Rafael Santandreu (56), psicólogo, derriba el mito sobre la felicidad vital: «La mejor etapa es cuando uno empieza a pensar bien»
El psicólogo que más libros vende en castellano apunta al momento clave en el que somos realmente felices

El psicólogo Rafael Santandreu. | ©Xavier Torres-Bacchetta.
Muchos psicólogos insisten en que la felicidad se nos escapa entre los dedos con demasiada facilidad. Caemos, casi sin darnos cuenta, en un mantra tan recurrente como irónico: creemos que la felicidad fue algo que ya vivimos en el pasado. O que, en todo caso, nos aguarda en algún punto lejano del futuro. Rara vez pensamos que puede estar aquí, ahora mismo, a la vuelta de una decisión. De esta forma, nos tendemos a nosotros mismos una trampa sutil pero eficaz. Al caer en ella, esperamos que el bienestar llegue solo, como por arte de magia, sin trabajar activamente en él. Pensar en la felicidad, en cierto modo, puede amargarnos.
Rafael Santandreu, psicólogo barcelonés y una de las voces más reconocidas del bienestar emocional en España, ha salido al paso de esta inercia mental en su cuenta de Instagram @santandreurafael. Su mensaje es claro y directo: la felicidad no es un destino al que se llega, sino el resultado de aprender a pensar de otra manera. No se trata de circunstancias externas ni de etapas privilegiadas de la vida. En su opinión es, más bien, una forma de relacionarse con la realidad que se puede aprender y practicar.
Lo que Santandreu propone no es optimismo superficial ni positivismo de escaparate. Es, más bien, una invitación a revisar los propios esquemas mentales. También a cuestionar las narrativas que hemos construido sobre cuándo fuimos felices o cuándo lo seremos. Está en ese pensar en la felicidad la forma realmente de sistematizar qué sucede y por qué. Por eso, ese ejercicio, según el psicólogo, puede cambiar radicalmente la experiencia cotidiana de quien decide emprender ese camino.
La infancia no fue el paraíso que recordamos
Cuando se les pregunta por la mejor etapa de su vida, muchas personas responden sin dudar: la infancia o la primera juventud. Hay algo profundamente humano en esa respuesta, una nostalgia que idealiza tiempos pasados y que tiende a borrar las aristas difíciles de aquellos años. Sin embargo, Santandreu cuestiona abiertamente ese relato. «La mejor etapa de la vida de una persona es cuando empieza a pensar correctamente, a dejar de quejarse y apreciar las cosas increíbles, mágicas, incluso espirituales, que hay a tu alrededor en cada momento», afirma el psicólogo.

Esa romantización de la niñez descansa, en buena medida, en la ausencia de responsabilidades que caracteriza esa etapa. El argumento es conocido: sin obligaciones laborales, sin hipotecas ni facturas, la vida resulta más liviana y, por tanto, más feliz. Pero este razonamiento tiene grietas importantes. Principalmente porque olvida que los niños también experimentan angustia, miedo al rechazo o frustración, y que carecen de las herramientas cognitivas para gestionar esas emociones. La memoria, además, tiende a ser selectiva y construye una versión edulcorada de lo que en realidad fue más complejo.
Tampoco conviene ignorar que la percepción del tiempo y del placer cambia con la edad. Lo que en la infancia generaba una alegría intensa podía desvanecerse en minutos; la capacidad de apreciar de forma profunda y sostenida es, en realidad, una habilidad que se desarrolla con el tiempo y con el trabajo interior. Aceptar esto no supone renunciar a los buenos recuerdos de la niñez, sino entender que idealizarla puede convertirse en un obstáculo para disfrutar del presente.
Pensar bien, clave de la felicidad
La propuesta de Santandreu pivota sobre una idea central: la calidad de nuestra vida emocional depende, en gran medida, de la calidad de nuestros pensamientos. Cuando uno decide poner en orden su manera de interpretar el mundo, algo cambia de forma profunda y duradera. «Cuando decides hacer esto con toda intensidad y toda profundidad, y empieza a hacer efecto en tu mente, esa empieza a ser la mejor etapa de tu vida», sostiene el psicólogo, convencido de que este proceso supera en riqueza cualquier periodo anterior, por muy luminoso que haya sido en apariencia.
Pensar bien en la felicidad no significa negar las dificultades ni huir del malestar. Significa aprender a no catastrofizar, a no exigirse una felicidad perpetua y a reconocer el valor de lo cotidiano. Quien alcanza cierto equilibrio en su modo de interpretar lo que le rodea descubre que la felicidad no es ese ente esquivo que creía, sino algo que puede cultivarse de forma activa. La trampa habitual consiste en pensar que ese bienestar llegará cuando cambie el trabajo, la pareja o la ciudad; pero Santandreu insiste en que el cambio real empieza siempre hacia dentro.
Santandreu, además, está lejos de ser un novato en esta aspecto. El barcelon autor de algunos de los libros sobre bienestar más leídos en España durante los últimos años, entre ellos El arte de no amargarse la vida, Nada es tan terrible, No hagas montañas de granos de arena o Las gafas de la felicidad, obras que han conectado con millones de lectores precisamente porque traducen conceptos de la psicología cognitiva a un lenguaje accesible y cotidiano. En todos ellos late la misma convicción: cambiar los pensamientos irracionales que nos generan sufrimiento innecesario es posible, y hacerlo transforma la vida de manera radical.
Cómo empezar a pensar mejor
Los psicólogos coinciden en que el primer paso para pensar mejor es tomar conciencia de los propios patrones mentales. Muchas de las ideas que nos generan malestar son automáticas y pasan desapercibidas, como un ruido de fondo al que uno ya no presta atención. Identificarlas, ponerles nombre y cuestionarlas es el inicio de un proceso que no exige recursos extraordinarios, sino atención y práctica sostenida. Llevar un pequeño diario de pensamientos o simplemente detenerse unos minutos al día a observar qué se está pensando puede ser un punto de partida eficaz. Algo de lo que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE.
Conviene también revisar la relación que uno mantiene con la felicidad como concepto. Creer que debe ser un estado permanente genera una frustración constante. Sobre todo porque obviamos que la vida incluye dolor, pérdida e incertidumbre. Situaciones que no son solo inevitables, sino también necesarias en cierto sentido. Los especialistas subrayan que aumentar el nivel de conciencia sobre cómo estamos y qué hacemos nos permite responder a las circunstancias con mayor ecuanimidad, en lugar de reaccionar de forma impulsiva o catastrofista. La vida no es un camino de rosas, pero tampoco es un valle de lágrimas; es, sobre todo, lo que decidimos hacer con lo que nos ocurre.
