The Objective
Crónicas disfrutonas

El Dry Martini y el tapón irrellenable: disertación sobre el alcohol, el garrafón y las falsificaciones

«Hasta cuándo vamos a padecer la lacra del garrafón, propia de países tercermundistas, pero no de la España del siglo XXI»

El Dry Martini y el tapón irrellenable: disertación sobre el alcohol, el garrafón y las falsificaciones

Dry Martini.

Se me acabó el Noilly Prat, ingrediente imprescindible de mi Dry Martini. No lo encuentro aquí, en el pueblo, ni siquiera en la tienda «deli» local. De resultas que busco en Amazon, donde aparece con la promesa de entrega el día siguiente. Y, en efecto, ayer me llegó. 

Mi propia receta de Dry Martini —hay tantas fórmulas como bartenders y aficionados— es básicamente la misma que preparaba Buñuel (ya apareció en una crónica anterior): en el vaso mezclador, con abundante hielo, una chorrito de Noilly Prat, ese vermú blanco seco, de insuperable aroma a almendras, y unas gotas de angostura, el bitter de lima oriundo de Venezuela. Bátase bien y vacíese el vaso, de modo que el hielo fundente quede nomás que aromado. Viértase la ginebra (me gustan Gordon’s o Seagram’s, ambas muy secas), remuévase y sírvase inmediatamente en la copita triangular de siempre, previamente enfriada. 

Hay controversia sobre si stirred, not shaken o si al revés: agitado, no removido. Creo recordar que Sean Connery, encarnando a James Bond, prefería la primera opción, pero que Daniel Craig, en el mismo personaje, optaba por la segunda. En mi libro Cocktails and Mixed Drinks, de Anthony Hogg, autor de amores compartidos entre la Royal Navy y el comercio de vinos y licores -en el que baso la mayoría de mis combinados- se asegura que el resultado es el mismo y que sólo importa el tiempo: en coctelera, bastan cinco segundos de enérgico batido, mientras que el vaso mezclador requiere hasta diez. En mi experiencia, hay una ligera diferencia: el batido en coctelera queda algo más turbio que el removido en vaso. Y, bueno, lo de siempre: para gustos, colores.

Vuelvo al Noilly, y primera constatación: mi nueva botella viene sin la tira engomada impresa en azul, el precinto de la Agencia Tributaria, que da fe, supongo, de que el licor ha pagado los impuestos correspondientes. De manera que es cuestionable el proveedor de Amazon, que parece haber obviado el pago del peaje. Pero… debo confesar (y confieso) que, visto el paño, si me es posible escatimar un euro a Hacienda, lo hago sin la mínima contrición, esto es, sin dolor de los pecados. (Sí con atrición, que es parecido pero no lo mismo: la contrición es el dolor de haber pecado, mientras que la atrición es sólo miedo al castigo). De modo que veo con benigna tolerancia que los elaboradores del Noilly, sus importadores o quien sea no paguen el precinto ése, que además deja pringoso de pegamento el tapón y es una gaita hasta que uno se decide a limpiarlo con alcohol.

La segunda constatación es empírica. Me preparo con toda ilusión mi Martini, me dispongo a añadir con cuidado ese pequeño chorritín y ¡zas! cae poco menos que media botella. ¡Coño!, dicho sea con perdón. Explicación: la botella no tiene tapón irrellenable, esa aberración de que gozamos acá. Uno está acostumbrado a esa garantía que supuestamente autentica el licor y no lo deja verterse libremente. Al faltar el tapón de marras, pasa lo que me pasó.

Hasta cuándo vamos a padecer esta lacra del garrafón, propia, se me ocurre, de países tercermundistas, pero no de la España del siglo XXI. (Aunque de esto se podría hablar ad nauseam, viendo lo que está pasando; pero, bueno, la digresión encajaría lo justo.) Un gran amigo, periodista, me asegura que ya no es solo cuestión de rellenar una botella y ahorrarse unos cuartos, sino que en círculos de hostelería la oferta es amplia y hay proveedores de, por ejemplo, Johnny Walker Etiqueta Negra de calidades A, B y C. Es decir, que hay falsificaciones de diferentes categorías y precios. Sorprendente, ¿verdad? Por encargo de su periódico para un reportaje, él pidió tres botellas de la misma marca de cada una de las calidades y asegura que a simple vista son indistinguibles de la auténtica. 

Yo había oído muy de lejos de la existencia de la dark web, una internet de lo ilegal, donde puedes comprar casi cualquier cosa: por ejemplo, el whisky falsificado (o el vodka o el licor que sea). Pero no sólo: me cuenta Jorge que en la dark web tuvo a su alcance una pistola, «limpia» –en jerga de armas, sin fichar por la policía– calibre 9 mm Parabellum, al módico precio de 500 euros, con caja de munición incluida. O, también… los servicios de un sicario que asesinaría al sursuncorda por un precio a convenir. Yo creía que no pasaba de ser un rumor de novela negra, pero sí, resulta que existe.

Menos mal que, por lo visto, no es fácil acceder. Hay que instalar un sistema operativo determinado y generar una sesión que caduca instantáneamente al apagar el ordenador… qué sé yo. Complicado, pero factible. Es muy fácil rellenar una botella con tapón irrellenable. Hay hasta unos dispositivos en donde se pone boca abajo y se bombea el nuevo líquido; el proceso dura un minuto. Eso se hacía muchísimo, por lo que me dijo un amigo propietario de una boîte… que rellenaba las botellas porque, de no hacerlo él, «sin duda lo harían sus empleados». Todo muy ejemplarizante. Pues eso: hasta cuándo.

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