Pérez Llorca y Catalá, dos estrategias opuestas ante el congreso del PP valenciano
Génova ejerce de árbitro entre ambas posiciones y, al mismo tiempo, de actor decisivo

Pérez Llorca y Catalá mantuvieron su primera reunión desde la llegada del primero a la Generalitat Valenciana este miércoles en el consistorio valenciano | Rober Solsona / EP
Casi 20 días después de la constitución de la gestora del Partido Popular en la Comunidad Valenciana, el debate interno sigue lejos de cerrarse. La cuestión ya no es tanto la fórmula orgánica —asumida como transitoria— sino cuándo y en qué condiciones se celebrará el próximo congreso regional, una cita clave para definir el liderazgo del partido y el candidato a la Generalitat Valenciana en 2027. En ese escenario, Juanfran Pérez Llorca y María José Catalá encarnan dos estrategias opuestas, con Génova ejerciendo de árbitro y, al mismo tiempo, de actor decisivo.
Este miércoles, Pérez Llorca volvió a marcar posición. El líder del PPCV y president de la Generalitat insistió en condicionar la celebración del congreso a la finalización de la reconstrucción tras la dana, con el argumento de que «hay demasiado tiempo para hacerlo». En esa línea, reivindicó una transición «ejemplar» tras la salida del expresident Carlos Mazón y defendió la continuidad de la gestora como fórmula para seguir trabajando como «un partido unido».
El mensaje no es menor. En la práctica, Pérez Llorca abraza públicamente un discurso de aplazamiento, alineado con la idea de que el congreso no es ahora una prioridad, aunque internamente su posición sea más compleja. El presidente necesita tiempo para consolidar su perfil institucional y evitar cualquier desgaste prematuro, pero también es consciente de que sin congreso no existe una legitimación plena de su liderazgo orgánico.
Un congreso imprescindible… pero no inmediato
En el entorno del presidente valenciano se reconoce que el congreso regional es, tarde o temprano, inevitable. Sin embargo, la estrategia pasa por desdramatizarlo, presentarlo como un trámite lejano y evitar que se convierta en el eje central del debate político interno. De ahí el énfasis en la reconstrucción tras la dana como argumento para retrasar cualquier discusión orgánica.
Pérez Llorca aspiraba inicialmente a ser refrendado como presidente del partido a través de una junta directiva regional, una vía que le habría otorgado autoridad orgánica sin necesidad de un congreso abierto. Esa opción fue descartada por la dirección nacional, que optó por una gestora amplia y tutelada desde Madrid. Desde entonces, el presidente valenciano navega entre dos necesidades contradictorias: ganar tiempo sin renunciar a la legitimación futura.
Catalá y la política del «no congreso»
Si para Pérez Llorca el congreso es un objetivo a medio plazo, para Catalá es, hoy por hoy, un escenario a evitar. La alcaldesa de Valencia carece de una estructura territorial sólida y su fortaleza no reside en el control del aparato interno, sino en su relación con algunas personas que alimentan la idea de su perfil como mejor candidata al gobierno valenciano ante la dirección nacional.
En ese contexto, el aplazamiento del congreso juega claramente a su favor. Sin votación interna, el liderazgo del partido y la candidatura autonómica quedan en manos de Madrid, donde Catalá cree que podría contar con los apoyos que no tiene entre la militancia valenciana. Su estrategia pasa por mantener el statu quo, evitar una confrontación orgánica y dejar que el calendario y la dirección nacional hagan el trabajo.
Este miércoles se produjo, además, un nuevo gesto cargado de simbolismo. Pérez Llorca visitó el Ayuntamiento de Valencia, en lo que fue su primer desplazamiento institucional al consistorio desde que asumió la presidencia de la Generalitat. El movimiento resulta llamativo por contraste. Catalá no acudió a reunirse con él al Palau de la Generalitat, algo que protocolariamente sería lo habitual. La comparación es inevitable con la primera reunión que mantuvieron Mazón y Catalá el 1 de agosto de 2023, escenificada precisamente en la sede del Gobierno valenciano.
Gestos, silencios y mensajes cruzados
La visita de Pérez Llorca al Ayuntamiento puede interpretarse como un intento de proyectar una imagen de normalidad institucional. Sin embargo, en clave interna, subraya también la distancia política entre ambos dirigentes. No hay enfrentamiento pero sí una coreografía medida de gestos y silencios que refleja la falta de una estrategia compartida.
Mientras Pérez Llorca insiste en el discurso de unidad y gestión, Catalá evita movimientos que puedan interpretarse como un respaldo explícito a su liderazgo autonómico. Cada uno juega su partida con tiempos distintos y con públicos distintos: uno mira al territorio y al gobierno; la otra, a Madrid y al futuro reparto de cartas.
En medio de este pulso emerge un tercer actor que condiciona cualquier escenario de congreso: Vicent Mompó, presidente provincial del PP de Valencia y presidente de la Diputación valenciana. Su influencia no deriva de la visibilidad pública, sino de la capacidad de movilización interna. Valencia concentra el mayor número de militantes del partido en la Comunidad Valenciana y, si el congreso se convoca con urnas y delegados, el peso de esta provincia resulta determinante. De hecho, la provincia de Valencia sumó más de un millar de nuevos afiliados durante el pasado año, todo un logro en una estrategia clara de Mompó de estar preparado por si hay reunión máxima a lo largo del año.
En el partido se da por hecho que Mompó es clave para sostener la estabilidad territorial durante la transición, pero también crece la percepción de que no está dispuesto a quedar reducido a un papel secundario. De hecho, ha anunciado la convocatoria de una cena este viernes en la población valenciana de Alzira con unas 1.400 personas —a la que está prevista que acuda el propio Pérez Llorca, quien sabe que su otrora aliado antes de la marcha de Carlos Mazón sigue siendo una clave de bóveda del futuro del partido— una escenificación de fuerza orgánica y recordatorio de que, llegado el momento, ningún equilibrio interno será viable sin el aparato valenciano que encabeza Mompó.
Ese músculo territorial explica también por qué la dirección autonómica ha cuidado la escenificación con Mompó de forma distinta a la empleada con Catalá. Mientras a la alcaldesa se la intenta «conquistar» en público porque se la considera un contrapoder, a Mompó se le da ya por «dentro» y, por tanto, se le atiende menos en lo simbólico. Una lógica que algunos dirigentes consideran arriesgada si el congreso acaba convirtiéndose en una batalla real.
Camps, el cuarto factor
A este equilibrio se suma un elemento que, Catalá y Pérez Lorca por ahora ignoran, conscientes de que si llega un congreso no podrán seguir haciéndolo: Francisco Camps. El expresidente de la Generalitat ha confirmado su intención de concurrir al congreso regional cuando se convoque y cada semana reclama su celebración. Hoy dispone de equipo, estructura y varios centenares de seguidores, por lo que de celebrarse un cónclave debería contarse con él.
Su presencia introduce una incertidumbre adicional que refuerza la estrategia del aplazamiento. Un congreso abierto, con más de un candidato, podría convertirse en un foco de ruido mediático y división interna que Génova quiere evitar. Algunas de las fuentes consultadas incluso advierten de que «no habrá congreso valenciano hasta no llegar a un acuerdo con Camps».
En este tablero, la dirección nacional del PP aparece como la gran beneficiada del aplazamiento. La gestora permitió desactivar una crisis inmediata tras la salida de Mazón y, al mismo tiempo, retener el control del proceso interno. Un congreso ahora implicaría una batalla abierta con resultado incierto; un congreso más adelante permitiría llegar con los equilibrios más claros —o con un acuerdo previo—.
Fuentes del partido admiten que Génova no tiene prisa. Prefiere un partido contenido, sin ruido orgánico, mientras evalúa la evolución del Consell, el clima social y las opciones reales de cada aspirante de cara a 2027.
Así, el PP valenciano avanza en una tregua tensa. Pérez Llorca defiende públicamente que no hay prisa para el congreso, aunque sabe que lo necesitará. Catalá necesita que no exista mientras Madrid conserve la última palabra. Génova observa, administra los tiempos y decide cuándo mover ficha. Mompó, con el mayor censo de militantes y capacidad de movilización, se mantiene como el factor territorial que puede ordenar la transición… o complicarla. Y Camps, como outsider, constituye el factor sorpresa. La pregunta ya no es sólo si habrá congreso, sino quién llegará mejor posicionado cuando llegue el momento.
