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Cultura

Valeria Ciompi: «Imagina escribir sin emplear ningún término ofensivo: mejor cerrar el quiosco»

Una entrevista breve con la directora editorial de Alianza: Madrid a sus cosas y nosotros, a las nuestras

Valeria Ciompi: «Imagina escribir sin emplear ningún término ofensivo: mejor cerrar el quiosco»
B. Moya Alianza Editorial

La elegancia está en el movimiento y en el no-movimiento: al abrir una puerta y al cerrarla, al acompañarla en su recorrido y al aguardar a su encaje, o al seguir adelante, como si Brando, como si nada. La elegancia da para escribir un tratado o ninguno, como es el caso; pero a veces se encuentra y, bueno, salta a la vista. Valeria Ciompi, que lleva veinte años en la dirección editorial de Alianza, tiene ese estar que se extiende a las cosas, que alcanza la palabra bien dicha y que va más allá de la palabra empleada: tendrá (tal vez) algo que ver con ese acento castellano-campano que se resiste a las bifurcaciones. «Yo nací en Caserta, cerca de Napoli, en el sur de Italia», sonríe. «Una familia con muchos primos, muchos tíos, una tribu. Una vida exterior. Ammarcord les sirve a mis hijos para comprenderlo. La vida intelectual no estaba en el centro de nuestra vida».

¿Cuándo te vino, pues, la cosa de los libros?

No tanto en la infancia como en la adolescencia. Sólo tengo una hermana y es dos años mayor. Estábamos muy unidas, siempre jugando. Un día, en una tarde de vacaciones, me dijo que no venía a la playa: «Yo me quedo leyendo».

¡Cómo es posible!

Mi mamá es maestra y teníamos algunos libros en casa, pero esto me llamó tanto la atención que comencé a leer. Eso sí, de una manera anárquica y comenzando con libros de adultos. Mi primer descubrimiento fue El retrato de Dorian Gray, a los once años.

Qué pensarían de ti…

Unos amigos de mis padres les dijeron: «¿¡Sabéis lo que está leyendo la niña!?». En los libros comencé a ver el reflejo de la extrañeza que yo sentía frente al mundo. En el momento de la adolescencia, de la distancia, en que empiezas a ver las cosas con cierto descreimiento, encontré un diálogo con los libros. No voy a decir que intelectual, porque tenía once años: ¡sería ridículo! Espiritual. Eso sí.

La personalidad se forma en esos años. Luego uno ya hace lo que puede.

Esos primeros años te permiten tener una identidad inventada. Yo no sé si ese mundo era tan idílico como lo recuerdo. En el fondo, llevo viviendo en España desde los diez años. Eso me convierte en una española diez años más joven de lo que soy. Tener un pie en un sitio y un pie en el otro te permite algunos consuelos. Cuando no te gusta lo que hay en uno, vuelves la mirada al otro. Mi madre era maestra en el Liceo italiano y yo estudié ahí. Al acabar el Bachillerato, tenía que decidir si seguía mis estudios aquí o en Italia. Mi hermana volvió. Pero yo estaba tan metida en este Madrid de los años ochenta que volver a Roma era como entrar en un cementerio. Bueno, quizá no tanto. Pero Madrid era apasionante. Había una vitalidad, una energía.

Y estudiaste Periodismo.

Y trabajé, nada más terminar la carrera, en la revista Casablanca. Mítica.

¿Estaba Boyero por ahí?

Y Fernando Trueba, Fernando Savater, Cabrera Infante… Estábamos los pequeños, que éramos nosotros, y los que tenían diez años más que nosotros. Estaba Ángel Fernández Santos. Eran grandes nombres. Fue una experiencia fascinante. Tuve la suerte de ser la que menos sabía y la más pequeña.

¿Y la única mujer?

Fíjate: yo creo que sí. ¡Y era la redactora jefe! Se dio la curiosidad de que, entonces, el redactor jefe tenía que ser titulado y periodista oficial. Yo era la única. Aprendí muchísimo. Hacía entrevistas. Viajaba a los festivales. Me consideraba muy mayor y tenía 23 años. ¡Qué cosas! La revista se cerró porque los accionistas querían imponer una línea editorial y el equipo, que era muy orgulloso, dijo: «Nos vamos». La revista siguió un par de números más y murió. En ese momento aprendí una cosa que no hay que hacer nunca…

¡Ser fiel a uno mismo!

[Ríe] Que no hay que irse de los sitios: ¡hay que esperar a que te echen!

¿Y qué pasó luego?

Empecé a colaborar con el mundo del cine, con la Filmoteca Española, e hice un concurso-oposición para llevar las publicaciones de la Filmoteca. Hicimos una serie de libros interesantes. Entré en contacto con el mundo editorial privado. Me propusieron, en un momento dado, colaborar con Alianza. Yo llevaba como 16 años en el Ministerio.

¿Te aburría?

No me aburría, pero sentía que había cumplido casi todos mis objetivos. Cuando estás en una institución pública, puedes tener una vida rica; pero no un mayor desarrollo profesional. Salvo que te metas directamente en política, claro.

Y no fue el caso.

Fue muy gracioso. Me preguntaron si estaría interesada en trabajar con Alianza. Y yo: «Sí, por supuesto. Me interesa mucho. ¿Para hacer qué?». ¡Para dirigirlo! Y yo: «¿Cóoomo?».

A lo grande.

Es verdad que siempre tuve con amigos proyectos de revistas literarias, pequeñas editoriales que duraban tres libros. Siempre estuve metida en este mundo. Y ese es el origen. Ya llevo veinte años en Alianza.

«Ha habido épocas en que nos hemos movido por el ensayo histórico. Pero hay una urgencia de reflexión en este momento»

¿Qué queda de esa idea romántica del editor?

En el corto plazo, en lo cotidiano, poco. Se ve en la distancia media y larga. El día puede ser rutinario. Abres el correo electrónico. Ves tus cosas. Entras en el análisis de ventas. Coordinas un equipo de editores. Pero queda una cosa estupenda: el trato con los autores. Con algunos acabas estableciendo algo más que una relación profesional; aunque quede pedante, estableces una amistad intelectual. Hablas de ideas que pueden conformar proyectos. Eso es impagable. Es la sensación que tenía, por ejemplo, con Cabrera Infante al teléfono dictándome un artículo. O con Savater escribiendo sobre Alien. Esa cosa de sentirse aprendiz es fantástica.

¿Como si lo escribieras?

El oficio de editor requiere mucha humildad. Es como si no existieras, aunque no sea cierto. El editor tiene que ser un elemento conductor de las ideas del autor, debe tratar de vehicular eso en una publicación. Da igual que sea en papel o en digital –¡pero papel!–. Voy a explicarme: hay críticos literarios que te transmiten un «yo no lo habría hecho así». Un editor no se puede permitir eso. A un autor le puedes discutir hasta la última coma de un borrador, pero debes discutir desde el respeto y sabiendo que la decisión última le pertenece.

De vez en cuando tendrás que decir un hazme caso, que así es mejor.

Sí, porque el autor está muy pegado a lo que hace. La mirada de fuera le sirve. La libertad del editor es publicarlo o no; pero la palabra del autor es sagrada. Y, una vez publicado, a muerte con él. También te digo que esa idea del editor en la mecedora con la pipa no existe.

¿Y leer…?

Por la noche o en fin de semana. No dedicas horas a la lectura. Depende del lugar, es cierto. Yo dirijo la editorial. Tenemos un equipo de editores. El editor lee más. Tenemos lectores. Pero, cuando hay que tomar una decisión definitiva o cuando vas a editar a un autor importante, no te puedes permitir el lujo de hablar de oídas. Siempre hay tiempo. No sé quién dijo esto: «A qué dedicas el tiempo residual del día marca la diferencia». Yo no veo la tele [ríe].

Dejarse de Instagram marca la diferencia.

Lo bueno de la mezcla generacional es que me puedo permitir no entrar en eso. Soy bastante incapaz. He hecho algún intento. Pero me libera que haya gente que lo hace muy bien dentro de la editorial. Hay un momento en que tienes que hacerte un vacío en la cabeza para marcar distancia y entrar en los temas. Aunque sea una hora al día, en lugar de ver el telediario. Da mucho. Cunde muchísimo.

¿Cuántos noes por cada sí?

Muchos más. Es inevitable. A veces es doloroso. Algunos noes están claros. Pero el número de títulos que publicas es reducido y el número de propuestas es infinito. En Alianza publicamos desde manuales universitarios y ensayos hasta novelas. Uno lee pensando en el catálogo. Hay una gran diferencia entre las editoriales de novedad y las editoriales de catálogo. En Alianza tenemos la suerte enorme porque la idea de proyecto de José Ortega Spottorno, Jaime Salinas o Javier Pradera es perfectamente válida ahora. No hemos tenido que inventar nada. Hemos seguido.

Con una colección de bolsillo que tiene más de medio siglo.

Esa idea de libros de bolsillo que no son segundas explotaciones de éxitos, sino un proyecto de biblioteca. Lo hemos visto estos años: no es finita. Por la crisis o por el cambio del mundo académico, hay muchos autores de excelente nivel que están escribiendo en libros cortos. En bolsillo hemos publicado muchos. Si eres un ciudadano que disfruta leyendo y quiere tener elementos para entender lo que ocurre ahí fuera, estos libros te los llevas a casa –me estoy poniendo comercial…– por un precio entre diez y quince euros. Además, creo que todo lo que falta de reflexión en la esfera pública, está en la esfera intelectual. Hay muchísimos temas sobre los que se está escribiendo y pensando. Ha habido épocas en que nos hemos movido por el ensayo histórico. Pero hay una urgencia de reflexión en este momento y se está manifestando. Me admira cómo alguien como Sergio Del Molino, con esa idea de la España vacía (y detrás tenía a una editora maravillosa: Pilar Álvarez), consiguió un análisis de toda una realidad evidente que estaba oculta.

Se ha manifestado hasta en movimiento políticos. Y los que están por venir.

Lo que teníamos delante de los ojos era una parte de la realidad. Eso te lo revela un ensayo. Y, en literatura, desde hace un par de años, nos hemos ceñido a una literatura… literaria. Con propuestas, por así decirlo, necesarias. Está claro que tenemos a autores importantes como Maalouf o Handke. O que sigue habiendo clásicos que rescatar: nuestro mayor éxito en los últimos años ha sido la biblioteca de Joseph Roth. Pero apostamos por las nuevas voces para contar el presente. Tenemos novelas imperfectas que recogen el aire de los tiempos. Como el libro que acabamos de publicar de María Folguera, que es un buen ejemplo sobre nuestra forma de trabajar.

¿Por qué?

Una editora joven que estaba cubriendo la baja de una editora que no tiene 30 años leyó el manuscrito. Le apasionó. Me pareció un texto interesantísimo y muy vivo y me alegré de dar con eso. A veces las diferencias generacionales hacen que leas de otra manera. No sé si el libro existirá en 30 años, pero el latido del presente lo tiene. Eso es tener una idea de catálogo.

«Hay momentos en que tienes que publicar un libro de cocina para seguir publicando a Schopenhauer»

¿Y qué suele tener una novela para te conmueva?

Puedes pensar que, en este oficio, se pierde la sensibilidad a base de leer tanto. Y de pronto…

Llega un libro que tiene algo.

Pero ¿qué es ese algo? Tiene que ver con el tema. Tiene que ver con la escritura. Tiene que ver con la verdad del texto. Esa idea de que la ficción tiene que ser verdadera. Me pasa con un peso pesado como Juan Madrid: no hay un diálogo que te suene falso. No es la verosimilitud, sino la verdad del texto. Haber leído tanto provoca dejà vus. Pero cada generación tiene que contar su historia. También tengo clara una idea: un texto literario no es un texto escrito con el diccionario de sinónimos al lado, es un texto con una verdad propia. A veces te encuentras textos que pueden ser interesantes, pero que no acaban de funcionar. Y una se tiene que imaginar capaz de convencer a un lector, un librero, un periodista. Eso, con la literatura, es difícil: a veces el único argumento es que la historia es como cualquier otra, pero tiene tal fuerza, tal intensidad, que te lo tienes que leer. Como editor tienes que pensar con dos o tres cabezas.

¿Y la intuición?

La primera intuición como lector es válida. Sabes lo que te interesa, si hace aguas o no. Afortunadamente, nosotros no estamos sometidos a la tiranía del bestseller. Hay veces que nos permitimos algún riesgo: es la ventaja de tener una editorial que publica tanto. Hay momentos en que tienes que publicar un libro de cocina para seguir publicando a Schopenhauer. Hay libros que sabes que no van a tener un recorrido comercial brillante, pero sí un valor dentro del catálogo. Hemos tenido la suerte de recibir algunos refrendos importantes, como el Nobel a Peter Handke. ¡Qué felicidad! Seguimos publicando con frecuencia, y en bolsillo, a un autor que sabemos que tiene 1.500 lectores. Dentro de un planteamiento de rentabilidad, no deberíamos hacerlo.

¿Y tuvisteis una recompensa comercial con el premio?

En el momento, en el momento…

¿En el momento?

No nos engañemos. La última novela de Handke, La ladrona de fruta, es la historia de una chica que sale a andar. Y así te describe el mundo. No puedes pensar en esa novela con una tirada de 200.000 ejemplares. Y a mí me gusta mucho Handke: es difícil recoger un reflejo inmediato de la realidad desde una postura tan individualmente literaria. Los premios sirven, sobre todo, para llegar al lector que no sabe que Handke existe. En la lectura de Desgracia impeorable a los 13 años, en esa época oscura en que coqueteas con la idea del suicidio y el existencialismo, que te sabes raro, encontré un espejo. Y ese fue y es el éxito de El guardián entre el centeno. La literatura del malestar es importantísima para la supervivencia humana.

A ver cómo se lo explicamos a un padre.

La experiencia me dice que las lecturas no pueden dirigirse. Recuerdo mis intentos por que mis hijos leyeran algún libro determinado. Lo que está claro es que tener una biblioteca en casa o una librería cerca propicia encuentros fortuitos. Recuerdo a mi hijo pequeño leyendo a Dostoievski. ¡Bueno! Por eso es tan importante el papel de la enseñanza, ese profesor que abre una puerta. Yo llevo la Divina comedia en la sangre. Un profesor de literatura en el Liceo nos hizo amar a Dante… y a Leopardi —se definía como… ¡marxista-leopardista!—.

Es que basta con llevar a tu hijo a misa para que termine en el Partido Comunista.

Eso que es más difícil de aceptar de los padres, es más fácil que lo aceptes del maestro. Es verdad que también puede darse la repetición, como me ocurrió con mi hermana. Si un libro produce esa atención, esa concentración, ese interés, vamos a ver qué es.

«Hay muchas obras con formas correctas, pero perfectamente irrelevantes»

¿Es posible aumentar de verdad el número de lectores de un país?

Seguro que algo se puede hacer. Hay que empezar por el colegio. Los libros casi han desaparecido de la enseñanza. Me indigna esto: los niños de ahora no son más tontos que los niños de hace cien años. Si un niño de un entorno rural era capaz de leer El Quijote, ¿por qué pensamos que para un niño de ahora será una hazaña insoportable? Necesitará que se le acompañe en ese camino. Pero hay una pérdida del valor social de la lectura. Eso se puede hacer. Decir que leer es importante y transmitirlo.

Y creérselo…

Efectivamente. El éxito de Javier Marías en Alemania se debió a un político, que dijo que lo estaba leyendo. Nuestros políticos, que yo sepa, no hablan de libros. Si leen. Eso sí, aquí todo el mundo quiere tener su libro. La aspiración de cualquier socialité es publicar un libro. No es fácil crear este hábito, pero merece la pena. A veces se hacen campañas del tipo «Leer es estupendo». Pero no demuestran por qué lo es.

Cualquiera se ve capaz de tener un libro, salvo el escritor que sabe que antes estuvo Dostoievski.

Recuerdo la teoría de un sociólogo que explicaba que las personas menos capaces son las que se consideran más capacitadas. Sin embargo, las personas con más capacidades tienen más dudas. Si tienes una idea muy elaborada de lo que es la creación literaria, o la creación artística, te sientes en inferioridad de condiciones. Si ves solamente el escaparate, te dices: «Yo puedo hacerlo, ¿por qué no?». Y te digo más: creo que las escuelas de escritura han hecho mucho daño. [Hace una pausa] A lo mejor se nos va de las manos…

Que se nos vaya.

Leí un artículo en el New York Review of Books hace unos años sobre cómo habían influido las escuelas literarias en la literatura de Estados Unidos. Yo, en lugar de talleres de escritura, haría talleres de lectura. Me parece más útil. Vemos muchos libros que están perfectamente estructurados, pero les falta todo lo demás. La creación literaria es una cosa dolorosa, única, escasa. Basta con mirar la historia de la literatura. Dar esas herramientas para que escribir se vuelva fácil ha hecho que se pongan en circulación muchísimas…

¿Obras sin alma?

Y sin intención, ¿no? Es un tema complejo, desde luego. Pero es cierto aquello que decían: «Si no tienes la absoluta necesidad de escribir, no lo hagas».

En el cine pasa algo parecido: casi todo es lo mismo.

Sí, todo es correcto. Este año se han presentado muchísimos manuscritos al premio Quiñones. Antes, tras leer un manuscrito, a las tres o cuatro páginas decías si estaba bien o mal. Ahora hay muchas obras con formas correctas, pero perfectamente irrelevantes. Como editor uno se lo pregunta: «¿Qué aporta esto?». En el género hay una apertura mayor: puedes encontrar una estupenda novela negra que sea puro entretenimiento. O en la ciencia-ficción. Pero, normalmente, las buenas novelas de género hablan de otra cosa. Y tú puedes quedarte en la trama o puedes percibir lo que hay detrás.

Acabo de recordar cuando le preguntaron a Tarantino cómo aprendió a hacer cine: viendo películas.

En las ferias se ve a personas muy jóvenes. Recuerdo algo muy ingenioso que dijo Gamoneda en la exposición de un pintor: «Este autor tiene mucho futuro; ahora, pasado no tiene». Nos están proponiendo novelas donde dices: «Es mejor que no hayas leído nada: eso explica que defiendas esto con tanto entusiasmo». Claro que hay jóvenes excepcionales, con un mundo interior. Pero hay veces en que es mejor esperar un poco y no pensar que la vida de uno es necesariamente importante para los demás. Que es legítimo. Pero tan legítimo como no publicarlo.

¿A qué autor de vuestro catálogo propondrías para el Nobel?

Tenemos dos autores que tendrían todo el sentido para el Nobel. Kadaré, que es una víctima de la historia de su país. Es un autor enorme. Pero, con todo lo que ha ocurrido en Yugoslavia, está perdiendo lectores. Necesita ser revisitado. Y tiene algo muy interesante: Albania es la Magna Grecia, el origen de la cultura occidental está ahí. Y me interesa mucho un autor coreano, Hwang Sok-yong. Igual como está de moda lo coreano…

Sí que lo está.

Tengo una anécdota con él. Recuerdo que acabábamos de contratar una de sus novelas, La niña vendida. La contratamos y él tenía un encuentro en el PEN Club de Londres con el público. Había estado hablando con el agente sobre el anticipo, un anticipo moderado, porque cuando sacas a un autor asiático no sabes cómo va a funcionar. Y en Londres empezó a contar su historia. No la conocía. Este hombre se fue de viaje literario a Corea del Norte y, de vuelta a su país, fue encarcelado: pensaban que había espiado para los norcoreanos. Tenía una historia personal impresionante, incluso fue soldado en el ejército con los Estados Unidos en la guerra contra Japón. La cuestión: después de ese viaje literario y su encarcelamiento en Corea del Sur, le preguntaron cuál había sido su mayor momento de felicidad. Y dijo: «Mira, una vez, en el patio de la cárcel, vi detrás de unas piedras una lata de sardinas. Sin que nadie me viera, día a día, estuve golpeando la lata hasta hacerme una cuchara. Y poder comerme la sopa con una cuchara fue el mayor momento de felicidad».

En ese momento, me dije: «¿Hemos estado discutiendo cuánto pagábamos por este señor?». Es un autor fascinante. Tenemos otro libro suyo en camino.

«La neutralidad insulsa no sirve para nada»

Hay un tema que no se puede escapar: el éxito de las memorias de Woody Allen.

Fue un golpe de suerte, pero un golpe de suerte que no fue casual.

Pudo salir mal…

Pudo salir mal. Salió muy bien. Contratamos el libro con una editorial del grupo Hachette. Empezamos a traducir y nos encontramos con la noticia: el propio personal de la editorial se rebeló. Ya vemos lo que está pasando en Estados Unidos. No sabíamos, en ese momento, si era válido nuestro contrato. Afortunadamente, el editor que compró el libro respetó la negociación que existía. Seguimos adelante porque habíamos leído el libro y nos había gustado.

En tu caso, lo leíste varias veces.

El libro me interesó como me interesa Woody Allen. Comprar un libro, leerlo y opinar sobre él debe ser libre. Me parece demencial renunciar a poner en circulación un texto que, por otra parte, es muy entretenido y muy sabio. La cultura de la cancelación me parece peligrosísima. Podemos eliminar todo y vivir en un mundo aséptico, o que sea aséptico hasta que descubramos el siguiente fallo o abuso. El peligro viene, sobre todo, de invalidar cosas importantes. Empezamos a estar saturados de toda esta esfera de lo femenino y hay problemas reales que están ahí. Ves un concierto de los ochenta y no había una mujer en las orquestas. Eso ha cambiado. Se ha recorrido camino y hay camino por recorrer. Pero las posturas extremas y las posturas no razonadas llevan a una reacción en contra.

A la muerte, en último término.

Hay que seguir debatiendo. Eso se está perdiendo. Alberto Manguel explicaba el otro día que, hasta ahora, los lectores buscaban en los libros entretenimiento, conocer el mundo, pensamientos, ideas. Y ahora se está empezando a ver, y creo que eso tiene que ver también con los periódicos, el refrendo de una identidad y de una esfera intelectual cada vez más reducida. Perdiendo la conexión con la cultura y la lectura, el centro está cada vez más donde nos proponen desde las esferas del poder –sea económico, político o social–. En vez de hacer ese ejercicio de libertad de explorar en los libros, solamente se busca el refrendo, confirmar la opinión propia.

¿Por qué no leer a quien te incomoda?

Estamos viviendo en un momento de arrogancia, de afirmaciones enormes. La complejidad del mundo requiere un ejercicio de humildad. Una humildad intelectual. Porque así no vamos a encontrar soluciones. No hay una solución única y válida. Lo vemos con Israel y Palestina: ni unos son malos malísimos, ni otros son buenos buenísimos. Esto no sirve para nada. Por no hablar de nuestro país, ¿verdad? Somos capaces de discutir hasta de una pandemia. ¿Qué podemos hacer? Bueno, en nuestro caso: libros.

¿Te preocupa que se instale la cultura de la cancelación en España?

Quiero pensar que somos más resistentes por nuestro espíritu ácrata. Este país ha dado grandes genios, pero no grandes escuelas. El individualismo nos puede salvar. Estados Unidos se vuelve peligroso, a veces: toma el germen de algo interesante y desarrolla un gregarismo absoluto. Es tremendo. En el momento en que el mundo es más complicado y requiere más matices, respondemos con pereza vital. Y hay más: imagina tener que escribir sin emplear ningún término o concepto ofensivo. Para eso, mejor cerrar el quiosco. La neutralidad insulsa no sirve para nada. Pero te digo una cosa: saldremos de esta.

¿Saldremos?

Saldremos.

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