THE OBJECTIVE
Juan Claudio de Ramón

Sebastianismos

«¿Tenemos en España una forma propia de sebastianismo político? Quizá esto: el anhelo, periódicamente expresado, de una izquierda jacobina que rescate la nave del estado de su zozobra»

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Sebastianismos

El buen rey Sebastián volverá para salvar Portugal. Dicen que murió sin heredero en la batalla de Alcazarquivir, pero no hay que perder la esperanza: quizá está solo desaparecido, retenido en algún lugar, preso de alguna penosa circunstancia que le impide hacerse presente. Eso, al menos, es lo que las trovas de los poetas le cantaban al pueblo portugués: el rey no ha muerto y volverá un día para echar a la dinastía usurpadora. La historiografía lusa dio a esa añoranza de corte mesiánica el nombre de sebastianismo. Un fenómeno que la wikipedia define con singular precisión: «inconformidad con la situación política vigente y expectativa de salvación milagrosa a través de la resurrección de un muerto ilustre». ¿Tenemos en España algo que encaje en ese molde? ¿Una forma propia de sebastianismo político? Quizá esto: el anhelo, periódicamente expresado, de una izquierda jacobina que rescate la nave del estado de su zozobra. Hubo una izquierda nacional. El día que regrese la amenaza balcánica que se cierne sobre el país se habrá conjurado. Y, de paso, tendremos un partido al que poder votar. 

Lo cierto es que desde el punto de vista normativo el deseo es irreprochable. Si el núcleo axiológico de la izquierda es la creación y custodia de una ciudadanía igualitaria, entonces la alianza con partidos que aspiran a destruir esa ciudadanía común invalida las credenciales izquierdistas. Los partidos que convencionalmente en España se llaman de izquierda no lo serían; de ahí se sigue la necesidad de un nuevo partido que reconcilie palabra y concepto. Pero ¿y si se trata de un hiato que no se puede cerrar? Si lo real de la izquierda contemporánea española es asumir como propia la noción de una España formada por pueblos frente al ideal de una España formada por ciudadanos, ¿cuánto tiempo es prudente esperar el retorno de una izquierda que reconcilie lo existente con lo normativo? ¿Y si resultara que, en esta época líquida, la izquierda ya no es un robusto fondo axiológico sino una especie de juego de lenguaje wittgensteniano en el que algunas palabras se reconocen como «de izquierdas» («Catalunya», «Euskadi») y otras no («España»)?

La reflexión viene a cuento de la hipótesis reflotada de un Ciudadanos de centro-izquierda. No es una idea absurda, y de ahí que renazca cada tanto. Pero tengo para mí que está hipótesis ya fue falsada: UPyD, un partido al que una declarada impronta socialdemócrata no le sirvió para ser reconocido en el mercado político español como partido «de izquierdas». La razón: su abroquelada oposición a los nacionalismos. Lo que importa no son las palabras sino saber quién manda, decía Lewis Carroll; agudo pero inexacto: porque quien manda es quien manda sobre el uso de las palabras y quien manda en España no acepta que el discurso de lo común español sea un discurso propio de la izquierda. Algunas de las mejores inteligencias del país creen que semejante estado de cosas es una anomalía y quieren combatirlo. Simpatizo, pero me temo que sus esfuerzos les abocan a la melancolía. No es que no haga falta, es que no es viable. Lo cual no quiere decir que todos los que quieran combatir el nacionalismo deban ingresar en las filas de «la derecha» (otra etiqueta de la que ya hablaremos otro día). También se puede uno citar con semejantes en algo que no quiera ser ni más ni menos que un «centro». Por si no cambian los dioses, y el buen rey Sebastián no regresa.  

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