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Cultura

Miguel Aguilar: «No pueden obligarme a publicar bajo amenaza de convertirme en censor: ¡es casi peor que lo contrario!»

Una conversación con uno de los principales editores de este país y director editorial de Debate, Taurus y Literatura Random House

Miguel Aguilar: «No pueden obligarme a publicar bajo amenaza de convertirme en censor: ¡es casi peor que lo contrario!»
Debate Penguin Random House

Mirando atrás, la vida cobra sentido. «Mi madre era periodista cultural. Mi padre, periodista de un corte más político. En mi casa se leía muchísimo y yo era un niño muy lector. Siempre leyendo. Cuando más he leído ha sido de pequeño. Y de una manera un poco inconsciente tenía muchos editores alrededor. Javier Abásolo, que fue muy importante en Siglo XXI y Alianza [murió hace unos días]. Jaime Salinas. Javier Pradera. Toni López. Ah, y mi madrina era Carmen Martín Gaite». De modo que nadie en su familia, en su familia de sangre y en la otra, se llevó las manos a la cabeza: Miguel Aguilar escogió el camino de los libros (¿qué iba a hacer si no?) y aquí está, con su nombre propio, como director editorial de Debate, Taurus y Literatura Random House.

No fue necesario un plan de fomento de la lectura.

Mi madre tenía muchas aficiones y muchas manías. Yo heredé lo segundo. Hay libros que no he leído nunca porque mi madre, de pequeño, me dijo que eran un coñazo… No les he dado ni una oportunidad, ¡ni se me ha ocurrido tocarlos! Pero las aficiones no nacen así. Ahora, a mis hijos, les estoy intentando leer La isla del tesoro, pensando que es una buena idea…

¡Y no!

Vamos por la página 50 y no hay manera de avanzar. Así que contagiar entusiasmo –y que conste que es lo que tiene que hacer un editor– es complicado entre generaciones. No lo estoy consiguiendo del todo con mis hijos. Tocan libros, pero no los que yo intento.

¿Qué libros te impresionaron?

Como mi madre trabajaba en Cultura, en periódicos, llegaban muchos libros a casa. Todos los de Alfaguara, la colección infantil y juvenil de Austral… Recuerdo los libros de Erich Kästner. Los libros de Michael Ende. Recuerdo leer con absoluta devoción El señor de los anillos. Tendría nueve o diez años. Recuerdo los libros del Oeste. El pequeño vampiro. Muchísimos libros que me entusiasmaron, con los que me lo pasé extraordinariamente bien.

Después de haber leído tanto, ¿conservas esa pasión?

Es difícil, Jorge. No te voy a engañar. Está claro que es más fácil entusiasmarse cuando lees tres libros al año que cuando lees 300. Me gusta pensar que nos sucede como a los cocineros: cuando te pasas el día cocinando, comer no termina de ser exactamente lo mismo. Sigues disfrutando de sabores, de texturas, de platos; pero no es lo mismo. Al final, me paso el día… no te diré que leyendo, pero sí hablando de lo que leo. Hablo muchísimo para buscar portadas, para buscar textos, para pensar cómo venderlos. Eso hace que pierdas el entusiasmo y, al mismo tiempo, que leer algo que verdaderamente te entusiasma tenga un valor añadido.

¿Por ejemplo?

¡Es que algunos no son míos! (ríe)

Y no vamos a hacerles las promo porque sí, claro.

Vamos a abrir el marco. Me lo he pasado muy bien con el libro de Daniel Gascón, Un hipster en la España vacía. Con Contra la España vacía, de Sergio del Molino. Con Volver la vista atrás, el libro de Juan Gabriel Vásquez. Con el libro de Galder Reguera sobre la historia de sus padres, que es un libro extraordinario (Libro de familia). Con El ocaso de la democracia, de Anne Applebaum. Me sigue pasando.

Ya veo.

Afortunadamente, siguen llegando cosas en las que entro totalmente: me sumerjo, pierdo la mirada del editor. Hay libros que te afectan. No pasa nada por tener mirada de editor, ¿eh? Pero supone un obstáculo para disfrutar realmente del libro. Cuando lo logras superar, como con Distancia de rescate (Samanta Schweblin), es maravilloso. Y me lo he pasado en grande con América, un libro de Martín Caparrós que vamos a publicar en septiembre.

Asumiste una gran responsabilidad en Debate siendo muy joven, con 30 años.

Piensa que llegué a Tusquets con 23 años. Estuve un ratito. Me fui. Volví. Estuve cuatro años llevando la colección de ensayo. Llegué a Debate con un jefe con las espaldas muy anchas. Era Claudio López. Había mucha parte de esa responsabilidad de la que no era consciente. Lo único que sabía era que tenía que sacar libros interesantes y ventas aceptables. Eran años donde el mercado era más poroso y se vendía más. Eso cambió a partir de 2010 o 2011. Pero llevaba ya unos años en Debate. Era otra cuestión. Tenía una mezcla de inconsciencia y tranquilidad. Pensaba que me habían fichado porque lo hacía bien.

Tenías una gran amistad con Claudio.

Yo empecé con el tío Toni. Es la misma persona con la que empezó Claudio. Esa especie de inicio similar, aunque él lo había hecho veinte años antes, provocó que nos identificáramos bastante. Entablamos una relación especial, muy bonita, a la que estaré eternamente agradecido. Claudio perpetuaba algunos valores, algunas ideas, que son propias de la edición independiente. Me gusta aclarar que esto es gracias a Claudio y gracias al gran grupo: en el entorno en que Claudio operaba había una filosofía que permitía que algunos sellos no tuvieran rendimientos económicos notables: se consideraba que esos libros y sellos aportaban de otra manera. Las editoriales tienen, también, una misión cultural.

¿Qué aprendiste de él?

Claudio propició un entorno y se enriqueció de él. Supo crearse ese nicho, ese hueco, que permitía poner en valor a autores más minoritarios, una edición destinada a minorías (que podían ser amplias, con el tiempo). Aprendí de esa posibilidad: uno puede estar en un gran grupo y mantener unos estándares de calidad. Hay una cuenta de resultados, pero también el editor independiente la tiene. Lo único que, en un gran grupo, la persona que decide el umbral de lo que hay que ganar y la persona que decide lo que hay que publicar no es la misma. Claudio lograba manejar las dos variables con una inmensa habilidad y se ganó una credibilidad genuina entre autores y agentes. El editor, para transmitir un entusiasmo, se lo tiene que creer. Vender un libro que no te crees es complicado. Puedes hacerlo una vez, tal vez dos; pero llega un punto en el que el periodista te deja de creer.

¿Has tenido algún momento de duda razonable sobre tu trabajo, ganas de dejarlo?

Lo tuve cuando me fui de Tusquets en 2004. Estuve a punto de hacer un Doctorado en Políticas en Pensilvania. Pero hablé con Claudio. Él se había ido de Tusquets. Me dijo que no me fuera, que él me fichaba. Así que me tomé un año sabático: me fui unos meses a Madagascar con una novia y me incorporé a Random House Mondadori. Sí, lo tuve. Fue una posibilidad muy real.

«La edición, en su esencia, consiste en transmitir ese entusiasmo»

Y viajando al ahora, ¿en qué consiste un día normal?

Leer es casi imposible. A menos que tengas una presentación por la tarde, por ejemplo. De nueve a seis estás haciendo otras cosas. Hoy [el lunes] he visto fajas y portadas. He estado hablando de la promoción de libros, tanto con agentes como con periodistas. He estado hablando con mis colegas latinoamericanos para ver qué libros van a sacar ellos de los que publico aquí. Hay muchas reuniones de coordinación. Frente a una editorial más pequeña, en un grupo como este hay más equipos y más gente a la que tienes que ir coordinando, supervisando y escuchando. Es un trabajo variado, fascinante, divertido —y además tocas libros—.

Redel me habló del privilegio de tener a Cartarescu y de la envidia del lector que no tiene que leerlo como editor.

El problema es que para disfrutar de un texto tienes que leerlo como un lector puro, es decir, como un lector para el que ese texto es un destino final. Para un editor, ese texto no es un destino final, sino intermedio. Primero, te tiene que resonar, te tiene que gustar. Y luego tienes que preguntarte: «¿Qué hago con esto? ¿A quién le puedo transmitir este entusiasmo que siento?». La edición, en su esencia, consiste en transmitir ese entusiasmo. ¿Cómo puedo conseguir que tres mil personas vayan a por este libro? También puedes tomar una decisión arriesgada, que es más fácil si eres Redel. Siempre digo que los editores independientes, y Redel es extraordinario, tienen una capacidad de riesgo muy alta por libros muy pequeños. Puede ser un Cartarescu o un poeta nicaragüense que tiene un libro estupendo sobre la noche en Managua. Un editor pequeño puede hacerlo porque, si logra convencer a mil personas, es la pera. ¿Qué es mejor? No sé qué decirte. A mí me gusta lo suyo. Y también lo mío. Estoy seguro de que él estaría encantado de publicar a alguno de nuestros autores. No sé si a Vargas Llosa, pero tal vez a otro.

¿Qué envidias de una editorial independiente?

La capacidad de centrarte en doce libros al año. Ahora mismo, por distintas razones, mi carrera ha ido por otro camino y soy responsable de ciento y pico libros al año. Es un libro cada tres días. Es muy difícil que cada libro reciba de mí la atención que merece. Es cierto que tengo un equipo de editores extraordinarios, pero el tiempo que le puedo dedicar a cada libro es limitado. A veces veo a Impedimenta, a Libros del Asteroide, a Elba, y pienso en todo lo que podría hacer si me centrara en doce libros. Sería maravilloso. Son distintos caminos.

Oye, nunca sabes…

Nunca sabes: igual me meto en un sello así y lo hundo (ríe). A veces te gustaría centrarte en un libro y no puedes. Hace unos años me encontré con un libro de Peter Brown, El mundo de la Antigüedad tardía, y resulta que lo había publicado Taurus. Y lo rescatamos. El autor seguía vivo, que yo no tenía ni idea. Cerramos una entrevista con Babelia, que le dedicó la portada y unas cuatro páginas, y vendió como seis ediciones…

Cuántas veces te habrás encontrado con un libro que estaba destinadísimo al éxito y, sin embargo, pasó lo que pasó.

El mayor éxito que he publicado en mi vida, y tengo 45 años, es Sapiens. Es difícil que publique un libro así de exitoso en lo que me queda, que espero que sea –al menos– 40 años más. Sapiens es un libro maravilloso, no digo que no lo merezca; pero libros que pensaba que iban a vender muchísimo más que Sapiens hay muchos. Y que Sapiens haya vendido lo que ha vendido me sigue sorprendiendo. Entiéndeme: me sorprende para bien. Y todo lo que venda me parecerá poco. Hay libros interesantísimos que no te explicas por qué no van tan bien. Está claro que los libros que venden tanto tienen una cosa especial. Sapiens ha vendido 18 millones de ejemplares en todo el mundo.

¿Y ese libro que, vaya por Dios, se escapó?

Siento decirte que no eres el primero en hacerme la pregunta…

¡Pero siempre hay un lector nuevo!

Piketty. Clarísimamente. Una cagada evidente. Y compartida. En España, lo publicó Fondo de Cultura Económica, que es una editorial maravillosa (pero no deja de ser estatal mexicana), porque ninguna de las editoriales comerciales (ni nosotros, ni Planeta, ni Alianza, ni ningún independiente) decidió apostar por él. Era un libro muy interesante, pero de historia económica. 800 páginas. No parecía que fuera a ser una bicoca comercial. No supe ver la importancia que iba a tener. Es un libro que puso la desigualdad y el aumento de la desigualdad como uno de los temas clave de los últimos diez o quince años. Fue un error monumental. Lo tuve en mi escritorio y no vi la importancia que iba a tener. Si me preguntas en qué me he equivocado…

Tampoco quería proporcionarte un látigo…

(Ríe) ¡Que he acertado mucho, oye! Un amigo americano decía: «No puedes juzgar a un editor por lo que no ha publicado, sino por lo que sí ha publicado». Suscribo esa opinión.

En Valencia se dice que Cristiano Ronaldo estuvo a un café de firmar. Y ese presidente vive tranquilo.

Yo vivo tranquilo, sí. No me castigo demasiado.

¿Qué suele tener un libro para que te llame la atención?

¡Dame un libro y te diré qué es! Pero llevo 25 años y no hay receta. No sé cuánto hay de sal, cuánto de pimienta, cuánto de hinojo. Primero, te tiene que interesar intelectualmente. Segundo, te tiene que involucrar emocionalmente. Hay un libro que acabamos de publicar, Hacia la estación de Finlandia, que es una historia del socialismo, realmente, y que es maravilloso. Edmund Wilson logra las dos cosas.

Un libro debe tener, desde luego, algo imposible de explicar.

Porque, de lo contrario, lo podrías reproducir. ¡Y venderías 100.000 ejemplares de cada libro!

No sé si en el terreno de la no ficción encuentras algo que me decía Ciompi: demasiados escritores de taller de escritura.

Es más una derivada de la ficción. Recuerdo que hubo un auge de la crónica latinoamericana, que tenía autores realmente maravillosos, y una especie de generación posterior que lo intentaba demasiado. Se les veían las costuras. Se les veía que buscaban esa crónica perfecta. Esa ambición era evidente. Pero yo no soy tan contrario a las escuelas de escritura. Creo que hay algo que ayuda. Hay gente que tiene historias que contar y se va a Iowa [Iowa Writers’ Workshop], o a un taller más pedestre, y consigue sacar la historia que tiene dentro. Está claro que no hay una manera única de contar las cosas. Y si aparece una pistola en la primera página, no hay por qué dispararla. Puede pasar que alguien que no ha hecho un taller en su vida aparezca con una primera novela fabulosa. Como Luis Landero, por ejemplo. Juegos de la edad tardía era una novela perfecta y él no había pasado por ninguna escuela: había leído mucho y había ido madurando esa historia.

«Hay que tener cuidado con una cosa: ¿qué es censura y qué no?»

Y como editor de no ficción, ¿hay corrientes políticas y/o sociales que te preocupen particularmente?

No. Sobre todo, tengo que estar atento para tenerlo en cuenta. Hay cuestiones interesantes: la democracia y hasta qué punto vamos a mantener esta regla de las mayorías y las minorías, cómo vamos a navegar el auge de las redes sociales, cómo esas opiniones fluctuantes se compaginan con una democracia representativa que se agota cada cuatro años, la sostenibilidad medioambiental, la libertad de expresión, la cultura de la cancelación, qué opiniones podemos suprimir y qué opiniones debemos respetar y quién lo decide…

¿Temes que la cultura de la cancelación llegue con esa ferocidad americana a España?

No, pero hay que tener cuidado con una cosa: ¿qué es censura y qué no?

Woody Allen, por ejemplo.

Hachette no las publicó allí, pero otros lo hicieron. Tampoco puede ocurrir que una editorial tenga que publicar con tal de no ser acusada de censora. Los actores privados deben tener el margen de decidir qué quieren publicar y qué no. Es Hachette quien decide no publicarla en Estados Unidos y sí en España. Y a mí el tema de Woody Allen me parece absurdo. No hay ningún elemento que sugiera que es culpable. Ahora bien, no me pueden obligar a publicar un libro bajo amenaza de convertirme en censor: ¡es casi peor que lo contrario!

Pero…

La cultura de la cancelación es un problema evidente en Estados Unidos. En Europa no es el caso. Yo creo que hay que tener más cuidado con qué causas apoyamos.

A qué se da voz y a qué no.

Hemos publicado a Judith Butler. Hemos publicado a Rouco Varela. Hemos publicado un libro de Rubén Amón en defensa de los toros —y hemos perdido tres seguidores en Instagram; a lo mejor no era el canal para promocionarlo—. Hemos publicado libros muy feministas y otros muy críticos con el feminismo. Mi sensación es que tanto Debate como Taurus y Literatura Random House son sellos donde caben todo tipo opiniones.

¿Qué descartarías?

No publicaría libros antisemitas. No publicaría libros que defiendan la pena de muerte. Y, de haber sido editor en los ochenta, no hubiera publicado libros en favor de la despenalización de las drogas en plena epidemia de la heroína en España. Ni se me hubiera ocurrido. Y son libros que he publicado en los años 2000.

Ni un libro que niegue el covid…

¡Ni un libro sobre por qué debes invertir más tiempo en Facebook!

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