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Séneca, filósofo, ya lo adelantó a sus 65 años: «Sufrimos mucho más en nuestra imaginación que en la realidad»

Entre la Roma imperial y el siglo XXI media una distancia histórica abismal, pero el mecanismo interno es el mismo

Séneca, filósofo, ya lo adelantó a sus 65 años: «Sufrimos mucho más en nuestra imaginación que en la realidad»

Lucio Anneo Séneca | Canva pro

A los 2.000 años de distancia, el diagnóstico sigue siendo inquietantemente actual. Séneca, uno de los grandes pensadores del estoicismo romano, dejó escrito en sus Epístolas morales a Lucilio una frase que hoy resuena en consultas de psicología, libros de divulgación y conferencias sobre bienestar: «Sufrimos más a menudo en la imaginación que en la realidad».

La sentencia aparece en la Carta XIII, titulada «Sobre los temores infundados», dentro de la obra Epístolas morales a Lucilio, también conocida como Cartas a Lucilio. Allí, el filósofo advierte de un fenómeno profundamente humano, la tendencia a anticipar desgracias, a fabricar escenarios adversos y a vivir como si ya hubieran ocurrido. «Existen más cosas que nos asustan que cosas que nos torturan», escribe, señalando que el miedo suele ser un producto de la mente más que de los hechos.

El miedo que fabrica la mente

Para Séneca, el problema no es el dolor real, sino el sufrimiento anticipado. El sabio estoico defendía la necesidad de entrenar el juicio, de aprender a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no, y de no conceder poder a fantasmas futuros. Su propuesta no era ingenua. No negaba la existencia del infortunio, sino que cuestionaba la costumbre de padecerlo antes de tiempo.

En su reflexión subyace una idea clave del estoicismo, la perturbación no proviene tanto de los acontecimientos como de la interpretación que hacemos de ellos. La imaginación, cuando se desboca, puede convertirse en un amplificador del miedo. Y esa amplificación tiene consecuencias reales en el cuerpo y en la conducta.

La neurociencia confirma al filósofo

Dos milenios después, la ciencia respalda aquella intuición. La psicóloga Alba Cardalda lo explicaba en una intervención en el programa Aprendemos Juntos BBVA, nuestro cerebro está diseñado para detectar amenazas. «El objetivo de nuestro cerebro es mantenernos con vida, no hacernos felices», señala.

Según la experta en psicología, esa programación biológica tiene sentido evolutivo. Durante miles de años, identificar rápidamente un peligro podía marcar la diferencia entre sobrevivir o morir. Un sonido extraño en la naturaleza podía ser un depredador. Una distracción podía resultar fatal. El sesgo hacia lo negativo era, entonces, una ventaja adaptativa.

Lucio Anneo Séneca

Sin embargo, el contexto actual es radicalmente distinto. La mayoría de las amenazas cotidianas no implican un riesgo físico inmediato. Son preocupaciones laborales, expectativas sociales, conflictos interpersonales o incertidumbre económica. El cerebro, no obstante, reacciona como si la amenaza fuera inminente y activa los mismos mecanismos de alerta.

Ansiedad anticipatoria y presente

De ahí surge la ansiedad anticipatoria, ese estado de alerta constante ante escenarios que ni siquiera han ocurrido. La mente viaja al futuro, construye hipótesis, imagina desenlaces adversos y activa respuestas fisiológicas reales, taquicardia, tensión muscular, insomnio. El cuerpo responde a una ficción como si fuera un hecho consumado.

Séneca lo formuló en términos filosóficos. Cardalda lo traduce al lenguaje de la psicología contemporánea. Ambos coinciden en el diagnóstico, sufrimos por adelantado. Y ese sufrimiento, en muchos casos, nunca llega a materializarse. La pregunta entonces es cómo interrumpir ese bucle mental. Desde la psicología se insiste en la importancia de regresar al presente. Si el problema es que la imaginación nos arrastra hacia un futuro hipotético, la estrategia pasa por anclarnos al aquí y al ahora.

Del ruido mental al aquí y ahora, claves para frenar la ansiedad imaginada

Como explica la psicóloga Alba Cardalda, una de las estrategias más eficaces para frenar la ansiedad anticipatoria consiste en activar deliberadamente los sentidos. El objetivo es obligar al cerebro a registrar información concreta del entorno inmediato para cortar la cadena de pensamientos que viajan al futuro.

El ejercicio, que recomienda en sus intervenciones divulgativas, puede aplicarse de forma muy sencilla:

  1. Identificar cinco objetos redondos en el lugar donde uno se encuentra, activando así la vista y focalizando la atención visual.
  2. Reconocer cuatro sonidos distintos, lo que permite centrar la atención en el oído y en estímulos reales del entorno.
  3. Tocar tres superficies diferentes y describir mentalmente su textura, temperatura o forma, implicando el sentido del tacto.
  4. Detectar dos olores presentes en el ambiente, afinando el olfato y reforzando la conexión con el espacio físico.
  5. Prestar atención a un sabor, aunque sea el residual en la boca, para activar el gusto y completar el recorrido sensorial.

Este ejercicio tiene un fundamento claro desde el punto de vista psicológico. Al concentrarse en estímulos sensoriales reales y verificables, el cerebro interrumpe el circuito de anticipación y reduce la divagación mental. La atención deja de proyectarse hacia un futuro hipotético y se instala en el presente tangible, lo que ayuda a disminuir el malestar y a recuperar una sensación de control.

Aunque han pasado siglos, nuestra mente sigue igual: muchas veces sufrimos por lo que imaginamos, no por lo que sucede. La enseñanza de Séneca y otros grandes filósofos es valiosa: sus reflexiones nos muestran cómo la mente puede añadir dolor innecesario, y nos ayudan a comprender mejor nuestros pensamientos y emociones.

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