La infancia de Alberto Chicote en Carabanchel: «Me hipnotizaba ver a mi madre cocinar»
El archiconocido chef se crio en un barrio obrero de la capital, donde aprendió absolutamente todo de la mano de su progenitora

Chicote, en una imagen de archivo. | Gtres
Alberto Chicote es uno de los rostros más conocidos de nuestra televisión. Y es que, desde hace años, el chef lleva las riendas de Pesadilla en la cocina, lo que le ha convertido en un referente en todo lo que tiene que ver con el mundo de la gastronomía. Todo lo que es hoy, sin duda, es parte de cómo su infancia, marcada por su residencia en un barrio de clase obrera en Madrid, concretamente en Carabanchel. Allí vivió junto a su familia, totalmente fascinado por la cocina.
La infancia de Alberto Chicote —que nació en 1969— es la historia de un niño de clase media-trabajadora en el Madrid de los años 70 y 80. Su etapa escolar y familiar estuvo marcada por una energía desbordante y un fuerte sentido de la disciplina que, curiosamente, no encontró en los libros, sino en el deporte y los fogones. Chicote creció en el barrio madrileño de Carabanchel Alto. Se define a sí mismo como un niño hiperactivo y «un trasto», de esos que no podían estar sentados en clase. Sus padres, José María y Angelines, tuvieron que lidiar con un chaval que necesitaba acción constante para no meterse en líos.
La infancia de Alberto Chicote en Carabanchel Alto
A diferencia de otros chefs que llegan a la cocina por necesidad, Alberto lo hizo por curiosidad magnética. Como no se estaba quieto, el único lugar donde se quedaba “hipnotizado” era viendo a su madre cocinar. Desde muy pequeño, se sentaba en un taburete a observar cómo Angelines preparaba el guiso diario. Con unos 10 años, ya se manejaba haciendo sus primeras tortillas y ayudando en las tareas más básicas. La cocina era el único lugar donde su hiperactividad se transformaba en concentración absoluta. A los 13 años, Chicote descubrió el rugby, un deporte que practicó hasta los 20 y que llegó a jugar a nivel profesional en la Selección de Madrid.
Sin duda alguna fue imprescindible para canalizar su energía y pudiera descansar. De ahí sacó la disciplina militar y el valor del trabajo en equipo que hoy vemos en sus programas. Él siempre dice que el rugby le enseñó que «si te caes, te levantas» y que el respeto al capitán y a las reglas es innegociable. Chicote no era un mal estudiante, pero sabía que no quería pasar la vida en una oficina. A los 17 años, en una época en la que la cocina no tenía el prestigio actual, tomó una decisión valiente: le dijo a sus padres que quería ser cocinero. Sus padres, aunque sorprendidos, le apoyaron con una condición: «Si vas a ser cocinero, tienes que ser el mejor».
Se quedaba «hipnotizado» viendo a su madre cocinar
Esto le llevó a matricularse en la Escuela de Hostelería de la Casa de Campo, donde comenzó su formación reglada tras años de «clases particulares» con su madre. Desde niño fue lo que él llama un «disfrutón». Le gustaba comer de todo y nunca ponía pegas a los platos de cuchara. Esa falta de prejuicios con la comida tradicional fue la base sobre la que luego construyó su cocina de vanguardia, fusionando los sabores de su infancia con técnicas internacionales. La vida actual de Alberto Chicote a sus 56 años es el reflejo de una madurez equilibrada, donde la intensidad de las cocinas y los platós ha dado paso a una existencia mucho más serena y saludable. Tras décadas de un ritmo de trabajo frenético, el chef ha logrado encontrar un punto de estabilidad en el que su carrera profesional convive con una vida personal blindada y alejada de los excesos. Este cambio de etapa se hace evidente en su aspecto físico, en su carácter más reflexivo y en la consolidación de sus proyectos más íntimos.
Uno de los pilares fundamentales de su presente es su relación con Inma Núñez, su compañera de vida y mano derecha en los negocios durante más de veinte años. Aunque siempre han mantenido su relación con una discreción absoluta, su boda «secreta» en 2022 marcó un antes y un después en su estabilidad emocional. Inma no solo es su esposa, sino la jefa de sala y la mente organizativa que permite que Chicote pueda brillar en la televisión mientras sus restaurantes, como Omeraki, funcionan con la precisión de un reloj suizo.
En lo profesional, Chicote sigue siendo una de las caras más queridas y respetadas de la televisión en España. Sin embargo, su enfoque ha evolucionado; aunque continúa con formatos de éxito como Pesadilla en la cocina, ahora se muestra mucho más interesado en programas de corte social y divulgativo. En este 2026, sus proyectos televisivos suelen poner el foco en la alimentación saludable y la denuncia de irregularidades en el sector, utilizando su carisma para educar al espectador más que para la confrontación pura.
La ilusión de Chicote en la cocina
Su restaurante Omeraki, en Madrid, es hoy su gran orgullo y su refugio creativo. Tras el cierre de etapas anteriores como Puertalsol o Yakitoro, este espacio representa su filosofía actual: una cocina sin cartas fijas, basada en el producto del día y en la sostenibilidad absoluta. Alberto disfruta volviendo al delantal siempre que las cámaras se apagan, asegurándose de que la esencia del chaval de Carabanchel que amaba los guisos de su madre siga viva en cada plato que sale de su cocina.
La salud ha pasado a ser una prioridad absoluta en su rutina diaria. Tras perder más de 40 kilos hace unos años, Chicote ha mantenido su compromiso con un estilo de vida activo. No es extraño verle compartiendo en sus redes sociales sus largas caminatas, una de sus grandes aficiones actuales. El senderismo se ha convertido en su vía de escape para combatir el estrés, permitiéndole desconectar del ruido mediático y mantener un equilibrio físico que le permite afrontar grabaciones agotadoras.
A pesar de su fama de hombre duro y exigente, quienes le rodean en la actualidad destacan su gran sensibilidad y su sentido del humor. Chicote es un hombre de costumbres sencillas que valora por encima de todo el tiempo de calidad con su círculo más cercano. Lejos de las fiestas glamurosas, prefiere una cena tranquila con amigos o una tarde dedicada a sus otras pasiones, como la lectura o su colección de chaquetillas de cocina icónicas, que ya forman parte de la historia de la televisión española. La relación con su familia sigue siendo el ancla que le mantiene con los pies en la tierra. A pesar de su apretada agenda, sigue muy pendiente de sus padres, a quienes rinde homenaje constantemente en sus intervenciones públicas. Para él, el éxito no reside en las audiencias o en los reconocimientos gastronómicos, sino en haber logrado que sus padres se sientan orgullosos del hombre en el que se ha convertido aquel niño inquieto que no podía parar de moverse.
