió formar el Tripartito. Pero han aprendido, es evidente, la lección. Porque desde la derecha se puede hacer ruido y testimonialismo, sí, pero no se puede ganar. Es imposible. Segunda lección crítica: Puigdemont es un muerto que goza de una salud de hierro envidiable. Un cuarto de hora antes de cada convocatoria electoral está a punto de ser orillado y eclipsado de modo definitivo por los más pragmáticos y posibilistas chicos de la Esquerra, pero cuando llega el instante de la verdad, como el dinosaurio del cuento de Monterroso, sigue ahí. Una capacidad de supervivencia, la acreditada por Puigdemont, que unida al resultado tan óptimo de la CUP convierte en del todo inviable cualquier tentación de explorar alianzas alternativas por parte de la Esquerra. Si no quiere acabar como Arrimadas y Carrizosa, a Junqueras no le queda otra posibilidad que reeditar la coalición con Junts per Catalunya. Ninguna otra. Por su parte, Vox, otro de los ganadores de la noche, tendrá que comenzar, y cuánto antes, con los ejercicios de ventriloquía que desde hace tantos años practican los socialistas en Cataluña. No será nada fácil retener dentro de un mismo granero electoral a los muy activistas vecinos de la calle Núñez de Balboa de Madrid y a tantos jóvenes desempleados de los barrios deprimidos del cinturón de Barcelona que acaban de votar a Garriga. Le Pen les puede dar algunas lecciones prácticas al respecto. Del PP, mejor ni hablar. Y una última constatación desolada: el seny, esa suprema estafa intelectual, no existe.

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