Sin churros y de mal humor
«Ante la idea de una ducha de agua hirviendo y mucho vapor se le escapa media sonrisa»

Una mujer bajo la lluvia. | Freepik
Espera que la propina le haya expiado la culpa que siente por haberle gruñido a la chica de la barra. O vuelve mañana con otra actitud o no se atreverá a volver a pasar por allí en la vida. Amanda se entiende bien en los extremos. Que las cosas solo tengan una forma de hacerse, bien o mal, es un tema con el que se mete en trifulcas con sus cercanos. También se ríe. Si se hubiera desayunado el par de churros que le apetecían quizás le hubiera cambiado el humor. Luego afrontaría el día con dolor de estómago y alas en el alma.
Hace mucho frío. Una tormenta de lluvia y nieve asedia la ciudad. Las capas de ropa con las que Amanda pretende combatir el frío convierten en un espectáculo su intento por salir del bar. Jersey, rebeca, chaqueta, chaleco, chaquetón; podrían ser respuestas a Mayra por veinticinco pesetas cada una, pero lo único que gana aquí Amanda es un puñado de miradas de extrañeza y desaprobación. O al menos, así se las toma ella al tropezarse en público con su propia torpeza. El bolso le ensucia algo más la imagen con el movimiento de sus flecos, como los brazos de un adolescente desgarbado. Pasado de moda y con un interior colmado de facturas arrugadas, bolígrafos sin tinta y unas gafas de sol que nunca sabe donde están, Amanda se siente mala, una mala mujer.
Anoche se tiró al cuello de Saúl sin gustarle ni mucho ni poco. Se le abalanzó en el sofá y desde el primer beso, torpe y urgente, ya nada la detuvo.
El casco de moto en el codo no ayuda a esta imagen de gallina caponata malhumorada saliendo de un bar. La lluvia no frena su intento de mover el culo un poco para salir con algo de sexapil y dignidad. Se adentra en una escena de Blade Runner. El reflejo de las luces de los coches entremezclado con el elenco disonante de paraguas estampados le deshumaniza la mañana. Vaya alimento para su ánimo. Atrás, la cafetería le devuelve la imagen de un cuadro de Hoper a la española. «Lo siento», le dice a un viandante que logra esquivar, con una voz tan frágil que duda que llegara a oírse sobre el estrépito de la lluvia. «Qué mal, muy mal; hoy, todo mal», musita mientras el pelo se le humedece.
Anoche mientras le abría la bragueta a Saúl, desprovista de su calma y mucho antes de que empezara a erectar, se vio arrastrada por el hambre.
Sentir la lluvia le dio por un instante una brizna de bienestar. En minutos comenzará a estar muerta de frío, pero justo ahora, con la cara llena de gotas de agua, lo único que consigue es sentirse bien. Lleva atados a un cordel una ristra de verbos con los que organiza el día: deber, tener, ser y hacer; y la lluvia fría los ha anegado hasta la garganta por un poco. La publicidad que porta un ingenuo autobús sobre su lomo irrumpe sobre sus tripas. La falsa belleza de las sonrisas estáticas, retocadas y pagadas, contrastan con la pesadumbre de su rostro. Gruñe arremetiendo un poco contra todo lo arremetible de hoy en día.
A ella le gustó tocar la carne blanda de la entrepierna de Saúl y cuando fue a montarse sobre él para poder meterle mejor la lengua en la boca y de un modo más febril, él le azotó la mano como una monja asustada.
Ante la idea de una ducha de agua hirviendo y mucho vapor se le escapa media sonrisa. Quizás vuelva a excederse hoy por un rato, total, entre las paredes de su ducha, qué puede salir mal.
