Viktor Frankl, psiquiatra, ya desveló en 1946 el secreto de la vida plena: «El ser humano no busca la felicidad, sino una razón para ser feliz»
El neurólogo, que sobrevivió a Auschwitz, concluyó hace un siglo que para ser felices necesitamos un motivo

Viktor Frankl
Tener una vida plena y felicidad es lo que, a fin de cuentas, todos buscamos y anhelamos. Y para conseguirlo, o acercarnos a este deseo, no tenemos más que leer a expertos como al psiquiatra austríaco Viktor Frankl (1905-1997). El también neurólogo fue fundador de la logoterapia, una escuela de psicología centrada en el sentido de la vida. Pero su relevancia no proviene solo de sus teorías, sino del lugar desde donde las formuló.
Entre 1942 y 1945 fue prisionero en varios campos de concentración nazis, incluido Auschwitz. Perdió a sus padres, a su hermano y a su esposa embarazada. En ese contexto extremo observó algo que marcaría toda su obra: las personas no sobrevivían únicamente por ser más fuertes físicamente, sino por tener un motivo para vivir.
Así, tras la guerra, a la edad de 41 años, escribió El hombre en busca de sentido (1946), uno de los libros de psicología más influyentes del siglo XX. En él no desarrolla una filosofía optimista, sino algo, quizá, más incómodo, pues afirma que el bienestar no depende de evitar el sufrimiento, sino de encontrarle un para qué. Su propuesta, entonces, cambió el enfoque de la psicología tradicional —centrada en el placer o el trauma— hacia una psicología orientada al significado. Hoy sus ideas vuelven a cobrar fuerza porque encajan con un problema contemporáneo, ya que nunca habíamos tenido tanta comodidad material y, al mismo tiempo, tanta sensación de vacío e infelicidad.
La frase que resume toda la filosofía de Viktor Frankl: «La felicidad no se puede perseguir; debe suceder»
Nadie puede negar que vivimos en la era de la ‘felicidad obligatoria’. Aplicaciones de bienestar, rutinas matinales milagro, listas de gratitud, libros de autoayuda prometiendo plenitud en 7 pasos… y, sin embargo, nunca ha habido tanta gente cansada, frustrada o con la sensación de que ‘debería estar mejor’.
Aquí es donde entra Viktor Frankl, quien plantea que la felicidad no es una meta. «La felicidad no se puede perseguir; debe suceder», escribe en su mencionado libro, El hombre en busca de sentido.
El éxito, como la felicidad, no puede perseguirse; debe suceder, y solo lo hace como el efecto secundario no intencionado de la dedicación personal de uno a una causa mayor que uno mismo, o como el subproducto de la entrega de uno a una persona distinta de uno mismo
Esta frase contradice casi todo el discurso moderno del bienestar. Hoy creemos que la felicidad es un objetivo medible, algo que alcanzaremos cuando logremos cierto nivel económico, emocional o vital. Para Frankl, ese es precisamente el error, ya que, para él, la felicidad no es un destino, sino una consecuencia.
Curiosamente, décadas después, la investigación psicológica ha llegado a conclusiones parecidas, apuntando que la vida significativa y la vida feliz no son lo mismo. Y que ayudar a otros, preocuparse por algo importante o asumir responsabilidades aumenta el sentido vital aunque no siempre aumente el placer inmediato.
El gran problema moderno: querer sentir antes de vivir
Frankl observó algo curioso tanto en pacientes como en la sociedad: cuanto más se obsesiona alguien con sentirse bien, peor se siente. A este fenómeno lo llamó hiperintención. Es el equivalente psicológico a intentar dormir con todas tus fuerzas. Todos sabemos lo que ocurre: cuanto más lo intentas, más despierto estás.
Buscamos constantemente señales internas, evaluando si estamos satisfechos, motivados, disfrutando o siendo felices. Pero al hacerlo dejamos de vivir experiencias para empezar a examinarlas, y en el momento en que evaluamos continuamente nuestras emociones dejamos de experimentarlas. De hecho, la propia logoterapia desarrolló una técnica llamada «dereflexión», que consiste precisamente en sacar la atención del yo para reducir ansiedad y obsesión emocional. Una premisa que también defendió el filósofo Bertrand Russell (1872-1970):
La felicidad es un efecto secundario
Frankl no solo dice que no hay que perseguir la felicidad, sino que explica cómo aparece: «El éxito, como la felicidad, no puede perseguirse; debe suceder, y solo lo hace como el efecto secundario no intencionado de la dedicación personal de uno a una causa mayor que uno mismo, o como el subproducto de la entrega de uno a una persona distinta de uno mismo».
Aquí está el núcleo de su pensamiento: la felicidad llega cuando dejas de mirarte. No cuando te analizas ni cuando te optimizas constantemente, tampoco cuando gestionas cada emoción como si fuera un proyecto personal. Aparece cuando te olvidas de ti. Los estudios actuales sobre bienestar apoyan esta idea, pues apuntan que las personas reportan mayor satisfacción vital cuando se implican en actividades con propósito y conexión con otros.
Por tanto, la felicidad suele aparecer en esos momentos en los que te concentras tanto en un proyecto que pierdes la noción del tiempo, cuando ayudas a alguien sin pensar en cómo te hace sentir, cuando creas algo que importa más que tu estado de ánimo o cuando amas sin preguntarte si estás siendo feliz haciéndolo. En todos esos casos ocurre algo importante: tu atención sale de tu cabeza y entra en la realidad.
Frankl llamaba a esto autotrascendencia. Y aseguraba, al respecto, que el ser humano funciona mejor cuando mira hacia fuera. Algo que numerosos estudios han demostrado, apuntando que el sentido vital actúa como factor protector frente al estrés y mejora la satisfacción con la vida incluso en situaciones difíciles.
No buscamos ser felices: buscamos un motivo: «El ser humano no busca la felicidad, sino una razón para ser feliz»
«El ser humano no busca la felicidad, sino una razón para ser feliz». Esta es otra de sus ideas menos citadas pero probablemente la más profunda.
Intentar ser feliz es pretender producir una emoción. Encontrar un sentido es crear una condición donde la emoción aparece sola.
Frankl ponía un ejemplo muy simple: la risa. Si alguien te ordena «ríete», no puedes. Pero si te cuentan un chiste, sucede.
La felicidad funciona igual. No es una acción directa, sino una reacción.
La paradoja de la felicidad moderna y cómo aplicar la sabiduría de Frankl hoy
Hoy hemos invertido el orden natural. Antes el sentido llevaba a la acción, la acción a la experiencia y la experiencia a la emoción. Ahora parece que esperamos sentir para actuar, validar lo que sentimos y entonces construir significado. Esperamos sentirnos bien para hacer cosas, cuando históricamente el ser humano se ha sentido bien por hacerlas. Esto podría explicar por qué tanta gente vive cómoda pero vacía: tiene bienestar, pero no significado. Y el cerebro humano tolera mejor el sufrimiento con propósito que el placer sin él. Así lo han comprovado revisiones de numerosos estudios, las cuales muestran que terapias centradas en significado reducen depresión, ansiedad y aumentan resiliencia en crisis vitales.
Frankl, por tanto, no propone técnicas ni trucos para alcanzar la felicidad. Propone cambiar el objetivo vital. Es decir, en lugar de preguntarte «¿cómo puedo sentirme mejor?», propone que te cuestiones «¿qué merece que me entregue aunque hoy no me sienta bien?». Cuando la meta es sentirte bien, cualquier mal día se interpreta como un fracaso. Cuando la meta es tener sentido, incluso el sufrimiento puede encajar. La logoterapia, de hecho, se diseñó precisamente para enfrentar el llamado «vacío existencial», la sensación de que la vida carece de propósito.
El problema contemporáneo que ya adelantó Frankl no es la falta de bienestar, sino la falta de dirección. Tenemos más comodidad, más opciones y más libertad que nunca, y aun así aparece la sensación de vacío. El psiquiatra diría que no es contradictorio, sino lógico, ya que cuando la felicidad se convierte en objetivo, se vuelve inalcanzable; pero cuando se convierte en consecuencia, aparece.
Porque no somos más felices cuando tenemos más emociones agradables o buenas, sino cuando sabemos con certeza que nuestra vida tiene un sentido, un para qué.
