The Objective | Noticias exclusivas y opiniones libres en abierto
Publicidad
Eduardo Garrigues

Franco y Colón

«Una interpretación sesgada de la historia de la colonización española en América solo se explica por la supuesta supervivencia en España de una ideología franquista»

Zibaldone

Franco y Colón

En un artículo de opinión publicado recientemente en la prestigiosa revista The New Yorker, el autor Jon Lee Anderson cita las declaraciones de algunos políticos españoles —mencionando exclusivamente los procedentes de partidos de la derecha o extrema derecha— en defensa del legado de España en América que ha sufrido en los últimos tiempos ataques de distintos sectores en la prensa estadounidense considerada «de izquierdas» (aunque no existe un equivalente exacto de esa expresión española en inglés porque el apelativo genérico de «liberal» no significa lo mismo si se traduce literalmente a nuestra lengua).

En un texto trufado de descalificaciones e insultos al legado hispánico —Cristóbal Colón es calificado de «italian freebooter», cuyo equivalente en español sería ladrón, saqueador, filibustero— y donde no faltan las consabidas referencias a la Inquisición y la reconquista —que se identifica en ese artículo como sinónimo de la conversión obligada o expulsión de los «moros» (resulta pintoresco utilizar un término tan pasado de moda en España)—, se declara que la defensa de una interpretación sesgada de la historia de la colonización española en América solo se explica por la supuesta supervivencia en España de una ideología franquista —a pesar de haber transcurrido 46 años de la muerte del dictador—. El periodista llega a la grave conclusión que el responder a las críticas sobre el legado de España «equivale a negar el holocausto».

Franco y Colón 1
Francisco Franco. | Foto: Dominio público

Esta acusación resulta especialmente desafortunada porque, sin negar que la colonización española en América —como todas las colonizaciones, incluyendo la de Roma en la península ibérica— pudo incluir abusos y violencias, si hay algo que diferencia el legado España, es que nunca adoleció de la lacra del racismo que sí practicaron otras potencias coloniales. Si de ejemplo sirve un botón, podemos mencionar el caso de don Juan de Oñate —adelantado y colonizador del actual estado de Nuevo México— cuya memoria fue también vilipendiada y su estatua, derrocada, que estaba casado con una nieta de Moctezuma.

El contenido del artículo de The New Yorker llama la atención no tanto por la desafortunada comparación entre la colonización española y el holocausto —que, aparte de otros horrores, tenía un elemento esencial de racismo—, sino por la falta de percepción del autor sobre los sentimientos que prevalecen en un gran sector de la sociedad española actual. Quienes nos conocen bien, como el historiador Enrique Krauze, no dudan en destacar el espíritu de «autoflagelación» que, según el autor mexicano, domina la mente de muchos españoles. Quien frecuente las estanterías de historia de las librerías habrá podido comprobar la proliferación de volúmenes de reciente publicación dedicados a rechazar la interpretación sesgada de la historia de España por la llamada «leyenda negra» (término que me parece absolutamente desafortunado y que me gustaría suprimir del vocabulario).

Pero esas publicaciones que defienden el legado España en América no responden, como interpretaría el artículo que comento, a un renacimiento de la ideología franquista (me viene a la cabeza aquello de «por el imperio hacia Dios»); sino que, muy por el contrario, corresponden a una valoración objetiva de unos acontecimientos históricos que han sido interpretados de forma errónea por una historiografía que, aunque parezca mentira, se remonta a la época en que Inglaterra rivalizaba con España por la hegemonía mundial y utilizaba para esa lucha no solo barcos y cañones sino una propaganda maliciosa. Según el historiador argentino Marcelo Gullo, la leyenda negra contra España es la operación de marketing más exitosa de la historia.

No resultaría difícil trazar una trayectoria ininterrumpida del flujo de los mitos y estereotipos negativos sobre España, que gran parte de la historiografía estadounidense heredó de su antigua metrópoli. Empezando con La historia de America, publicada por William Robertson, que describe al colonizador español como cruel, tiránico con nativos y sediento de oro, mientras que valora a los pioneros anglosajones como agricultores diligentes dispuestos a obtener el rendimiento de la tierra con su propio esfuerzo. Por una curiosa coincidencia, Robertson publica ese alegato antiespañol en 1777, el mismo año en que los rebeldes americanos ganan en Saratoga la primera victoria importante sobre la metrópoli en parte gracias a la ayuda en armas y pertrechos que habían recibido de la corona española cuando todavía Carlos III no había decidido declarar la guerra a Inglaterra.

No resultaría difícil trazar una trayectoria ininterrumpida del flujo de los mitos y estereotipos negativos sobre España, que gran parte de la historiografía estadounidense heredó de su antigua metrópoli

La falta de un reconocimiento de la decisiva ayuda de España a la independencia de los Estados Unidos responde a factores subjetivos y objetivos. Entre los primeros puede citarse la relación estrechísima entre el general Washington y el marqués de Lafayette, cuyo nombre es bien conocido en América, a diferencia del de Bernardo de Gálvez, que solo muy recientemente ha sido reconocido como ciudadano honorario por el Congreso de los Estados Unidos. Pero ese gesto tardío de reconocimiento no equilibra la balanza en las escalas de la historia. En el libro 1776, de David Mc Cullough, que recibió el premio Pulitzer de historia y está considerado la Biblia de los volúmenes sobre la guerra entre los estados rebeldes y su metrópoli la palabra «Spain» aparece citada solo una vez (pag 52). Y sin embargo, es impensable que el ejército de George Washington —incluso con la ayuda de Francia— pudiera vencer al poderoso ejército y a la flota británica si, unos meses antes de la decisiva batalla de Yorktown, Bernardo de Gálvez no hubiera expulsado a los ingleses de la cuenca del río Mississippi y de las plazas fuertes del Golfo de México.

Entre los motivos objetivos que explican esa falta de reconocimiento en los Estados Unidos de la ayuda de España a la independencia resulta evidente que, una vez que se habían sacudido el yugo del imperio británico, para su necesaria expansión hacia el oeste los nuevos estados se encontraban con el obstáculo de los dominios españoles y la imposibilidad de dar salida a sus productos por el río Mississippi, donde la corona española exigía derechos de navegación exclusiva por haber conquistado durante la guerra ambos lados de esa importante arteria fluvial.

Obviamente cuando un periodista de talante «liberal» critica los defectos de la colonización española y —dando un salto monumental en la historia— compara el supuesto autoritarismo y fanatismo de los españoles de esa época con la ideología franquista —que se considera de alguna forma aún presente en nuestro país—, no le interesa en cambio recordar el comportamiento de los colonizadores anglosajones con los indios y los hispanos que poblaban los vastos espacios al oeste del Mississippi que fueron objeto de segregación o exterminio siguiendo el imperativo del «Destino Manifiesto». Como demuestra claramente la recopilación de documentos en el libro de David J. Weber Foreigners in their own land (Forasteros en su propia tierra) a los pioneros que penetraron en el sudoeste —en lo que habían sido tierras bajo dominio español y luego mexicano— les convenía perpetuar los estereotipos negativos de la «leyenda negra» para poder dominar a los herederos de la raza española que según Josiah Gregg, conservaban «parte de la crueldad de sus ancestros y una proporción no escasa de su intolerancia y fanatismo».

El libro de Josiah Gregg incluye un mapa que por primera vez describía con detalle la ruta desde San Luis (Missouri) a Santa Fe (Nuevo México) fue publicado en 1844, dos años antes de que Estados Unidos declarase la guerra a México y le arrebatase más del 50% de su territorio. Quizás los pioneros americanos suponían que con esa anexión les estaban haciendo un favor a los ciudadanos mexicanos, descendientes de los españoles.

Envía el primer comentario

Publicidad

MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D