Los años de Karra Elejalde en Vitoria: «Yo era un niño terrible, hiperactivo y muy pesado»
El actor de ‘Ocho apellidos vascos’ nació en la ciudad vasca en 1960 y siempre sintió que era un incomprendido

Karra Elejalde, en una imagen de archivo. | Gtres
Karra Elejalde es uno de los rostros más conocidos de nuestra televisión. El actor ha protagonizado infinidad de películas y series que han pasado a la historia. Aunque, probablemente, la más especial siempre fue Ocho apellidos vascos —y sus secuelas— que hizo que la popularidad del actor vasco creciera como la espuma. Lo cierto es que mucho de lo que es Karra, hoy en día, tiene que ver con lo que un día fue, con esas experiencias que vivió durante la infancia.
Karra —cuyo nombre real es Carlos— nació en 1960 en la ciudad de Vitoria. Como decíamos, curiosamente, su nombre real es Carlos, pero desde pequeño en su casa y en su barrio lo llamaban «Karra», una adaptación al euskera que terminó convirtiéndose en su sello de identidad profesional. Creció en una familia de clase obrera, donde el esfuerzo y la naturalidad eran la norma. En varias ocasiones, el actor ha confesado que, de pequeño, era «un niño terremoto».
La infancia difícil de Karra Elejalde

Hoy probablemente lo habrían diagnosticado con TDAH, pero en aquella época simplemente era el niño que no podía estarse quieto. No era un estudiante brillante en el sentido tradicional porque se aburría soberanamente. Su mente siempre iba más rápido que las lecciones escolares, lo que lo llevaba a buscar refugio en la imaginación. Antes de que el gusanito de la interpretación lo mordiera, su primera vía de escape fue el dibujo y la pintura. De niño pasaba horas dibujando, una pasión que aún conserva —de hecho, es un excelente dibujante y grabador—.
Estudió Formación Profesional (FP) en la rama de Delineación, una formación técnica que parece chocar con su espíritu bohemio, pero que le dio una estructura visual que luego aplicaría al cine. Su verdadera escuela fue la calle y el ambiente de los bares y sociedades de Vitoria. En una época de efervescencia política y social en el País Vasco, Karra se nutrió de la cultura popular, el humor socarrón y la capacidad de observar a la gente, algo que más tarde le permitiría bordar personajes tan auténticos. «Yo era un niño terrible, hiperactivo y muy pesado. Si hubiera nacido hoy, me habrían medicado hasta las cejas. En mi época, me daban dos bofetadas y me mandaban a dar vueltas a la manzana para que me cansara», contó sobre su hiperactividad.
«Yo era un niño terrible, hiperactivo y muy pesado»
Como comentábamos, nunca fue un niño de libros, algo que marcó su relación con la autoridad escolar. «Fui un pésimo estudiante. No me interesaba nada de lo que me contaban en el colegio. Yo quería pintar, quería moverme, quería hacer cosas con las manos. Por eso terminé estudiando FP de Delineación; era lo único que me permitía dibujar», relató en una entrevista. Además, ha contado que en su casa siempre fue «Karra». «Carlos no sé ni quién es. Mi madre me llamaba Karra, mis amigos también… el nombre artístico no fue una elección, fue una inercia de mi barrio», explicó.
Si algo recuerda Karra de esos primeros años de vida es su especial unión con la cocina. Es más, sus recuerdos de la infancia están muy ligados a la gastronomía vasca y a la figura materna, un tema que le provoca mucha ternura. «Mi madre cocinaba como los ángeles. Yo me crié entre fogones y por eso hoy soy un cocinillas. Para mí, la infancia huele a los guisos de mi madre y al humo de las sociedades gastronómicas de Vitoria», ha contado alguna vez sobre lo que más echa de menos de esos primeros años de vida. Antes de ser actor, Karra trabajó durante seis años como montador eléctrico en Montajes Eléctricos Loyola.

Su destino cambió durante el servicio militar. Allí conoció al actor Toño Sampedro, quien lo invitó a unirse a su grupo de teatro en Vitoria, La Farándula. Karra ha reconocido que antes de eso nunca se había planteado ser actor; de niño, sus aspiraciones eran ser cura o pelotari. Se fogueó en el teatro independiente vasco, participando en grupos como Klacatrak, Hordago o Ttipi-Ttapa. No solo actuaba; también escribía guiones y dirigía. Esa etapa fue fundamental para desarrollar su estilo físico y su capacidad de improvisación. En los 90, Karra se convirtió en el actor fetiche de la nueva ola de cineastas vascos, lo que disparó su fama.
Cuándo empezó a acercarse a la interpretación
Trabajó junto a Juanma Bajo Ulloa en Alas de mariposa y La madre muerta, pero el estallido llegó con Airbag, donde interpretó al icónico Juantxo. Participó en sus obras más emblemáticas como Vacas, La ardilla roja y Tierra. También, ha sido uno de los grandes aliados de Álex de la Iglesia, participando en Acción mutante. Aunque siempre fue respetado, su carrera alcanzó una nueva dimensión con dos premios Goya. Ganó el galardón a mejor actor de reparto gracias a También la lluvia y su interpretación en Ocho apellidos vascos le valió para convertirse en un ídolo de masas. En años recientes, ha demostrado una versatilidad asombrosa, pasando de la comedia más comercial a dramas históricos de gran calado, como su aclamada interpretación de Miguel de Unamuno en Mientras dure la guerra (2019) de Alejandro Amenábar.

Además de actuar, Karra ha dirigido y escrito sus propias películas —Año mariano y Torapia— y ha escrito letras de canciones para grupos de rock vasco como Hertzainak. Sobre su vida personal, este es el reflejo de su carácter discreto, bohemio y alejado de las alfombras rojas. Su punto débil es su hija, Ainara, fruto de su relación con la actriz catalana Silvia Bel. A pesar de estar separados, mantienen una relación excelente. Karra ha dicho alguna vez que Silvia es «la mujer de su vida» en cuanto a respeto y admiración. Ainara ha seguido los pasos de sus padres en el mundo de la interpretación, algo que a Karra le produce un orgullo que apenas puede disimular, aunque siempre recalca que ella debe labrarse su propio camino.
Aunque es vitoriano de pura cepa, lleva muchísimos años viviendo en Cataluña, concretamente en Molins de Rei. Se mudó allí por amor, pero se quedó porque le encantó la tierra. En su tiempo libre practica la cocina, pinta y, también, escribe. Hace unos años, Karra tuvo que bajar el ritmo. Sufrió algunos sustos de salud —como problemas de corazón— derivados del estrés y de su intensidad al trabajar. «He aprendido a decir que no. Antes quería hacerlo todo, ahora prefiero pasear por el monte y ver crecer las lechugas», contó en una ocasión.
