Jorge San Miguel

'Prima della rivoluzione'

«Ya no queda radicalidad y la dulzura de la vida se nos ha hurtado, quién sabe si para siempre»

Opinión

'Prima della rivoluzione'
Foto: IMDB| IMDB

La frase de Talleyrand da título a una película del joven Bertolucci: «Quien no ha vivido antes de la Revolución no conoce la dulzura de la vida». El príncipe de Benevento se refería a su revolución; Bertolucci, a la que proyectaba la juventud radical de los 60. En nuestro caso la dulzura de la vida boomer debe remitirse a los años dorados entre el desarrollismo y el estallido de la burbuja, cuando de las postrimerías del franquismo a las del 78 un par de generaciones accedieron a la vida de clase media —y a la ilusión de traspasarle la vida de clase media a sus hijos—. Ahora vivimos siempre entre una revolución real y otra imaginada. O incluso una revolución televisada que, baudrillardianamente, no tuvo lugar: el 15M, que ha dejado ante todo placas y diputados. Ya no queda radicalidad y la dulzura de la vida se nos ha hurtado, quién sabe si para siempre.

El otro día se fueron de fiesta las fuerzas vivas mientras al popolo minuto le endilgaban restricciones graves y contradictorias —la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento, pero los poderes nos lo están poniendo cuesta arriba—. Da la sensación de que juegan con fuego sin saberlo, como niños o idiotas. Era una entrega de premios, que en este mundillo suelen ser estructuras autoportantes: no puedo faltar a unos premios tan importantes y los premios son muy importantes porque voy yo. La vanidad mueve el mundo como una fusión nuclear y a veces quema.

Las fotos de la fiesta remiten a Versalles, y es tentador ser Marat. Tentador y lucrativo si lee uno bien la jugada: en la crisis anterior más de un tribuno del pueblo consiguió incrustarse en el sistema a base de colarse por los boquetes que entre ZP y la crisis le hicieron al ecosistema de medios. Ignoramos quiénes sean los Marat y Robespierre de la crisis que viene, pero dudo que la protagonicemos los que estamos ahora. A Irene Montero la anterior le pilló en la calle con un megáfono y en esta se la imagina uno en algún salón de espejos, encargando estudios sobre el color rosa y recetando pasteles a los hosteleros que echan el cierre por ruina.

Hay un no sé qué revolucionario en el ambiente y el presidente de Repsol dice que el capitalismo no funciona —lo que tampoco es raro si miras la acción de Repsol—. El cabreo es transversal y no sabemos por dónde empezará a arder. Quizás por otra foto dentro de no mucho, cuando se acaben los ERTE y se empiece a notar sin paños y sin Pascuas la magnitud del destrozo. En Túnez un vendedor callejero se pegó fuego. Un día estás saludando en el balcón, te empiezan a abuchear y, cuando te quieres dar cuenta, estás en un helicóptero camino de Targoviste. ¿Quién será nuestro Gadafi, patéticamente arrastrado en un pickup con un palo en las posaderas? Iglesias y Sánchez no tienen vocación sacrificial; o más bien son reyes sacrificiales pero al revés: en lugar de dejarse acogotar a final de año para asegurar la cosecha, sacrificaremos la cosecha, los primogénitos o lo que toque para que sigan un año más en el machito. Cioran escribió que era inexplicable que los dioses no hubieran devorado el sol cuando los aztecas dejaron de hacer sacrificios humanos, pero es que no conocía a esta tropa.

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