Andrea Mármol

Rutina: la intimidad permitida

En la playa de Benalmádena este final de julio todo parece pensado para ser visto y expuesto a los demás. Desde la pequeña terraza de la habitación del hotel puedo ver la hilera de rocas a unos veinte metros de la orilla a la que no dejan de acudir bañistas para subirse a ellas casi en un acto de proclama y, una vez allí, quién sabe, puede que algún familiar desde la sombrilla les tome alguna fotografía.

Opinión

Rutina: la intimidad permitida
Foto: Manu Fernandez
Andrea Mármol

Andrea Mármol

Periodista descreída de las citas y datos. Demodé. De la levedad sabida nace la virtud.

En la playa de Benalmádena este final de julio todo parece pensado para ser visto y expuesto a los demás. Desde la pequeña terraza de la habitación del hotel puedo ver la hilera de rocas a unos veinte metros de la orilla a la que no dejan de acudir bañistas para subirse a ellas casi en un acto de proclama y, una vez allí, quién sabe, puede que algún familiar desde la sombrilla les tome alguna fotografía. Ahora un crucero mediano pasa demasiado cerca de las rocas a una velocidad desmesurada, como si deseara ser percibido por los bañistas, que no tardan en saludar a gritos a los moradores del barco.

Es mi primer verano en Benalmádena y también he podido avistar más avionetas con publicidad en una hora y media de baño que en toda una vida. De ellas, huelga la mención a su afán de protagonismo. Pero hay más: el hotel en el que nos hospedamos tiene una zona de tumbonas en la playa y nos reparte a cada cliente una toalla de color naranja chillón y un sombrero de paja. Desde luego parecemos condenados a que las personas de alrededor conozcan dónde dormimos y quiénes somos. En el chiringuito resulta muy fácil averiguar todo sobre los demás.

¿Acaso alguna vez reparamos tanto en el desconocido de al lado prejuicios que antes de tomar un vuelo? Y sin embargo, nos parece que observarle ahí nos los dice todo de él: el despreocupado que viaja con su equipaje de mano excediendo el límite permitido, el incauto extranjero con su bronceado desmedido y la madre infeliz fuera de su rutina que protesta por cada menudencia mientras ha de despegar el avión.

Con el último ejemplo, puedo verlo claro. Quizás porque es la primera vez que no viajamos juntos los cuatro, pero la ausencia de los demás me ayuda a ver cuánto hay de cese de la intimidad en el periodo estival en familia, que se convierte en una prueba de fuego para la ahora venida a menos institución. En mi casa las cosas siempre han funcionado con una serte de pacto que, ahora comprendo, tiene poco de particular: somos los primeros en conocer los problemas de los otros solo si podemos arreglarlo entre nosotros, dejamos que otros tercien y no hacemos preguntas.

Asumimos rápido que fuera del núcleo existen agentes capaces de hacernos más felices a ratos. No hacía falta determinarlos. Sabemos que son paseos largos para retrasar la hora de llegar a casa, licores que se compran para beber en otra compañía o llamadas a horas intempestivas. Esa especie de intimidad permitida que reservamos hace de la familia ese plebiscito cotidiano que se quiebra con las vacaciones. Quizás por eso ya no necesitamos viajar juntos: porque quedaríamos expuestos igual que los bañistas.

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