The Objective
Mi yo salvaje

En línea. Escribiendo…

«Amanda devuelve el móvil al bolsillo como si la hubieran pillado robando chuches en la tienda de la esquina»

En línea. Escribiendo…

Una mujer mirando su teléfono móvil. | Freepik

A la vez que bajaba la ladera a la velocidad que su perra marcaba, iba sacando el móvil del bolsillo de la chaqueta por si Saúl hubiera contestado. Se le hacían largas las mañanas a Amanda cuando un mensaje no lograba obtener respuesta en el tiempo que esperaba su entusiasmo. También las tardes. A veces, incluso, un fin de semana completo, en el que cada hora dejaba el rastro de un mes y el conjunto de días parecían lustros. El mutismo de Saúl le partía el cuerpo en dos y cada una de las mitades funcionaba autónoma, sin saber mucho de la otra. Así, Amanda, con una de sus mitades, paseaba por el campo, hacía la comida, hablaba con sus amigas, con sus vecinos y con su familia, limpiaba los baños, hacía la compra, leía un libro o se conectaba por vía intravenosa a una serie desde el sofá. Con la otra, recordaba cómo el cabello de Saúl le caía hasta los hombros, su olor, las líneas que le cruzaban el rostro al partirse de risa, el ingenio y lo afilado de sus palabras cuando conversaban con el ardor en la garganta del whisky que tenían en la mano.  

Si una de sus mitades, tan independientes como inevitablemente destinadas a reconocerse, se atrevía siquiera a mirar a la otra, un engranaje sonoro comenzaba a girar con un preciso clic, clac. Aparecía tras de sí, irrumpiendo en su mente, un tsunami de imágenes, recuerdos y anhelos, como si una pantalla de cine enloquecida comenzara a proyectarlo todo a la vez. Sin orden ni tregua, las imágenes se sucedían desbordadas e intensas, como una tormenta que arrasa enloquecida cualquier intento de calma. 

Se le aparecían un puñado de carreteras de carril contrario, bajo cielos de enormes nubes grises a punto de estallar; maletas a medio hacer, saliendo y entrando de su casa, de su furgoneta, de habitaciones de hotel. Playas al atardecer, ciudades desconocidas con mapas arrugados en los bolsillos y risas que se perdían en el eco de un acantilado. También le aparecía el tono exacto de su piel junto a la suya; su respiración entrecortada cuando se empuñaba el pene y la miraba a los ojos a punto de ensartárselo en la vagina y perderse en ella; el vértigo de sentirse una cierva indefensa bajo sus manos y llegar a pensar que si el aire que le falta la lleva a la muerte, que bien allí que se está. Sábanas revueltas, miradas sostenidas sin pudor, con su pene embutido en los carrillos y todos esos calambres que les atravesaban como rayos cuando se corrían una o el otro –y una o el otro otra vez– desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie. También los desayunos, comidas y cenas interminables, encadenadas en el fluir de los días sin tiempo, al son del tintineo de copas que brindan por nada y por todo. Y así, le viene el recuerdo de cada noche, encendidos de más por el alcohol compartido, con los límites rotos de la cordura y la razón, con los cuerpos enervados hasta las mil y que les devolverá a la cama con un tremendo dolor de cabeza tras el siguiente desayuno. A Amanda le asaltan un montón de anécdotas compartidas y promesas que le hacen temblar tan solo de la idea de que nunca, al final, vayan a llegar.   

Vuelve a mirar el móvil. Un punto rojo le anuncia una notificación. Saúl le ha dicho hola y sigue en línea, y escribiendo… Amanda devuelve el móvil al bolsillo como si la hubieran pillado robando chuches en la tienda de la esquina. Le tira un palo a su perra que no para de insistir. Luego, otro y otro más. Parece que pesa menos, el palo, el día, y de repente, toda la vida.

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