The Objective
Mi yo salvaje

El primer domingo del año

«Saúl no la intentaba impresionar, y quizás por eso a Amanda le resultó cercano y creíble»

El primer domingo del año

Una mujer mirando el móvil en el sofá. | Freepik

El primer domingo del año tiene algo de confesión. La casa está en silencio, el teléfono –como un rosario– da vueltas en la mano, una verdad pide algo de atención y el futuro, ante el nuevo año que se abre, ha dejado de asustar por un momento. El calendario recién estrenado tiene algo de permiso, de tregua, como si el año, todavía limpio, autorizara decisiones que en diciembre parecían demasiado grandes.

Amanda se despertó tarde, sin planes. Afuera el mundo parecía detenido, como si todos estuvieran a punto de hacer lo mismo y andaran esperando un ¡ya! que diera paso a la acción. Una mezcla de pudor y esperanza se le metió entre los dedos; sin pensarlo mucho más, se descargó la aplicación. La abrió sin grandes ceremonias, como si abriera una ventana para ver si a otro lado aún corre el aire; configuró su perfil aguantando la respiración y antes de ponerse azul paseaba por los perfiles de otros usuarios como quien hojea un libro sin decidirse a leer ninguno. 

Pablo, 35.4km. 

No sé muy bien qué hago aquí, pero mis amigos dicen que soy buena gente. Si te caigo bien, genial. Si no, también. Vibra chill.

Marcos, 41.3km. 

Escucho mejor de lo que hablo, llego siempre tarde  y prometo café para compensar.

Diego, 37.6km.

Mente de tiburón. Emprendedor. Busco una mujer femenina y que sume. Si no sabes lo que es un podcast de finanzas, ahórrate el like.  Mejor sin mochilas. 

Saúl apareció como la calma en un mar de tormenta. 

Saúl, 43. 4km. 

Antes, todo eso era campo. 

Abrió su perfil y paseó por sus fotos: bebía cerveza en una terraza, sonriente; acariciaba la cabeza de un perro; miraba con gesto tranquilo directo al objetivo de quien le estuviera haciendo la foto… No decía mucho de sí mismo. A Amanda le dieron ganas de saber más. 

«Antes, todo eso era campo», dijo en voz alta, y se le escapó una carcajada. Puso los dedos sobre la foto de Saúl y la deslizó a la derecha. Segundos antes, él había hecho lo mismo y a Amanda le asaltó en la pantalla una exclamación junto a un soniquete que indicaba la sorpresa de que ambos habían dicho sí, aún no sabían ni qué ni a quién. El caso es que, al menos, sí que ahora podrían hablar. 

Y Saúl le habló, la saludó, ella le devolvió el saludo y se escribieron durante un rato sin artificios, con la naturalidad de los que no prometen nada. Saúl no la intentaba impresionar, y quizás por eso a Amanda le resultó cercano y creíble. Que qué tal las Navidades, que si el perro de la foto es suyo, que vaya tarde de domingo más tonta, que era la primera vez que entraban por este lugar, que si qué pereza y qué vergüenza, que si espera que se le quema lo que tiene puesto al fuego, que la película que vio anoche se la recomienda, que si a mí también se me va la olla con los tiempos, que qué tal la entrada al año… Se dijeron lo justo y eso fue suficiente. Le dieron ganas de un poco más.  

Al escribir la última frase, Saúl no contestó más. Amanda dejó el teléfono sobre la mesa y encendió el televisor. Buscó la película que le había recomendado, de repente, le había dado mucha curiosidad.  Recordó la frase que Saúl aún no había leído con una alegría discreta, como una luz encendida en una habitación vacía. ¿Se reiría? Pensó que, pasara lo que pasara, el año ya había empezado distinto. Y eso, para un primer domingo, era suficiente.

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